Olvidar a veces se puede transformar en odio… como lo narra Anselmo Guarneros en su siguiente poema:
El silencio que se hace en las mañanas me distrae
porque necesito ruido para no estar pensando en mi pasado.
Cada amanecer saco los restos de un amor antiguo
que tengo bajo la cama,
me dijeron que donde hubo fuego quedan cenizas
pero no he podido asar carne con puro polvo.
Yo no sé olvidar pero lo practico todas las mañanas;
pongo catorce alarmas, cada cinco minutos,
para irme olvidando lentamente del colchón.
Olvidar, entonces, es algo así como despertarse.
Ensayo el arte de olvidar para ir aprendiendo
a separarme del recuerdo.
Llevo años llenando de agua una maceta,
esperando que crezca una vida que tenga más de presente,
y menos de pasado.

Le abro la puerta a mi tristeza para ver si entra también la felicidad,
porque dicen que el que sufre puede reír
pero no me enseñaron a ser feliz a plena vista,
y crecí pensando que en la oscuridad las ideas son más bonitas
porque nadie las juzga.
Me llevé mi vida entre los pies para tratar de arreglar la de otras personas;
soy bastante bueno para salvar a cualquiera de todo,
menos de mí.
Sólo echo de menos a una persona pero me acerco a cualquier otra
para decirle “te extraño” y hacerle sentir a mi cuerpo
que se puede recuperar aquello que está perdido, aunque sea mentira.
Mi abuela me dijo
que olvidar a alguien es la forma más amable de quererse.
Yo pienso
que amarse a sí mismo es la mejor forma de olvidar,
pero prefiero compartir el poco amor que tengo
aunque tenga que tragarme los recuerdos
y guardarlos en el fondo de mi panza.

Cariño, me estoy poniendo gordo de tanto pensarte.
No la olvido porque olvidarla sería el equivalente
a borrar la fecha de caducidad de un galón de leche.
Recordarla es el equivalente a ignorar la fecha de caducidad
de un galón de leche.
La vida que nace en mis entrañas tiene la forma de su cuerpo.
Su figura se fijó en mis pupilas como un dibujo
hecho con plumón permanente;
ahora todo lo que veo tiene su contorno.
Mi memoria está repleta de cosas a olvidar
y no he podido tirarlas a tiempo;
permito que les crezcan bocas y dientes
para que me coman y me vomiten en la desgracia.
Vivo en un charco de vómito pero al menos sé nadar.
Tengo rehenes en mi cabeza y quiero liberarlos
para que vayan a comer pizza mientras hablan de ella
y lo mucho que la pienso.

Me gusta contarle a mi gata que hay cosas que me apenan
para desahogarme con alguien que no entiende,
pero finge que le importo;
se me queda viendo con sus ojos amarillos
como si me escuchara.
Eso es más de lo que me ofrecen algunos.
Sé que olvidar el pasado es abandonar el odio
pero si lo abandono me quedo solo.
Sé que pensar de más es romperme la cabeza con un palo,
pero me gusta juntar mis pedazos para entretenerme.
Sé que odiar es, también, robarle sentimientos a la vida,
cocinarlos en un horno malherido y comerlos echados a perder,
pero recuerda, yo ignoro la fecha de caducidad por puro gusto.
A ella la odié más tiempo del que la quise.
Multipliqué lo que siento hacia mí mismo por tres o por cuatro,
y se lo di pensando que es normal que el amor duela.
Odiarla era ver en ella lo que no quería ver en mí.

Después aprendí a quererme con libros de autoayuda
y descubrí que también la quiero a ella,
pero ella aún no lee ese libro entonces aún me odia.
El tiempo se llevó todo lo que me gusta
en una canasta vieja del supermercado,
y nada va a regresar porque la tienda no acepta devoluciones.
Algún día tengo que empezar a pensar
que el presente puede ser mejor que lo que viví antes,
no porque sea cierto sino porque creo que es más sano.
Tal vez olvidar es sinónimo de mentirme piadosamente.
Hay quien perdona pero nunca olvida.
Yo llego más lejos,
yo ni olvido ni perdono ni nada,
eso se lo dejo a Ghandi o a Dumbledore.
Perdonar es de sabios y yo soy un pobre ciego rencoroso.
Señorita, estoy listo para que me olvide.
Pero yo no estoy listo para olvidarla.

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La distancia puede hacer que las parejas se comprometan más e intenten cuidar a toda costa el amor que tienen, pues “Estamos unidos por la geometría de la vida a pesar de la distancia”, como dice este poema.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Sonia Szóstak.
