En un verano muy soleado, él decidió partir
Letras

En un verano muy soleado, él decidió partir

Avatar of Andrea Perez Monroy

Por: Andrea Perez Monroy

3 de mayo, 2017

Letras En un verano muy soleado, él decidió partir
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Por: Andrea Perez Monroy

3 de mayo, 2017




El momento más difícil que enfrentamos en la vida, es cuando tenemos que asumir que nuestros seres queridos un día se irán...



Empecé a servir la comida, era sábado y ese día visitaba a mi padre en la casa que había comprado en un pueblo cerca de la ciudad. Yo llevaba unos jeans azul marino, una playera blanca y mis tenis deslavados, pero él, él se veía muy guapo. Su camisa bien planchada color violeta, sus pantalones beige con unos zapatos cafés, ya no estaba la barba de la última vez y olía delicioso.

Puse la mesa para tres como a él le gustaba, con los platos blancos y orillas azul rey, los cubiertos plateados y copas rellenas de vino. Le cociné una pasta y algo de verduras, odiaba el pollo y la carne ya no la comía. Serví cautelosamente, se fijaba muy bien que no quedarán manchas alrededor del mantel o debajo de los platos.


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Agradecimos por la comida y, justo cuando tomó el tenedor, le tembló la mano sin contenerse como si tuviera frío, intentó controlarlo pero no pudo, después no se pudo levantar y se cayó al suelo. Yo me derrumbé. Lo levanté despacio y le di un beso para aliviarlo, se acomodó en la orilla del sillón y me dijo que sólo se le había bajado la presión.

Llegó el siguiente sábado y yo llegué con un amigo que conocía de años atrás, era médico y quería conocer a mi padre. Tenía miedo por ambos, por un lado el mal humor de mi papá y por el otro el buen corazón de mi compañero.

Después de diversos intentos por agradarle, por fin pudo diagnosticarlo. Conocí al Parkinson. No dije nada para el siguiente sábado, sólo me mantuve atenta de cómo podría confesarle lo que tenía, mi corazón se me hacía pedazos. Le leía el periódico y entre líneas se me venía a la mente el nombre de la horrible enfermedad.

Era momento de notificárselo, estábamos en el postre, era helado de limón. Le tomé la muñeca y le dije lentamente de que se trataba de Parkinson.  Me miró y me dijo que lo presentía, que los síntomas se estaban presentando y que él estaba al pendiente.


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Desde ese momento, la vida cambió, ya no comíamos como cada fin de semana, ahora viajábamos lejos y cerca a todas partes. Una vez probamos las ancas de rana, otra el agua de maracuyá con melón y en una más el helado de camarón. Yo dejé mi trabajo. Me dediqué a cuidarle y viajar con él.

Los meses pasaron y la situación empeoraba. En alguna ocasión se lo ocurrió aventarse de un paracaídas, lo descartamos. Justo cuando nos íbamos a dar por vencidos para seguir con la vuelta al mundo, yo me casé con su doctor así llevábamos el hospital a cualquier parte. Después de eso, llegó mi hija y conoció a mi padre en la etapa dos. A veces hacían chistes sobre que si lo asustaba, él temblaría de miedo. Para la etapa más avanzada, conocía al par de gemelos que tuve, los veía gatear y me decía que eran perfectos.

Un verano muy soleado, él decidió partir, yo lo despedí en medio de un jardín lleno de flores amarillas y rosas, me arrodillé y le susurré que era su turno de poner la mesa para tres, ahora él me esperaría con mi mamá.


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Phil Chester.







Referencias: