En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, inició el más grande viaje literario
Letras

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, inició el más grande viaje literario

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Por: Diego Fernandez

12 de abril, 2016

Letras En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, inició el más grande viaje literario
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12 de abril, 2016



En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía, a no mucho tiempo, uno de esos reos de pluma hábil y tinta encendida.

Miguel de Cervantes Saavedra engendró “El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha” en la celda de una cárcel sevillana en 1597. El Manco de Lepanto comenzó a escribir la obra maestra de la Literatura Universal cuando tenía como objetivo escribir cartas dirigidas al rey español para solicitar el perdón del mismo, en la búsqueda de su libertad. Hoy por hoy, en dicha cárcel de Sevilla, descansa una placa que dice: “En el recinto de esta casa, antes cárcel real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de Cervantes Saavedra, y aquí se engendró, para asombro y delicia del mundo: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La Real Academia Sevillana de las Buenas Letras acordó perpetuar este glorioso recuerdo, año MCMLXV”. En la actualidad, existen más de veinte placas en honor a Cervantes en la ciudad española; existe un premio de las letras con el nombre del autor del Quijote y un instituto que promueve las letras castellanas que lleva, también, su nombre. La historia se escribe con pluma reveladora, la Literatura muestra nuestro destino. Debemos leer de cuando en cuando el Quijote, con el objetivo de inmortalizar a un personaje que cabalga libremente y que, para colmo de colmos, surgió entre las cuatro paredes de una prisión.


Servantes


En horas de confesiones incómodas, he de aceptar que yo no leí Don Quijote hasta muy entrada mi adolescencia. Tenía catorce años cuando comencé a adentrarme al mundo imaginario de un loco que cayó en la demencia por la constante lectura de novelas de caballería. Tardé un año completo en pasar la última página de la segunda parte de la mayor novela escrita por un terrestre. Fracasé como lector, en aquellos años alentaba mi ignorancia quijotesca una frase que aún tengo clavada en la memoria: No es necesario leer El Quijote para escribir una gran novela, Cervantes nunca lo leyó y obtuvo el mejor logro literario de la humanidad. “El ingenioso hidalgo” es un libro denso, a pesar de que muchas editoriales han impreso textos modernizados que suponen emular lo que Cervantes alguna vez dijo en castellano arcaico, la mejor forma de leer este libro es con el castellano medieval como medio literario.

Si algo le aprendí a Cervantes, o mejor dicho, a Don Quijote, fue la revelación en una sociedad enmarcada en la vida líquida y estructurada. Aprendí que la locura es una vitamina que se toma de dos a tres veces al día para hacer frente a una realidad que, a veces, se tergiversa para darnos la oportunidad de crear por medio de la visión de los hechos para transformarlos en creaciones de la imaginación. Don Quijote veía en los rebaños ejércitos de jayanes, las labriegas eran princesas, los molinos de viento son gigantes invencibles, las ventas son castillos, los costales de harina son caballeros que alzan su espada para enfrentarse a un loco hidalgo que no le temió a la locura. Este caso nos aclara porqué Foulcault vio en la figura de Don Quijote el signo de la pugna histórica entre las palabras y las cosas, pues nada es lo que parece, todo puede cambiar con la decodificación de la mente humana. Saramago dice que la palabra no es la cosa, es decir, las cosas se generan cuando son nombradas. El árbol no es árbol hasta que alguien decide llamarlo “árbol”; mi taza de café no sería nada si, a diario, no la llamara cada vez que la barista me pregunta “¿Qué va a tomar?”. Es cierto lo que dice este autor portugués sobre “la cosa” y “la palabra”, pero también podemos jugar con los silogismos para hacer que un rocín flaco sea un despampanante corcel. Sólo es cuestión de nombrarlo. Sólo es cuestión de creerlo.

Don quijote de la mancha

Yo busco en Don Quijote lo que otros buscan en los espejos. Leer a Cervantes es salirse por un momento de nuestra realidad para atisbar un mundo desde afuera, desde una segunda vida. Don Quijote observa lo que nadie más observa y la metáfora se cuenta sola: La lectura es la locura de Alonso Quijano, por consecuencia, leer hace que la perspectiva del mundo real cambie inmediatamente. A pesar de todo, Don Quijote sigue aferrado a la idea de ver ejércitos de rufianes donde sólo existen rebaños de ovejas. Un lector andante se sube a una vieja mula para cabalgar por los campos de Castilla en la búsqueda de aventuras, custodiado por un hombrecito regordete que cabalga sobre un burro. Así es como debe ser la vida misma: no importa de qué armas dispongamos, lo importante es ir en la búsqueda del enfrentamiento, de la hazaña.

Los críticos literarios dicen que la obra de Cervantes es una crítica moderna a la sociedad española, a la España decadente de Felipe III y al mundo entero. Don Quijote es una fábula de nostalgia caballeresca, es la novela fundadora de la Literatura Universal Moderna, pero también es cierto lo que decía Dostoyevski que “Don Quijote es el libro más triste que se ha escrito, pues es la historia de una ilusión perdida”.

Cervantes retrata al amor como una ilusión que se desencadena hasta la demencia. Don Quijote hace de una labriega, una princesa. El Caballero de la Triste Figura se engaña por amor. Porque así mismo es como nos observamos los seres humanos cuando vemos el amor de los otros. Dicen las palabras vulgares que “el amor es ciego”. Conozco parejas disparejas porque el amor mismo es, en su esencia más plena, quijotesco. Dulcinea es idealizada por Don Quijote, porque es ésta la cualidad más grande del amor, porque no importa cuántos defectos hallemos en el otro, en la otra, porque él siempre será un caballero, porque ella siempre será una princesa.

En un lugar de la mancha

Lo que no tenemos que olvidar es que, ante todo, Alonso Quijano (que algunos llaman Quijada, Quixana) es un lector voraz. La lectura no sólo nos conduce a otras realidades, sino que nos arma con la posibilidad de la locura para encontrar en las páginas de los libros aventuras que en la realidad se llaman simplemente “locuras”. Don Quijote no se queda sólo con leer las novelas de caballerías, sino que se dispone a vivir lo que lee en carne propia. Tomemos el ejemplo de este magnífico personaje, vayamos en busca de la aventura en el mundo que nos rodea. Dejemos, de vez en cuando, que la imaginación colme nuestro caminar. Yo ya me subí al corcel, sólo es cuestión de comenzar a andar.


Referencias: