Para crear hay que destruir

Para crear hay que destruir

Por: Carolina Estrada -

Para poder comunicarse, para darse a entender, el hombre creó el símbolo y el símbolo lo llevó al consenso. En el símbolo está el mensaje, como el agua en el vaso. Nadie se alimenta del vacío y el recipiente no es el agua aunque esté irremediablemente asociado con ésta. Sólo hasta que superamos el símbolo, hasta que al tener sed pensamos en el agua y no en el vaso, la comunicación es profunda, es inteligente y no simplemente efectiva. Por eso hay que superar los símbolos, romperlos quizá ─como el cascarón del huevo─, para recuperar la esencia. Y allí, en la esencia está la vida, ¿el verdadero amor?

Adentrarse en el Altazor de Huidoboro es, para quien se atreva, una caída al abismo, un soltarse y volverse uno con el infinito. La palabra es el vehículo para llegar a la esencia de lo humano, para descubrir el lazo que nos une con lo eterno, con aquello que no puede ser alcanzado sin antes ser destruído. La palabra misma debe desmembrarse para volver a cobrar sentido. Su obra, ya se ha dicho muchas veces, es una representación de la vanguardia no sólo latinoamericana, sino mundial; en ésta, el autor pugna por la libertad de la potencialidad creadora, de la existencia, la capacidad de despertar y elegir, de tomar un rumbo y ser uno con el infinito.
 
altazor huidobro


Altazor como símbolo poético es, en cierto modo, un símbolo del Fausto que, en su intento por elevarse, por liberarse, desata “potencias infernales”[1] que lo arrastran a la caída: “Piensas que no importa caer eternamente si se logra escapar / ¿No ves que vas cayendo ya? / Limpia tu cabeza de prejuicio y moral / Y si queriendo alzarte nada has alcanzado / Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra / Sin miedo al enigma de ti mismo/ Acaso encuentres una luz sin noche / Perdida en las grietas de los precipicios[2]”.

Altazor cae, pero su caída es una afirmación de sí mismo. Su tragedia es conmovedora porque representa a un ser capaz de elevarse, de emprender el vuelo aunque tenga que caer —Ícaro en su intento por alcanzar el sol—. El vuelo de Altazor es la esperanza de todos los hombres por convertirse en pájaros y darse a sí mismos las alas que les permitirán alcanzar la eternidad: “Se me cae el dolor de la lengua y las alas marchitas / Se me caen los dedos muertos uno a uno / ¿Qué has hecho de mi voz cargada de pájaros en el atardecer / La voz que me dolía como sangre?/ Dadme el infinito como una flor para mis manos[3]”.

parvadas bellas


Ahora bien, dos imágenes que son realmente poderosas y que representan ejes de la creación de Huidoboro son, además de las alas, las olas y el mar. El mar, como el cielo y el viento, representa la eternidad y el infinito y cabe aquí citar a Sabines: “El mar se mide por olas / El cielo por alas, / Nosotros por lágrimas […]”. Huidoboro dice que la eternidad, como el mar, quiere vencer, y que la razón convertida en la palabra es la forma de abolirla y, al mismo tiempo, de alcanzarla.

El poema describe distintos estadios de una aventura en picada. En medio de una lucha por alcanzar el valor de la existencia a través de Altazor, la imagen más pura y elevada de sí mismo, el poeta vuelve la vista hacia un ser que representa la esperanza, la única redención posible: la mujer. La carne, la materialidad orgánica del hombre es su condena. Su espíritu mira al infinito, pero su carne, caduca y perene, le recuerda que sus pies están atados a la tierra. Sin embargo es a través de la concepción que el hombre puede alcanzar la eternidad y trascender. En ese sentido la creación poética, que es también concepción, no podía dejar de lado a la mujer en un poema que es un canto a la libertad, a la trascendencia y a la creación misma.

Pero además de entender su obra en el contexto puramente poético, es menester insertarla en su tiempo. Para Huidoboro la caída de la religión católica, a principios del siglo xx ─que es también el siglo en que el hombre recobra el poder de sí mismo a través de lo que quizá podría calificarse como su capacidad para el mal─, es la muerte de la inocencia. Una vez que la inocencia del hombre ha muerto, es necesario madurar y construir nuevos símbolos, nuevos paradigmas.

análisis de la obra de Huidobro


Para poder crear es necesario destruir, desarticular, deshacer, decodificar primero. En ese sentido, el creador es un dios que asume la responsabilidad de la destrucción y el dolor que ésta conlleva. El poeta es un ser que se rebela para poder revelarse, para poder afirmarse. Es únicamente en la intimidad y en la desolación cuando el hombre está en posibilidades de crear, de construir. Como dice Margueritte Yourcenar “No puede construirse una felicidad sino sobre unos cimientos de desesperación. Creo que voy a ponerme a construir”. Así, el único camino para la creación es el trabajo y el dolor de la desarticulación, de la conciencia que cobra sentido a través de la ruptura de los viejos paradigmas.

Si bien el poeta es un creador, también es un “armador” que a partir de la decodificación del lenguaje crea nuevas estructuras, nuevas obras. No es posible decir que Huidoboro destruye el lenguaje porque se sirve de éste para dar cauce a su labor creacionista. Es posible sí, decir que lo decodifica y le otorga un nuevo valor. Huidoboro nos permite recobrar la esencia de la palabra; él hace brillar sus significados y la transforma en material para la nueva creación.


[1] Sibila, Paula. El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. México: Fondo de Cultura Económica. 2005.

[2] Huidoboro, Vicente. Altazor. México: Ediciones Coyoacán. 1994. P. 18

[3] Ídem. P. 26

Referencias: