Cuando alguien se va, sentimos que el paraíso nos es ajeno e inalcanzable y eso es lo que nos dice Francisco Güemes Priego en el siguiente poema.

Verde y azul se mezclan
en la selva y el agua,
al oriente corre el río,
a la izquierda nace el manglar.
Alto el sol se eleva,
amo de la playa y del mar,
fragatas y gaviotas danzan,
rauda corte celestial.
Inmovilidad que aturde,
la arena se hace ardiente,
al llegar el mediodía
acompañado de la soledad.
Fétidos olores del estuario emanan,
el ave muere entre los dientes del caimán,
lúcido recuerdo de ojos hechizantes,
no logro conjurar.
Gris y ocre, la tristeza se devela,
acaba la ilusión de irrealidad,
sin tu piel ni tu risa,
no habrá paraíso que habitar.
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Las fotografias que acompañan este poema pertenecen a Ekaterina Belinskaya.
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Somos parte de un todo dentro de nuestra individualidad, llorando el aire por la noche cada uno en su sitio, acabándonos la eternidad.
