Este poema pertenece a Clara Morales; continúa leyendo…

Yo, que hablo de la libertad como si fuera mi única presa.
Ellos, que me escuchan sin entender ni la mitad de lo que digo.
Yo, que prefiero el silencio a las palabras, y ellos que gritan sin sentido…
Tú, que me lees porque te escribo, que me sigues porque soy el único camino. Disculpa mi cabezonería pero, a veces, yo tampoco sé por qué digo lo que digo.
A mí no me enseñaron a caminar, me dejaron en el suelo y quise ver lo que se alzaba por encima de mi pelo. Me dijeron que las personas tenemos que llegar lejos para triunfar y yo vi el triunfo tan cerca que opté por no creerles jamás.
Me persiguieron con ideales, sembraron leyes a los pies de las casas, se manifestaron en nuestra contra cuando rechazamos vivir en agosto a la sombra. Qué más dará lo que haga si se revolucionan porque les dijeron que tenían que revolucionarse. Me da tanto miedo la palabra convivir… todos saben “con” quien pero nadie utiliza el “vivir”.

Yo, que salgo de mi casa con un escudo antipalabras y no me hace falta un manifiesto para que sepan lo que pienso. Ellos, que se encargan de disparar argumentos para agujerear nuestros cimientos, y no saben que en tu tiempo no hay nada tan pesado como el cemento.
Tú, que piensas que soy una colección de momentos, un ataque a cualquier definición de realidad. Somos la ficción en estado puro, la materia transformándose en cada intento de mantener el juego. Somos un empezar cada mañana, el reset de cualquier batalla, la fragilidad de nuestras pisadas. Ellos, que se empeñan en manchar nuestras andadas.
Para qué queremos normas si cuando nos obligan a cumplirlas preferimos saltarlas, para qué hablar del tiempo si vivimos con horarios, para qué tener dinero si lo vendemos en un juego. Para qué hablar de ideales si lo ideal no lo tenemos. Para qué.
Ellos, que sólo me entienden cuando ni yo sé lo que digo. Yo, que por no entenderles no les escucho. Tú, que me lees porque lo que hago es lo único que quiero; vámonos.
Vayámonos tan lejos que ni el mar pueda alcanzarnos, que las voces se queden afónicas por buscarnos. Vayámonos tanto que tendrán que cambiar las normas sobre el tablero, seremos el salto más grande de realidad, un puente hacia lo inalcanzable. Dispararemos batallas perdidas, disiparemos los miedos de los perdidos y nos reiremos cuando lleguemos tan, tan lejos que destrocemos su triunfo y se den cuenta de que el nuestro estaba en nuestras manos desde el principio.
Yo, que hablo de libertad y sólo soy su presa.
Tú, que me lees porque somos lo mejor que hay escrito.
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Hay veces en las que las personas con alas parecen incansables, por eso te compartimos las Instrucciones para amar a alguien que cree en la libertad.
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Las imágenes que ilustran el texto pertenecen a la autora del poema, a excepción de la fotografía de portada.
