Hijo de una prostituta, dado en adopción y objeto de múltiples abusos sexuales durante su infancia, así fue el contexto en que se formó la mente creativa de Abel Azcona; uno de los nombres más citados en el arte contemporáneo.

Azcona cuenta –en una suerte de testimonio que se confunde entre la teatralidad, la provocación del marketing y las políticas que rozan con el arte– que su madre era una prostituta heromaníaca, misma que quedó embarazada y fue truncada en sus deseos de abortar, abandonándolo en una clínica de Madrid. Dejándolo así a la suerte de varias familias, una adopción a los siete años, distintos tipos de abuso y problemáticas de diversa índole.
Según Azcona, con tan turbio pasado y traumas que han permeado su visión del mundo, «la religión es una de las mayores epidemias de la historia. La religión está al mismo nivel que el cáncer y el SIDA, y de hecho ha matado a más gente que estas enfermedades más conocidas». Y sobre estos últimos apuros, aquellos de índole sexual, el artista también se muestra bastante distópico con respecto a los roles, juegos y riesgos de las prácticas normalizadas.
Haberse concebido y ver la luz del mundo como resultado de un precio, de malas decisiones o accidentes, hace que Azcona encuentre en el arte una catarsis para una vida prácticamente negada. Para un autoconocimiento con base en los errores y las ausencias.

En Empathy and Prostitution, un proyecto que Abel desarrolló por primera vez en una galería colombiana, por segunda vez en una muestra de arte contemporáneo en Madrid y por tercera vez en la Bienal Internacional de Houston, ha buscado establecer un vínculo con su madre biológica mediante la prostitución y demostrar lo solos que nos encontramos a partir de su abandono y vulnerabilidad.
Cien pesos colombianos, un euro o un dólar; ésas eran las tarifas exactas por tres minutos con el cuerpo de Azcona. Él, desnudo y tendido sobre una cama, el producto de cambio y el vehículo para la reflexión.

Tres minutos en los que su cuerpo era propiedad de quien lo quisiera y para lo que dispusiera.
Tres minutos en los que se creaba un vínculo forzado entre el artista y su madre —a falta de lazos más fuertes que el del oficio— y una relación entre él-soledad y su pagador-solitario.

El nexo en ambos casos es el hilo del desierto. De la carencia.
Empathy and Prostitution es una acción en la que el espectador prescinde de su rol pasivo, el artista deviene ausente, la intervención sobre éste, convertido en objeto es la activación esencial y su utilización es un parche emocional para ambos agentes en la performática.

Una esperanza de encuentro con sus propio vínculos y carencias es el resultado primordial de este performance, aunque no por ello debemos omitir que elementos esenciales también son el pasado tortuoso de Azcona y el presente fortuito y desarraigado de la aislamiento. Al artista, desnudo y débil, se encontraba ante el ojo del espectador para despertar su accionismo más bajo y, así, hallar su contacto directo con la prostitución y la fantasía de la compañía.

Consiguiendo que el espectador se convierta en el auténtico performer, la instalación viva de Abel Azcona no sólo ocasionó que el público se aprovechara de él, sino que adquirieran roles cuidadores, custodios o criminales en un escenario que siempre terminaba oliendo a sexo. La no-soledad sin cópula consumada es también una de las tantas conclusiones que obtuvieron con Empathy and Prostitution; habitar y compartir son sólo dos de los verbos más poderosos que dieron sentido a un sinfín de prácticas que suscitó la vulnerabilidad de Azcona.
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