El hombre que escribió 500 obras para probar que el futuro será brillante

El hombre que escribió 500 obras para probar que el futuro será brillante

Por: Aglaia Berlutti -



Al escritor Isaac Asimov se le suele llamar el “padre de la Ciencia Ficción moderna”, el título puede parecer exagerado, pero en realidad engloba y define sus aportes a la literatura fantástica. Con su concepción optimista y, sobre todo, profundamente humanista del futuro, reconstruyó y replanteó esa noción sobre el ser humano como parte de su entorno. Como protagonista y quizá víctima de su historia, Asimov (1920-1992) estaba obsesionado por la tecnología como anuncio de los planteamientos de un futuro distante. Encontró en la identidad del humano —en la cultura, la religión, la cosmovisión— una forma de aprender sobre lo que es evitable y lo que no. El escritor miró al futuro como una combinación de ideas más que hechos, y quizás ahí radica la enorme trascendencia de su obra.


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Asimov estaba obsesionado con las particularidades del género humano; no obstante, esa mirada profunda y analítica sobre la identidad del hombre no conllevaba un juicio de valor. Su interpretación sobre lo fantástico no se limita a una reflexión inteligente sobre las posibilidades, además es una meditada comprensión sobre lo que hace que hace al ser humano racional y excepcional. Una y otra vez, Asimov se plantea la naturaleza humana como un misterio en sí misma, un descubrimiento asombroso y una fuente de maravilla. Quizás esa sea la cualidad que hace de las novelas de Asimov una renovación del género —que hasta entonces posicionaba al hombre como una serie de ideas más o menos sustentables, pero nunca lo suficientemente sólidas. Pero Asimov se atreve, construye y evoca la fantasía como un reflejo no sólo de lo que es ser humano es, sino como una idea que se elabora a través de matices; una interpretación fundacional y primitiva sobre lo que comprendemos de nuestra propia humanidad.


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En más de una ocasión, el escritor insistió en que el objetivo de la Ciencia Ficción no era intentar entender lo desconocido, sino asumir las limitaciones de la mente humana para comprender lo que le rodea. Muy probablemente esa singular percepción sobre la realidad era parte de su punto de vista, Asimov era un librepensador, un hombre profundamente curioso; pero también estaba lleno de tics y manías, de pequeñas limitaciones que nunca comprendió pero que le permitieron asumir la fragilidad del espíritu humano. Asimov nunca se resistió a la enorme audacia de su imaginación en su insistente intento por recrear lo que le rodea; insistió en que la escritura y la literatura eran formas de aceptar el asombro que nos produce lo que no podemos explicar. “¿No hablará del miedo?”, le preguntó alguna vez un periodista; Asimov sonrió tímido y un poco incómodo y sacudió su augusta cabeza canosa: “no, hablo sólo sobre el asombro, el miedo nace de lo que no podemos identificar y crear, cuando sobrepasas ese límite te encuentras en un espacio extraordinario para la creación”.


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Ésta fue una extraña sentencia para un creador nato que sufría de tanto miedo a volar que sólo subió a un avión dos veces en su vida; o que se sentía mucho más cómo en los espacio pequeños y claustrofóbicos. Tal vez ésa es la razón por la que todas sus novelas —y vaya que fue un prolífico escritor, con más de 500 títulos publicados— fueron ventanas abiertas hacia mundos desconocidos, hacia parajes extraordinarios que creó con un inusual y preciso punto de vista. Su obra está compuesta por novelas y cuentos que miraban a la humanidad como una gran posibilidad que se construía a partir de premisas científicas. No siempre eran estrictamente futuristas, también exploraban una idea creciente y poderosa de lo que deseamos ser, de esa aspiración del hombre de superar su propias fronteras físicas y mentales.


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Pionero de las narraciones robóticas, Asimov encontró una manera de contar el futuro, pero también de contar las esperanzas de la raza humana. Probablemente por este motivo, la “Trilogía de la Fundación” sea su saga más conocida.  Considerada por sus admiradores como una obra de obligada referencia en el género de la Ciencia Ficción —y por sus detractores como una obra confusa y desconcertante—, es sin duda una de las miradas más profundas del escritor hacia el futuro y la evolución del pensamiento. Porque Asimov, con su estilo lento, gradual y meditado, creó un universo de pensamientos científicos y filosóficos que transformaron su visión sobre el Cosmos y nuestra relación con lo infinito. Asimov, que analizaba a la humanidad desde un crisol amable y casi conmovedor, logró encontrar en “Trilogía de la Fundación” la combinación justa entre la inocencia del devoto y audaz aventurero y a un narrador madura que concibe el porvenir como un sueño a medio construir.


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A la “Trilogía de la Fundación” se le considera una base para entender los orígenes de la Ciencia Ficción. Podría serlo, pero más allá de eso la saga es una interpretación sobre lo que consideramos “conocimiento”. Se ha dicho que los libros carecen de continuidad, que no tienen personajes que atrapen al lector y que el hecho de que se traten historias independientes entre sí hace que la novela resulte distante y fría. No obstante, “Fundación” maneja una serie de ideas muy bien construidas que sostienen esas aparentes fallas para crear algo más grande y profundo que el mero análisis de las ideas que sugiere. Planteada desde el punto de vista de la filosofía platónica —pero en donde no es la filosofía, sino la ciencia el sostén de la cultura—, la novela propone preguntas existencialistas que intenta resolver. Además, sostiene que la tecnología nunca supera la aspiración intelectual.


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Una y otra vez, Asimov utiliza un estilo basado casi exclusivamente en diálogos para dejar muy claro que la principal esperanza de ese futuro distante no es la capacidad tecnológica, sino esa línea inconstante y casi siempre al borde de la ruptura en la que el hombre comprende sus propias virtudes y capacidades. Asimov no se limita a la descripción de la tecnología, sino que ve más allá: hacia el pensamiento necesario para crearla, la belleza de lo que se construye. Y eso es quizá lo más asombroso de la obra, esa necesidad de mirar al hombre con una enorme y conmovedora sencillez. A diferencia de otros tantos escritores de Ciencia Ficción, Asimov sueña con futuros radiantes, pero también con un tipo de conocimiento humano que erradique el miedo y que consiga encontrar en el asombro el motor para construir el futuro.


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Referencias: