“La música es tu único amigo hasta el final”.
-James Douglas Morrison
Capítulo I
El día bastardo por excelencia
Recuerdo que tenía diecisiete años y estaba perdida en un laberinto dogmático cuando la ácida droga de la realidad se metió en mis entrañas y mordió cada molécula.
Por fin ya puedo relatar este segmento de mi vida como un rápido recuerdo.
Acabo de tomar una ducha. Estoy adornada en tenues gotitas cristalinas que corren en la carrera desmoralizada hacia las partes más privadas de mi piel, casi similar a las hormonas uniformadas que van cada mañana a sus pirámides pedagógicas. Y mientras la ciudad trata de dormir, yo ando entre drogas, whisky y memorias.
La tecnología estaba en charola de plata, tanto que algunos tenían relaciones con ella, la música había tenido una transformación denigrante. Las niñas de la televisión se habían desarrollado y ellas eran los ejemplos y modelos a seguir para toda una generación. La ropa que se vendía era la misma que mis padres usaron cuando estaban en la universidad, hasta parecía que era la que ellos mismos habían tirado hace unas décadas. En la televisión los programas Reality explotaban y ridiculizaban, además, mostraban las consecuencias de irresponsabilidades: adolescentes embarazadas, jóvenes de apenas la mayoría de edad -o hasta menores- en rehabilitación. Se había gestado una sociedad insensibilizada.
La generación era como un plato de chilaquiles bien frío, revuelto de ingredientes y sin sabor, sin embargo, basta con meterlo al microondas para que recupere algo del sazón con el que se preparó.
Iba en la preparatoria, algunos la vanaglorian como la mejor época de tu vida. Pues el que lo haya dicho debió tener una vida muy corta y aburrida, porque dejó en la basura todos los conflictos que atraen convertirse en adulto, la batalla desalmada por un empleo, las crisis existenciales y el desafiar a tus padres, y hablo del verdadero desafío, no de discusiones banales porque no quiso comprarte el auto que querías, o el pony que deseabas.
Dentro de mi institución escolar existe un comité estudiantil, yo lo llamaría: la jaula de los estafadores, porque mienten, se aprovechan y sobre todo, extorsionan. Lo que operan no es dinero ni propiedades, sino espíritu, espíritu tierno y jugoso listo para ser mutilado.
Cada cierto tiempo el comité se encargaba de ofrecer una iniciación, una fiesta de bienvenida a los nuevos candidatos a explorar su juventud y explotar su resistencia. Es como una gran serpiente, se deshace de la piel vieja y se fortalece de la nueva, inocente al calor, al dolor, al tacto y a los peligros (no puedo ignorar compararlo con el gobierno de la ciudad, las mismas reglas, diferentes campos y jugadores) y claro, como parte de esa mega estructura de la cual yo era una tuerca más, como muchos me veían. Asistí, y ya me estaba esperando una cerveza fría.
Como siempre, esta clase de eventos toman lugar en sitios de gusto popular, con música del momento, o sea, un asco, no puedo ni siquiera comprender la mente de las personas que se envuelven en esos “hits” del momento, y precisamente, en el momento, lo llamaban arte auditivo. “Dios, hazme sorda”.
Recuerdo que lo repetía constantemente, pero tenía que estar allí, no dejaría ir a mi novio solo con todas esas hormonas alcoholizadas sin control y desesperadamente queriendo fraternizar. Ser menor de edad era un excelente afrodisíaco. Y más que nadie yo lo sabía, mi novio tenía diecinueve y yo era su fruta prohibida.
“Bienvenidos a Valle Lolita”
Piernitas flaquitas al aire, escotes que gritaban que ya podían jugar a la mamá con un compañero que le haga de su hijo; maquillaje sugestivo, y todas, incluyéndome, con la fragancia de bebida embriagante. “No se venden bebidas alcohólicas a menores” era una señal sin sentido como: “Prohibido fumar” en los velorios.
—Cada año se pone mejor —me dijo Christopher mientras sujetaba mi mano.
—Así lo que se dice mejor pues…pero siempre viene más gente —la música me tenía incómoda, pero no tanto como lo que él tenía creciendo dentro de su pantalón. Su mirada iba de un lado a otro siguiendo a la musa de Vladimir Nabokov con el mismo descaro que escribió en sus páginas, y creía, por la poca luz que había en el lugar que no veía lo que hacía, parecía que su cuello fuera a quebrarse por tanto giro para fijarse en todas las personas del lugar, hombre o mujer.
—¿Ya viste quién está allá? —dijo.
—No.
—Detrás de ti —insistía.
—No voy a voltear, además no distingo.
—Deberías, es Luisa a beso y beso, y ese no es su novio —con una voz incisiva me incitaba.
—Está bien, déjala, si ella ya no respeta y ya no siente nada por su novio, ella sabrá, es su trasero ¿no crees?
—Tienes razón, para qué engañarse, ¿verdad?
Era la frase que él necesitaba escuchar para darle valor a su siguiente jugada, allí mismo, con esa “melodiosa” música y ese ambiente de tugurio infantil, decidió terminar conmigo, me confesó que había otra chica que le gustaba, que era de nuestro salón. Si ya era incómodo estar en la misma aula con tu ex, ahora también compartir techo con la responsable de la ruptura me provocaba pensamientos violentos hacia los dos.
La tarea que seguía, ahora que ya no había relación, era cambiar los estados del cibernético monstruo azul de: “Tiene una relación” a “Soltera”. Increíble el número de invitaciones que me llegaron, una tras otra, gente que sólo estaba cazando como chacales una oportunidad, aprovechados de la clásica frase: está despechada -a veces muy cierta-, y es cuando estos chacales llegan a obtener su banquete.
Fin de semana, perfecto para olvidar un viejo amor o llorar por él. Decidí olvidar y llorar cuando esto sucediera. No tuve problema para encontrar algo qué hacer, tenía invitaciones hasta de chicos que no conocía (unos que si sacarían en ese tiempo mi foxy lady interna), pero preferí salir con un amigo. No quería riesgos. Fuimos a un concierto al Tianguis Cultural, donde los jóvenes se reunían, más que a comprar, a intercambiar momentos vitales, entran con cierto número de neuronas y salen con menos, otros llegan con ideas conservadoras y se convierten en todos unos “anarquistas”; otros se gastan el dinero de la mesada o se aguantaban toda la semana sin comer para comprar sus sustancias psicotrópicas. Me imagino a sus padres diciendo: “toma Jr., no vayas a comprar comida ni útiles, esto es para que te pongas más pendejo. Y dale gracias a Dios que vas en escuela pública, así que si tus notas bajan a nadie le causará pánico”.
También la gente va a protestar, pero nunca vi que hicieran más de lo que gritaban, sin embargo, me agradaba la música que tocaban, y más un grupo que llevaba por nombre “POE”, en honor al escritor. Su música era oscura y no cantaban temas de protesta, sino poesía desgarradora y temiblemente identificable. De todas las bandas que se presentaron ese día bajo el radiante sol, esa fue la que más me agradó, en especial por ser la única en tener a una mujer en ella, tocando la guitarra principal, con increíbles solos y una personalidad única. Por una extraña razón sentía que la conocía, tal vez no, quizá la conocí en otra vida y en ésta mis ojos nuevamente la reconocieron.
Al final de la última canción ella gritó lo que yo necesitaba escuchar: ¡NUNCA MÁS!… “¿Nunca más qué?”
“Pero mi alma del fondo de esa “persona” que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!”

Lunes, el día bastardo por excelencia. Siempre es más difícil levantarse de la cama cuando el calendario lo marca, aunado a que empezaba mi nueva vida de soltera, ya que simbolizaba estar parada frente al pasado y al mismo tiempo a un futuro incierto.
La clase de Sociología avanzaba con el sermón de Gutiérrez que dormía a la mitad de los alumnos mientras la otra se dedicaba a hacer tareas de otras materias, mandarse mensajes por celular o dibujar. Una pareja delante de mí se tomaba de la mano a escondidas para no ser vistos por Gutiérrez, pero sí por mí.
Nauseas, era lo que me causaban. Christopher no había llegado, mi mente daba mil vueltas pensando en dónde podría estar, desde lo más descabellado hasta lo lógico. ¿Pero qué era lo lógico? Mi mente jugándome bromas bastante crudas, disfrutando de mi intriga y multiplicando mi agonía. Nos encanta sentir esa clase de dolor, esa tortura incandescente, parecería que con cada negación del pensamiento pedimos más. Nos convertimos en masoquistas y verdugos.
Yo veía a mis compañeros como una caja de colores: los hay desde los más claros hasta los más oscuros y corroídos. Sólo le hablaba a unos cuantos, la mayoría hombres, y no sólo dentro del aula, sino en toda la escuela; con esto no podían faltar los rumores, aquellos que siempre merodean: Puta, facilona, piruja y varios sinónimos que sabía que me habían puesto (Christopher nunca se molestó en defenderme en ese tema), pretendía no importarme, pero siempre me llegaba a afectar de una forma u otra, y sabía que no era la única del salón que nombraban así. Había otra chica, era muy sociable con ambos sexos, sólo por hablarle a todos por igual y recibir el mismo trato y respeto, provocaba la ira de algunas y algunos también (además de estar más calificada que el resto), yo no le hablaba, quizá porque creía algunos de los rumores. Esto me hacía sentir miserable, caía en el juego del cual yo era víctima.
—¿Por qué terminaste con tu novio?
—¿Te engañó?
—¿Le pusiste el cuerno?
—¿Era porque se peleaban mucho?
—¿Cuál es la pregunta que quieren que conteste primero? —era acosada por mi pequeño grupo de amigas.
—Contesta la que quieras, mientras nos des la razón del rompimiento.
—La razón es personal, ¿no lo creen?
—Entonces sí te dejó por otra, ¿verdad?
—¡No! —grité fastidiada.
Era bastante molesto como las especulaciones de mis amigas se sentían como cuchillito de palo, mostrando después su humanidad al darme consejos de cómo seguir adelante; el apoyo incondicional con aquello de que valía más, que no lo merecía etc. Sonaban como si Mishanti se hubiera convertido en la líder de un grupo de alcohólicos anónimos. Entre tanto bombardeo de veneno léxico vi, a lo lejos, una joven con minifalda de mezclilla, botas y una blusa desgarrada. En su espalda llevaba una guitarra, la misma que escuché rugir el sábado. Era la chica Poe con su cabellera larga oscura que se agitaba cada vez que caminaba.
Cuando la vi sentí dentro la misma sensación del concierto, condensada con un toque de adrenalina.
Era una belleza.
Si quieres leer más sobre el autor de esta narración, te recomendamos darle click a No sé cómo tocarte y a Un trago más, te enamoras y te vas a la chingada.
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Las fotografías que acompañan el texto pertenecen al autor de la narración.
