No nos alcanzaría el tiempo para contar todo lo que se escribe cada año acerca de la literatura sudamericana; que si es buena, mala o simplemente que si ésta sigue siendo relevante después de que los grandes maestros del boom, según el juicio de algunos críticos, dejaron de producir textos reveladores. Lo único que podemos adelantar casi con toda seguridad es que ya muy pocas cosas nuevas se pueden decir sobre ella, si es que nos seguimos enfocando en los mismos autores y países de siempre.
¿Esto quiere decir que nos hemos olvidado, al menos literariamente hablando, de algunas regiones del continente? Definitivamente sí y apenas como muestra tenemos a las Antillas y, por supuesto, a Brasil. No faltarán quienes de este último país rescaten a Clarice Lispector y a Oswald de Andrade con su manifiesto antropófago; sin embargo, prácticamente nadie se detiene en uno de los pilares de la literatura brasileña: Joaquim Maria Machado de Assis.

Tener presente su estilo es de suma importancia para cualquiera que pretenda acercarse a nuestra América desde todas sus vertientes. Sin exagerar, podemos decir que con su forma de narrar se adelantó, dentro de lo posible, a sus decimonónicos contemporáneos. De hecho, sin que lo siguiente se vea como una tomada de pelo, fue el precursor, al menos en esta parte del continente, de un nuevo estilo de vida regido por una dieta estrictamente vegetariana.
Son muchos los textos que sirven de testimonio acerca de esta postura ideológica y alimenticia asumida por el autor. Sobre todo en crónicas como “Los derechos de los burros”, “Corridas de toros” y por supuesto, “Carnívoros y vegetarianos”; podemos notar el compromiso que este autor sentía con cada uno de los seres que habitan en el mundo, mismos a los que —a menos que se alimentaran mediante fotosíntesis— se negó a devorar.
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No sé si ya alguna vez dije que prefiero comerme al toro que verlo en la plaza.
No soy hombre de corridas de toros; y para ser sincero, las detesto.
… no necesito ver la guerra para repudiarla, que nunca he ido a la cárcel y que aún así no es de mi estima. Hay cosas que se prejuzgan, y las corridas de toros son una de ellas.

El primer hombre que tuvo el acierto de crear una sociedad protectora de animales labró un tramo a favor de la humanidad.
El burro de ciudad, el burro que tira del bond o careta no tiene nombre.

Cuando tuve uso de razón y organicé mi código de principios, el vegetarianismo estaba presente, aunque ya era tarde para llevarlo a cabo. Permanecí carnívoro.
Aprendimos a golpes de látigo, es verdad, a patadas a punta de toda suerte de trancazos, cuando las fuerzas te abandonan y el deseo te adelgaza. Los burros modernos son más obstinados, tienen mayor resistencia a los maltratos. A fin de cuentas, son jóvenes.

Esta semana dos ancianos pasaron a mejor vida atropellados por un bond eléctrico: si el progreso no se hubiese atravesado en sus vidas, es muy probable que aún estuvieran vivos.
Dios, por el contrario, es vegetariano. Para mí la cuestión del paraíso terrestre se explica clara y sencillamente por el vegetarianismo.

… no existe buen razonamiento sin buena digestión, y no hay buena digestión con la maldición de la carne. Morir de puerco. ¿Quién ha muerto de lechuga?
Yo, si fuera autoridad en Guinea, también condenaría al profesor de inglés, no por ser inglés sino por ser profesor.

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No por nada Harold Bloom calificó a Machado como uno de los indiscutibles genios de la humanidad. Aunque no muchos, al menos no fuera de su país, miran su obra como algunos de los textos sudamericanos más reveladores del siglo XIX; para quienes han tenido la fortuna de leerle, es indiscutible el humor y maestría con el que este hombre plasmó los aciertos y desaciertos de su contexto y, por qué no, un poco del nuestro.
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Bibliografía
Machado de Assis, Joaquim Maria. Crónicas escogidas. Sexto Piso, España. 2008.
