No quiero dormir jamás para no volverte a soñar
Letras

No quiero dormir jamás para no volverte a soñar

Avatar of Natalia Duque

Por: Natalia Duque

8 de mayo, 2017

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Por: Natalia Duque

8 de mayo, 2017



El insomnio es causa y consecuencia de toda nuestra ansiedad, de todos nuestros remordimientos. Es lente que amplifica nuestros miedos, y es el miedo mismo del que huímos todo el tiempo. Aquel que no duerme no puede soñar, y sólo le queda refugiarse en el recuerdo que a veces resulta más doloroso.

En este relato de Natalia Duque nos adentramos a los recuerdos de un protagonista acosado por las noches en vela, en su vigilia vemos cómo vive atormentado por la memoria de un ayer que no supo vivir y de un mañana sin amor.


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El reloj marca la 1:45 am, hay un aroma a corazones rotos y cigarros Marlboro, la madrugada tiene tonalidades grises mezcladas con destellos violetas. Desde un rincón su mirada fría observa el lugar y recuerda con precisión y detalle cada momento que vivieron juntos en aquel bar. Recuerda cómo en esa esquina se entregaban con pasión y deseo, o aquella otra donde la besó por primera vez. Echa un vistazo a su pasado y sonríe incrédulo, frotándose la cara con las manos, preguntándose en qué momento terminaron siendo dos desconocidos. Tal vez fue la mejor decisión tomar el primer boleto que lo llevara lejos, tal vez fue la mejor elección callar a su corazón y dejar que ganara la razón una vez más.

Enciende un cigarro al mismo tiempo que suena una canción que él reconoce. Su alma se consume a la velocidad del cigarrillo, su mirada se entristece al recordar sus últimas palabras. Siente cómo su felicidad se esparce por todo el lugar con el humo del Marlboro. Su pulso se acelera, la impotencia llega, la ansiedad ha vuelto para arrancarle la poca tranquilidad que le quedó desde aquella vez que estuvo cerca de su piel. Repasa en su memoria la forma en la que le robó la calma y lo poco que tenía de cordura.

Un trago, dos tragos, y así la noche se vuelve pasajera. Toma su cartera y deja en la mesa unos cuantos billetes junto al vaso de vodka medio vacío. Toma fuerzas y con un suspiro se levanta de la mesa, agradece a sus amigos y se excusa con algún pendiente. Todos saben qué pasa por su cabeza, todos saben qué lo inquieta, todos saben que ella aún provoca esos desórdenes en su interior.

La noche será larga, incluso para un alma solitaria que vaga por las calles de Buenos Aires. Echa una que otra mirada al cielo, recitándole poemas como si su rostro estuviera entre la oscuridad. Saca de su bolsillo un papel arrugado y viejo, lo desdobla a la velocidad que sus manos congeladas se lo permiten, lo aprieta con fuerza contra su pecho, toma aire y decide avanzar camino a casa.


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Al llegar a la puerta de su departamento busca con desesperación sus llaves, bolsillo tras bolsillo hasta que las encuentras en el fondo de su abrigo. Abre la puerta y lo envuelve ese ambiente desgarrador, solitario y frío. Se dirige al refrigerador y toma una cerveza, se enfila a su habitación con la intención de tomar un pequeño descanso. El insomnio ha sido su enemigo y su aliado en las últimas semanas.

Reflexiona sobre cómo la noche suele ser testigo de corazones destrozados, desilusiones, sueños, besos apasionados, promesas que probablemente no se cumplirán, solitarios buscando refugio en algún bar, ebrios deambulando en las aceras, crímenes, trances, recuerdos, vigilias y desesperación.

Luego de unas cuantas horas llega a la conclusión de que es imposible olvidar el remordimiento de no haberla tenido unos minutos más entre tus brazos, a quien amó sus vacíos, sus miedos, sus momentos oscuros. Aquellos momentos en los que, por más que quisiera huir de la realidad, ella era su polo en la tierra. Ella, quien le había indicado que el camino a casa era ver sus ojos, quien luchaba contra el tiempo para que esas manecillas se detuvieran en el minuto perfecto, quien lo protegió y recibió los disparos de acusaciones para que no lo rozaran ni un solo centímetro, quien pedía a la luna que protegiera sus pasos en las madrugadas, quien murió y revivió por una oportunidad.

Su respiración se pausaba, sus manos sudaban, el corazón latía más fuerte, los sonidos se amplificaban. Sus ojos se fueron cerrando al mismo tiempo que tomaba su fotografía. Y así fue, una noche más su recuerdo lo acompañó en el desvelo, hasta caer agotado por la ausencia de quien le había robado una y mil noches de tranquilidad.


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Referencias: