Una simple historia

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Una simple historia
Una simple historia

La historia debería de tratar de un pintor excéntrico, solitario, que va mudándose de casas, de ciudades, países y continentes. Sin familia, sin tener que preocuparse por el dinero, sale de dónde habita sólo para lo necesario, el resto del tiempo se la pasa pintando. Un cuadro por día; y por las noches, dejándolos en las puertas de las casas, regalándolos, entregándolos siempre con la misma carta mecanografiada a máquina, donde explica que la obra ahora le pertenece a la casa pero nunca al museo.

Asegurándolos, camuflajeándolos para que ningún caminante nocturno pueda impedir el destino de su obra; se debería escribir que el personaje realiza la tarea con la perfección de un artesano, usando papeles, telas y, en múltiples ocasiones, periódicos o cualquier cosa que le sea útil, dependiendo de la fachada de la casa y las costumbres de la gente y de los pueblos.

Pintura toro trashumante. - una simple historia
Pintura por Carlos Amillategui

Sin saber adónde dirigirse, llorando en ocasiones, alzaría todas las tardes los ojos al cielo, volviéndolos hacia donde habita la locura más grande del hombre, observando las vastas nubes de colores, escuchando al alto juego de espejos del aire. Su historia sería sencilla, a donde quiera que fuese realizaría lo mismo, pintaría con tanta obsesión y repetición que eso sería su mundo sencillo: escape tormentoso, laberinto, jaula y prisión de piedra. Por ello, la historia sería breve y, hasta cierto punto, lineal, pero no por eso los detalles se dejarían a un lado.

Por lo que respecta a su técnica de pintura, se relataría como ambigua, entre temple al huevo, acuarelas, acrílicos y tintas; sus manifestaciones, aprensión a la vida expresadas en sus lienzos, cartones y papeles estirados, se narrarían explícitamente en el texto. Se describirían los colores, tan intensos y a la vez oscuros, las figuras deformes, los ojos caídos y sus trazos ligeros, sencillos.

Todo esto se debería explicar a lo largo del cuento con elocuencia, con la intención de presentar, para el lector, un personaje de carácter ermitaño, simple, serio, sin posibilidad de prospectiva al futuro y con un desasosiego que podría catalogarse obsesivo, enfermo. Sus pasos, sus gritos, ideas, pinturas, todo se confundiría con el uniforme murmullo de los hombres, con la historia, con el creciente registro matemático de las estrellas.

Un hombre que caminaría con un ojo abierto y otro cerrado para no evitar las ilusiones, tirando ligeramente la espada para un lado y el cuerpo para otro, revelando alguna inseguridad oculta, explorando el asar de lo incierto… Así podría llamarse: Bernardo Bertiau.

La paja de la historia se iría rápido relatando algunos de sus amoríos ocultos y sus aventuras durante la realización de su tarea diaria, enjaretar sus cuadros en casas ajenas. Al final del cuento, se tendría que escribir cómo el hombre, sabiendo su inevitable muerte por un melanoma que amenazó matarlo años antes, le escribe una carta a su hija y a su esposa, donde, además de confesarles su arrepentimiento por nunca haber usado óleo, les dice que las quiere, que fue un mal padre pero que las quiere.

Y así, en el epílogo, se contaría un funeral simple, sin mucha gente pero, a pesar de las indicaciones en el testamento de no hacerlo, con las pinturas que encontraron en su último departamento colgadas, adornando aquella despedida, dándole color a la ceremonia.


París, 2014.

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