“En la vida sólo hay cuatro cuestiones importantes: ¿Qué es sagrado?, ¿de qué está hecho el espíritu?, ¿para qué vale la pena vivir? y ¿para qué vale la pena morir? La respuesta a todas ellas es la misma. Únicamente el amor”.
Don Juan de Marco

Escribir no es algo que una persona en su sano juicio deba hacer; lleva a la perdición y además llena de tinta la sangre con la que las emociones se estremecen. Se revelan los más íntimos secretos, miedos y placeres… Placer, he sentido mucho de eso últimamente, pero mentiría si no dijera que también el dolor invade mi alma, la envuelve y la transgrede de forma sádica. Pues quién en su lastimoso ser pide amar. O que lo amen.
Una droga milagrosa esperando entre paredes etílicas, entre ebrios y sonrisas falsas, entre amantes acurrucados en una esquina, y con una pelea en el tejado esa droga esperaba por mí. No existe otra sustancia que provoque que los cielos se desquebrajen y los amaneceres no sean el principio sino el final de un encuentro sin precedentes, de una conversación tan perfecta como una obra que se improvisa y hace llorar a los cínicos.
He recorrido la falda de los excesos, la entrepierna de la satisfacción y, sobre todo, la desvergüenza o desventura de la complicidad caótica entre dos que no debían estar juntos. Pero la soledad era aburrida o abrumadora. Dependiendo de qué lado estés.
Desde mi infierno, que había desencadenado y liberado a cada uno de mis pasos, escribo que es hora de ser egoísta, es hora de tomar todo el alcohol de un trago y perderme en la ebriedad solitaria. Es momento de hacer mi viaje solo. Y despedirme, no sé por cuanto tiempo, pero mientras esté en la congregación más caótica de la vida, vagaré solo.
“¿Pero a dónde vas, hombre de negro?”, me preguntan con ansia.
En realidad no lo sé. No tengo la menor pinche idea de si estoy en lo correcto, o estoy matándome porque creo haber encontrado una cura. No lo sé. ¡Maldita sea, que en verdad no lo sé! Es tan confuso y tan claro a la vez. Pero esa droga milagrosa es mía. Mis manos están atadas a un corazón que desbocado estalla en mis oídos. Veo en sus ojos el color de mi ambición, veo en su sonrisa la mía, que enmarco al sentirla, y en sus besos la cura de mi veneno. Pero a su vez en un desierto ártico me hace esperar hasta su regreso, en soledad. Y en soledad la amo. A través de sus miedos me da vida, me entrego todo pero sé que no es suficiente, y sigo esperando en soledad. En soledad sin mirarla no es vida para el amante.
Encerrado, aislado de toda compañía, sin nada que ganar y nada que perder, pues lo he dado todo ahora que la he conocido. No diré que no tengo miedo, porque sí lo tengo. No a lo que pueda convertirme, sino que temo a lo que por primera vez siento y tal vez nunca vuelva a sentir. Y por el mismo Lucifer, no echaré mano putrefacta a este nuevo sentir por una satisfacción antigua y vana.
Diosa y vago.
Musa y poeta.
Pasión y alcohol.
Miedo y deseo.
Los veo en el otro lado. En la perfecta batalla. En la muerte en vida para algunos. Los veo en el refugio del amante. Los veo en el amor.
Hay momentos en los que no queda más que decirte a ti mismo “Un trago más, te enamoras y te vas a la chingada”, para darte valor y entrar a las fauces de este sentimiento.
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Las fotografías que acompañan el texto pertenecen a Philipp Shcekin, conoce más sobre su trabajo en su página oficial.
