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Todos los monstruos crecen bajo la cama

Letras Todos los monstruos crecen bajo la cama




"Si desprendes miedo atraerás a aquellos monstruos que tú mismo has creado con tu mente":


'El monstruo bajo mi cama'

Solía vivir con un monstruo de patas grandes, gris, corpulento y espeluznante, sus ojos rasgados tenían un destello y no de luz, de tinieblas, veía lo que quería ver y yo lo veía ahí, grande trepado en ese árbol de flores secas bajando lentamente pero a paso y pata firme, dando cada paso seguro de su hazaña, aplastaba y destruía. Su cuerpo rugoso y seco cual reptil jamás se detuvo. Creció lo que quiso y lo que lo dejé. Lo dejé. Aún no sé porqué.

Llegó a mis seis años, y tal como si hubiese tomado una píldora de ‘agrandalina’, estaba frente a mí, y yo diminuta ante sus demoniacos ojos perversos, hablándome, me espantó. Nunca antes algo me había detenido de manera brusca, como una estúpida barrera frente a mí, terca, acérrima, inamovible, estorbo al fin; le cerró violentamente la sonrisa a mi boca con esas uñas afiladas pintadas de rosa, me tragué los dientes y a mis ojos los dejó deambulando. No quise salir esa vez, "no puedo ver", le dije a la que llamaba madre, me pidió que abriera los ojos, los tenía abiertos, pero le juré que no podía ver. 


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A los trece, me ponía papeles duros en la frente con un manotazo, inclemente, despiadado; hacía el ridículo frente a mis amigos cuando salía con ellos, aún recuerdo sus burlas disfrazadas de amistad, pero es la edad de la burla ajena, así se vive como tradición social. El plan era hacerme más pequeña, él ya era un Goliat para ese entonces, pero no más de lo que fue a los veinte cuando decidí amarlo, romperlo y arriesgar, la valentía se convirtió en desgracia cuando me rompieron; él a dos metros de distancia repetía cual loco: “no vuelvas a amar”. Estaba ahí de nuevo, dentro de mí, yo atemorizada en la cama, moqueando la almohada por ese infeliz que a los veinte no me supo amar. Irrisoria su vida conmigo o la mía junto con él. 

A veces el monstruo desaparecía con su atrocidad, y yo me sentía toda poderosa, me preguntaba sobre su ausencia pero le agradecía su no permanencia, sin contar los minutos todo lo podía, sin pensarlo siquiera. En mis sueños me habló, no hacía más que decir: "no, mejor no", maldita voz negativa que aturdía incesante mi pasivo sueño de amor surreal, me desperté, me asomé bajo la cama y estaba ahí, cabía, no sé cómo si estaba repleto de cosas y recuerdos, el monstruo bajo mi cama, burlándose de mí con su carita mojigata. Juró quedarse, pero entre lágrimas le rogué su partida, dijo que yo lo había creado, que debía entrar dentro para matarlo. Jamás he sido asesina, no mato ni a las ratas en el patio, menos a las moscas en la sopa, ni a las hormigas en mi cactus. ¿Cómo iba yo, siendo nada, a matarlo a él?


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La noche del mes anterior fue su asesinato, me enorgullece el título de asesina que me he apropiado, no fue sangriento ni ultrajante, nada bestial, parece irreal la suavidad de su muerte. Lo invité a mi cama, "¿por qué siempre escondido?", le dije. Lo acurruqué, lo puse cómodo con cobija de felpa y todo. Nos hablamos como viejos amigos, nos supimos uno mismo durante años, le dije que era hora de vivir sin él, y él no podía vivir sin mí, siendo él el mismo miedo, le daba miedo. A mi me dio terror que se fuera porque se había comido, una a una, mis agallas. Estaba gordo de mi valentía, yo chupada y esquelética pero con toneladas de miedo detrás. 

Al despertar no estaba a lado, el olor de mi cuarto era diferente, me asomé bajo la cama, en cada rincón moví las cajas viejas, pero tampoco salió del polvo, dejó una nota: "Te has desprendido de mí". 

Ese día pude volver a vivir. 


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Hay muchos motivos por los cuales vale la pena sonreír, y aunque no parezca estas son las razones por las que, que te rompan el corazón es lo mejor que te puede ocurrir. 

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Jonathan Sosa.



Referencias: