Me tocó buscar entre muchas conversaciones, entre los desvaríos de las 4 am metida en las cobijas e imaginándote a vos sin camisa, cuando me decías que tenías mucho calor. Eras el sujeto de los ojos de gato, de risa ahogada y conversaciones sedientas de placer, de tonterías, muy profundas también.
Fueron esos meses en los que yacía desesperada, presa del suicidio que significa querer y tener que olvidar en un dos por tres. Ahí apareciste vos, mi amante de los ojos de gato, para contarme muchas historias que te imaginabas conmigo: en tu casa, en la oficina, en el laboratorio, en el cine. Qué intenso era escribirte un mensaje; tenía que pensar y repensar mis palabras, lo “tan inteligente”o zafado que respondería a tus mensajes llenos de un deseo oculto entre la filosofía de tus lecturas.
En fin, te voy a contar: me moría por vos. Qué dulce era imaginarnos, sentir los pelos erizarse por toda tu geografía y la mía. Suspirar al vaivén de una Escena de Amor en su cuarta versión y luego reír por tanta locura desbordada. Ahora a la mente sólo me vienen (y no puedo evitar reírme al escribir esto último) memorias de tantas conversaciones temprano, en la tarde, en la noche y la madrugada; de distintos tonos y formas. Unas muy claras y otras ya perdidas.
Me acuerdo de tu fantasía en el cine. Era una sala de cine independiente del centro, solitaria y noctámbula. Allá vos fantaseabas con un handjob de mis manos prodigiosas. Ay Ojitos de gato: te imagino toditico tú, turbado y atrapado entre los límites de las palabras y la imaginación. Pero yo esbozaba más que eso; una combinación de besos, diálogos de película y que tus garras acariciaran mi rostro. Una ensoñación sensorial.
Otras de nuestras historias incluían el mismo trabajito en distintas locaciones. Una casita de campo, la oficina, una habitación. Siempre con las melodías psicodélicas de Floyd en mis oídos… Me muero de ganas por saber cuáles escuchaban los tuyos. Pero algo siempre me sorprendía y me inquietaba a la vez. Aquella maniobra nunca implicaba los pasos siguientes, lo correspondiente a una maniobra bien realizada. Vos nunca pedías más.
Hablar, noche tras noche se convirtió en mi vicio. Y como todo vicio, negaba que cada vez estaba más hundida en lo profundo de tus ojos, de tu piel y de mis maquinaciones. Era maravilloso pensar que tu delgada figura podía cruzar la línea entre lo escrito y lo físico de dos cuerpos.
Me enamoré.
De tu figura fantasmal, de tu cabello ensortijado y, por supuesto, de tus ojitos de gato, de tus palabras y tu risa ahogada. Me enamoré. Y mientras tanto, Benítez nos observaba. Seguro escuchaba que te reías (porque me imagino que te reías) mientras tecleábamos y nos contábamos tantas anécdotas o filosofábamos. Y él, como fiel compañero, algún día me dijo que estabas enamorado de mí, que no te dejara ir. ¿Vos enamorado de mí? Ojitos de gato, ¡no me lo podía creer!
¿En qué momento vino a aparecer el fantasma de amores pasados a arruinar esa sensación meliflua, deliciosa, del placer de tu boca? Ahí caen la telaraña, quedé atrapada y quedaron nuestras manos, nuestras palabras y viajes en la imaginación suspendidos, flotando en el aire. De eso son casi 500 días, de jueguitos de palabras cada vez más escasos y miradas cómplices que tal vez no repetiremos.
¡Ay, el dolor del enamoramiento! Estando con él pensaba en vos, y sé que lo sabes. Pensaba en tantas cosas que quería hacer con vos y no podía, por la moralidad pendeja que vos y yo tanto criticábamos, por el afán de llevar una vida “aceptable”. Y seguía soñando con vos, y eran sueños copiosos. Siempre la misma escenita en el cinema oscuro, un trabajito perfecto y un excitante desenlace. Hasta que desde el infierno vino un demonio a robarte el protagonismo de mis sueños, mi resquicio de cielo, y me quedó sólo imaginarte de día, recrear nuestros diálogos con el efímero recuerdo de tus alucinaciones.
No te he dejado de querer. Aunque no me veas, yo te veo todo el tiempo. Te veo con ella, sin ella, de rojo, de negro y blanco. Te veo reírte con tu risita ahogada, hablar banalidades, escucho tu voz y me consuelo con eso. Me alimento de tus imágenes en secreto y las aderezo con el exquisito licor de nuestras palabras. Y sé que de cuando en cuando, mi recuerdo te acosa en las noches calurosas.
Como diría mi autor favorito Mario Vargas Llosa: “Voy flotando hacia tu dormitorio y, pegadita a tu cara, imito el zumbido del mosquito. Entre sueños, tú comienzas a dar manotazos en la oscuridad contra un pobre zancudito que no existe…Cuando me canso de jugar al anófeles, te destapo los pies y soplo una corriente de aire frío que te entumece los huesos.
“…Hasta que, por fin, te despiertas, asustado, sin verme, pero sintiendo que alguien ronda en la oscuridad”.

