A mi niña interna, con alas de luciérnaga

Sé que los ángeles duermen contigo, sobre mi cabeza y la de la humanidad.
Aquí todos somos sueños muertos, pasiones inconclusas. Algunas que se disipan y otras salen volando de nuestras manos temblorosas.
Enferma de desesperación al estar entre ellos, entre los incompletos. Niña, por favor, regresa y deslízate esta noche hasta donde habito. Devora ferozmente mis fantasmas come mundos. Quiero verte desenfundando tu arma, fiel guerrera mía. Hazme sentir segura.
Mira, mira como soy arrastrada por olas de mares helados. Mis brazos son pequeños, tan pequeños que alcanzo aferrarme al cielo. Siente mi edad bendita, de pecados reveladores, de viajes espirituales, de hazañas, escapando entre mis dedos y mezclándose con el todo. Con las cosas perdidas de todos.
Mi espíritu se desgasta, igual que la llanta de un auto en loca carrera. Sin piloto, sin rumbo.
Pequeña, como siempre nos dijeron: la vida es cruel y eso… la hace justa.

Creo que es como veneno dulce, que hace su efecto en las horas de sueño, justo cuando no consigo dormir. A esas horas me llega la angustia de que no vivo. De que no vivo suficiente.
Oh, niña, me siento atada. Aquí me preguntan incansablemente sobre madurar. El vil término que nadie ha visto, pero todos de rodillas lo alaban. Todos, menos yo. No se puede hallar, no se puede tener en estas cuatro paredes y en estos caminos, es que no los siento míos.
Prefiero tu rebeldía y tu necedad. Prefiere tu exigencia de hacerte feliz nada más a ti.
Ojalá supieras que nada me hizo más dichosa que tu gracioso sentir.
Extraño tu amor incondicional, reservado para mí. Por favor, pequeña, llévate para siempre mi locura. Asesínala. El tiempo pasa y mi alma no se levanta.
Quema los prejuicios de día, quémalos con el sol. No dejes nunca que destruyan tu hermosa luminiscencia.
Los días pasan, las olas me ciegan. Niña, mi vista carece de belleza sin la valentía de tus iris.

Hazme correr entonces, muy rápido. Quiero que mi corazón lata como los corceles salvajes. Alza mis manos a la lluvia y hazme sentir nacer del llanto de los dioses que me baña. Hazme descubrir las voces que los espíritus libres ya encontraron. Prueba conmigo el cosquilleo del viento, volemos en bandadas de aves rojas.
Regresa, háblame de noche. Entre el humo y la montaña, alrededor de mi fogata, cuéntame cuando éramos osadas y el norte parecía no tener, jamás, un final.
Yo te extraño aunque me bajes la mirada, lo hago. Lo sé, debí salir en tu defensa al ver a extraños hundir tu ardiente espíritu veinte metros bajo tierra con su alarido, con sus palabras filosas.
Me tiene impaciente ver tu rostro teñirse de gris, tus alas deformándose en los barrotes. Cómo me duelen las lágrimas de auxilio que nunca sequé de tus mejillas. Lo sé, te traicioné.
Por eso, toma mi mano en la bruma de esta espuma marina y volvamos a andar sobre las estrellas. Aunque nos ahoguemos, aunque nos hundamos. Esta vez dejaremos de ser sólo sueños.
Cuando salgamos, vamos a salir resucitadas.

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Las imágenes que ilustran el texto pertenecen a Miss Complejo, conoce más sobre su trabajo en su página de Facebook.
