Siempre deseé tener una mujer así, ese tipo de cuerpo me excita

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Siempre deseé tener una mujer así
Siempre deseé tener una mujer así

A continuación se presenta otro de los breves y concisos relatos de la autora argentina Cecilia Cabrera, quien con su oficio poético y narrativo se ha empeñado en indagar en los pequeños resquicios irónicos de los momentos más cotidianos, en los que a pesar del duro baño de la realidad, hay espacio y tiempo de sobra para que se desarrolle el absurdo como forma de vida sin dramatismos exacerbados ni sinsentidos fortuitos. Disfrútalo.

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El todo es más que la suma de mis partes

Llegué a la esquina de la avenida. Frené porque el semáforo estaba en rojo. Las marquesinas despintadas me cortaban el horizonte. Al mirar hacia la izquierda vi mi auto, un Fiat uno gris, patente XOO655. Me vi en el interior del auto con la mirada fija hacia el costado. No lo pude resistir y me seguí a mí misma. Me alcancé al llegar a la plaza central. Estacioné en la esquina. Corrí, me toqué el hombro y me di vuelta. Yo y mi otro yo nos dimos vuelta a vez. Cuando me di cuenta del reflejo automático me puse de frente a mí misma y me asusté al verme. Nos asustamos al vernos. Al mismo tiempo dijimos:

—¿Qué carajo? ¡No puede ser!

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Estiré la mano para tocarle la cara. Parecía muy irreal. Ella también, yo también. De repente le dije: “¡Siempre quise saber cómo me veo de espaldas! ¿Te darías vuelta?”. Y ella dijo lo mismo. Primero lo hice yo y después mi otro yo. Me encantó su cuerpo de espaldas. Me subió un cosquilleo por el estómago. Siempre deseé tener una mujer así, ese tipo de cuerpo me excita.

En ese momento me di cuenta, nos dimos cuenta, de que empezaríamos a diferenciarnos, ya no seríamos exactamente la misma persona, desde ese momento seríamos individuos diferentes. Nos leímos en el rostro esa inquietud. Y también nos leímos el mutuo deseo. Un beso profundo fue inevitable y urgente. Esa maravillosa y húmeda comunión desató un fuego incontenible y tuvimos que buscar un espacio privado.

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En casa, nos amamos sin prejuicios, con pasión y comprensión. Estuvimos largas horas dándonos placer. Tuvimos una conexión tan intensa que creí que moriría en ese orgasmo. Me sentí hermosa, sensual, húmeda y plena.

No me di cuenta de en qué momento nos quedamos dormidas. Descansé como un bebé en los brazos de su madre y me desperté unas horas más tarde renovada como nunca. Pero estaba sola en la cama y me pregunté si volvería a sentir un placer similar.

*

Las imágenes que acompañan al texto pertenecen a Alexander González Delgado.

Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.

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