Estamos limitados por lo que nos hace ser quienes somos, eso que llamamos la naturaleza humana. Es en vencer a esa misma naturaleza donde se esconde la razón de estar vivos. Hay una generación de escritores que entendió esto a la perfección y lo plasmó de manera única en cada una de sus obras, dando nacimiento a la mejor literatura que esta tierra nuestra alguna vez leyó: la rusa.

¿Dónde estaríamos hoy de no ser por Las almas muertas, de Nicolái Gógol, o El jugador, de Dostoyevski? ¿Qué hubiera sido de nosotros si no hubieran existido los Turguénev y los Chéjov, los Puschkin y los Tolstói? Escritores que, como pocos, supieron pintar el abanico de absurdos y contradicciones que son la mente y el alma del ser humano; esa constante lucha entre el bien y el mal en la que nuestra raza se debate a diario.
Vayamos a los hechos: Hacia mitad del siglo XIX se empezó a filtrar en los círculos culturales europeos la existencia de una notable y extraña literatura surgida en Rusia. Al principio parecía una extravagancia, una broma mayúscula. De aquel lugar se esperaría recibir a hombres silvestres y cándidos o a príncipes de fachada elegante. De ellos se podía esperar todo, pero no la creación del arte, y menos la literatura.

De pronto, la entrada de los rusos apasionó a los lectores occidentales y venció todas las trabas. En el fin del siglo, ya Tolstói, Dostoyevski y Turguénev se traducían en casi todos los idiomas europeos y estaban en boca de Nietzsche, Freud, Gide, Hamsun, Fontane y muchos más.
Era un prodigio que de esta nación que jamás conoció el Renacimiento ni el Siglo de las Luces, aplastada por un gobierno feroz, donde un espía estaba en torno a cada ciudadano surgiera algo así. Los grandes escritores rusos conocieron a menudo la cárcel, los trabajos forzados, el destierro, las humillaciones impuestas por la censura, la perpetua vigilancia de sus movimientos y la revisión de su correspondencia.
Todo comenzó en 1825 con la publicación del primer capítulo de la novela en verso: Eugenio Oneguin, de Alejandro Puschkin, quien transformó la literatura rusa, o la creó, como quiera verse. Esta Edad de Oro se extendió hasta principios del Siglo XX, concluyendo en 1904 con la muerte de Antón Chéjov. Los autores que la conforman y sus obras son incomparables. Eugenio Oneguin y La dama de espadas, de Puschkin; Las almas muertas, La nariz, El diario de un loco, El inspector general, de Nikolái Gógol; El idiota, Los demonios, Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoyevski; Padres e hijos y Primer amor, de Iván Turguénev; La muerte de Iván Ilich, Ana Karenina y Guerra y paz de León Tolstói, y El pabellón número seis, En el barranco, La fiesta onomástica, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov.

Los rusos no descubrieron el género, pero lo transformaron y ampliaron sus límites.
En Guerra y paz hay 559 personajes, todos individualizados en la forma de hablar y conducirse. Un cuento de Gógol escrito apenas salido de la adolescencia: Iván Fedorovich Schinka y su tía, se podría incorporar perfectamente a la literatura del absurdo que cultivaría Ionesco siglo y medio más tarde. Sus cuentos son todos excepcionales y, sobre todo, Las almas muertas, quizá la novela más desopilante que alguien haya escrito. Para Cioran, “Dostoievski es el escritor más profundo, más complicado de todos los tiempos”. Nadie ha sabido explorar con mayor intensidad la oscura relación que el mal establece con el bien, y lo atroz con lo místico.

El último gran escritor de este espléndido siglo de milagros fue Chéjov. Simón Karlinski dijo de él: “De un modo tranquilo y educado, Chéjov es uno de los escritores más profundamente subversivos que haya existido en toda la historia.”
Las historias de la literatura rusa repiten con frecuencia un comentario de Dmitri Merejkovski sobre la pobreza y segregación cultural de la última década del siglo XIX y los primeros años del XX: “La intensidad de la obra de los más grandes novelistas del siglo XIX fue extraordinaria, pero no logró formar una civilización semejante a la de Francia de esa época, la Grecia antigua o la Florencia del Renacimiento. Todo escritor era único, y fue desde esa falta de espíritu comunitario que provenía la decadencia y la paralización intelectual rusas de su presente.”
Fuente El País
