Recordar lo que fuimos nos hace entender lo que somos:
‘Las niñas ya no se acarician cuando lloran’
Fuimos niñas con los ojos oscuros
y la boca llena de tierra.
Fuimos niñas que tiritaban
que tenían fiebre
que sudaban.
Fuimos niñas mientras mirábamos
desnudas
enfermas
con miedo
la luna

por la ventaba de la habitación de una niña.
Niñas llenas de pus.
Niñas sucias.
Niñas que no sabían lo que hacían.
Niñas que aprendieron.
Niñas que no querían parar.
Nosotras,
las niñas que se lamían el dolor,
las niñas que se bebían las lágrimas,
las niñas que se tapaban la boca ,
—la una a la otra—
cuando el grito desgarraba sus cajas torácicas.
Fuimos niñas
que se acunaban
que se hacían cosquillas
que se acariciaban.
Fuimos niñas diseñando un plan
de huida.
Nosotras, brujitas.
Nosotras que hicimos rituales.
Nosotras que nos prometimos algo
ante un dios
que nos miraba y se reía de los juegos de niñas.

Las niñas que se contaban cuentos
mientras se arañaban la espalda y saltaban
en la cama y se vestían
con las sábanas y encendían
las linternas.
—¡Apúntame a los ojos! ¡Ciégame!—
Niñas llenas de oscuridad.
Niñas que se creían luz.
Niñas que juntas
creyeron brillar.
Niñas luciérnagas.
Quisimos curarnos las heridas, mi niña
y nos abrimos —sin querer—
de arriba abajo
el cuerpo en carne viva,
y nos estamos desangrando,
y nos estamos pudriendo,
y nos estamos abandonando.
Nosotras,
que jugamos a hacer el amor
pensando que nos íbamos a sanar
o salvar —no recuerdo—.
Nosotras,
niñas inocentes,
niñas que no sabían,
niñas que sin querer
fueron malas niñas.

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La poesía salva, la poesía nos sana las heridas más profundas, la poesía también nos desconecta de aquello que deseamos no exista, pues “no quería flores, sólo encontrarme totalmente vacía”.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Henar Bengale.
