Llegué a las diez de la mañana y de inmediato me di cuenta que no estaba peinada. Las otras chicas tenían melenas largas y perfectamente lisas. Las había morenas y rubias. Las había castañas también, pero todas lisas. Después de registrarme, me senté en una banca vacía pegada a una pared blanca.
Hombres y mujeres, preciosos y preciosas. Tres metros de altura, a juzgar por sus barbillas. De cinturas exquisitas. De músculos definidos. Ojos expresivos. Maquillaje impecable. Labios que hablaban con su sola tensión: I know, I’m just too perfect, bitch. Sus voces eran ruido. Eran igual que los motores y los silbatos y los organilleros en el Centro Histórico.
Y cada minuto me sentía más pequeña. Y más gorda. Y más despeinada. Y sentía que el maquillaje se mezclaba con mi sudor y resbalaba por mis poros en stop motion. Y sabía que estábamos ahí para destruirnos las unas a las otras. Y verlas hermosas sólo me hacía sentirme miserable. Y más pequeña. Y más gorda. Y más despeinada. Y el maquillaje no paraba de estropearme la imaginación.

Los hombres también. Los hombres también estaban ahí para destruirse los unos a los otros. Su masculinidad se resumía a lo bien que su espalda lucía en un saco negro. Y cada uno era un pavo real. Hombres pavo reales. Abriendo los colores de sus ojos. Deslizando sus dedos en las texturas de sus cabellos. Descansando sus manos sobre sus pectorales y sobre los pectorales de los otros.
El ruido empezó a dividirse en conversaciones. Llegaban una a una a mis oídos. Cada vez más fuerte. Cada vez más veloz. Esa campaña estuvo súper fácil, güey, tipo no hacíamos nada, comíamos mucho y… Yo me estuve tomando la malteada y en dos meses ya estaba mamado. Me puse súper mal, no sé ni cuántas me tomé, vomité encima de él, pero. Mi camisa es única, es de un diseñador francés que. No sabía dónde estaba cuando desperté, así que me. Y cada vez más fuerte. Y cada vez más veloz.
Ansiedad. Un dolor de cabeza repitiéndome lo idiota que era. Un dolor preguntándome qué quería de la vida. Un dolor recordándome la existencia. El tiempo arrastrándose sobre el desgaste. El tiempo en el que me ocurro mientras me llega la muerte, embarrado aquí como lodo en el zapato, derrochado como perlas entre cerdos. Hambre. Vísceras crujiendo por el ayuno previo al casting. Ansiedad. Dolor. Hambre. Un loop en el que permanecía por voluntad.
Entró. Se paró frente a mí cruzado de brazos. Me dio un descanso. Semáforo en rojo. Era hermoso. Podía sentir la tersura de su piel con la mirada. Piel negra y evidentemente suave. Cabello a rape. Cráneo exacto. Labios carnosos. Si no tenía cuidado corría peligro de morirme en sus ojos verdes. Pestañas largas. Manos grandes. Caminó. Se sentó a mi lado. Mi ansiedad se dispersó en la sensación del deseo.
Y los gimnasios. Y las fiestas. Y las dietas. Y las marcas de ropa. Y los trucos para estar en forma. Y el alcohol. Y la vida ajena que podía transcurrir entre una campaña publicitaria y otra y la flojera y embriagarse y añorar que eso pudiera durarles para siempre. Y mi propia vida en el mismo transcurrir pero con la angustia de sentir que había venido al mundo para otra cosa. Y el extraño que hacía que todo lo anterior perdiera relevancia en su belleza.
¿Usted dirige el comercial de celulares? Sí, pero no quiero trabajar con negros. Gracias. Y en menos de un minuto la postura soberbia de mi extraño se cayó. Bajó la mirada. Mi estómago ardía. Mis ojos querían gritar la hermosura que los penetraba. Y las anécdotas de sexo mediocre y pastillas para adelgazar se volvían más veloces. Atrapaban volumen en las paredes y el techo. Mi ojo derecho temblaba. Mis uñas se enterraban como por magnetismo a la superficie de la banca. Mi cabeza pesaba más mientras más voces la poseían. Y todas las personas se volvían horribles, derritiéndose en sus carcajadas vacuas. Y en ese momento, lo más bello de mi extraño era su quietud entera.

Tenía el mantra: recuerda para qué estás aquí. Pero cada vez que lo repetía, mis motivos se volvían más borrosos. Me daba asco. Me sentía horrible y vil y me daba asco. Me derretía yo también. Me perdía en las hojas amarillas que colgaban de las paredes, estableciendo cánones de existencia para vender celulares. Y pantallas planas. Y ropa. Y la fantasía de que un kit de accesorios completa todo lo que nuestro cuerpo no es, en comparación con los mismos cánones. Qué broma tan bien planeada. Qué estrategia digna de… Escuché a la recepcionista gritar mi nombre. Sudaba frío. Gritó más fuerte. Intenté levantarme. Gritó otra vez. Vomité sobre mis tacones.
Las fotografías que acompañan este cuento son de Cuauhtémoc González.
