Las estrellas predijeron tu nombre

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Esta vez un solitario poeta no supo cómo hablar de palabras…

—¿Acaso hablar de palabras no sería redundar sobre lo mismo? —se dijo a sí mismo. La callada y fría noche que lo acompañaba no dejaba de dibujar en el vasto cielo centenares de recuerdos que alguna vez pretendió su memoria olvidar.

De esta manera, prosiguió y le dio vueltas al asunto que rondaba en su cabeza, aquel que obligó al poeta a encender su lámpara y caminar extensamente por el jardín de sus más atesorados recuerdos… En él, encontró muchas flores a las que alguna vez cuidó incansablemente durante mucho tiempo, pero sabía muy bien que aquellas flores no eran lo que él buscaba. La suya, su flor más acertada, estaba escondida; al parecer, la noche había hecho de las suyas y la había ocultado entre las sombras que lo rodeaban.

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No dudó en levantar los ojos al cielo, suplicando en tenores acordes que se le fuera revelado el lugar donde aquella flor había sido recluida… El silencio hizo parte en la escena, y tampoco dio ayuda al poeta. Perdido, extraño, sereno y aún sensible quiso hacerlo por sí mismo; caminó y caminó durante horas, divagó en estrategias, se susurró al corazón los posibles lugares en los que podría ocultarse su amada flor.

Y así prosiguió la fría y oscura noche…

—Su nombre… su nombre, ese nombre que la hacía tan especial, ¿dónde está su nombre? —lo repitió en distintas ocasiones, mientras las estrellas, que habían salido de su notable ausencia, empezaban a escuchar los repetidos delirios de su voz.

Y como si hubiera sido un regalo, una de las estrellas bajó del cielo, se acercó al poeta, tomó su rostro con sus manos y le dijo:

—Su nombre lo sabes bien, no lo ocultes más, no te mientas, no te hieras, no luches contra lo puro…

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Y mientras lo empezaba a tomar de las manos, le cantó el nombre que tanto había querido volver a escuchar…

—¡Ese es su nombre! ¡Esa es mi flor! ¡Ella! —gritó de alegría el poeta.

La estrella desapareció en el silencio y, junto a ella, las demás también. El poeta había recordado el nombre de su flor, hasta que temblando de frío y sintiéndose solo, supo en lo más profundo de su alma que la flor, aquella tan amada, estaba allí donde él menos se lo esperaba. A millones de kilómetros en los que se escuchó el cantar de las aves que se rehusaban a huir del invierno.

Y sin pensarlo, se levantó, secó sus ansias perdidas, y volvió a caminar. Su amada flor, estaba a millones de kilómetros de distancia: sin embargo, no lejos de él…

Cuentos amor - las estrellas predijeron tu nombre

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Si quieres continuar leyendo, te compartimos estos poemas árabes para abrazar el amor y desatar el deseo.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Maud Chalard.

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