La moda es uno de los tantos medios de representación que tenemos para dar cuenta del sistema político, el contexto histórico y el momento social que atravesamos. Si seguimos pensando a las prendas como objetos cuyo valor sólo recae en el uso y jamás en las direcciones simbólicas o de sentido que en ellas se edifica, seremos incapaces de ver que lo que consumimos son ideas y no materiales, son reflexiones o statements de la industria y no las telas en sí. El consumidor se viste “de sentido”, incluso de crítica y análisis social; las marcas, firmas y grandes maisons le ponen el discurso entonces a sus prendas –que no necesariamente va de la mano con su precio– y así generan colecciones que al ojo común, que a la vista sin atención, parecerían una burla o nada más que un exceso sin razón.

Un gran ejemplo de ello es la primera colección de Jeremy Scott como director creativo de Moschino (2014), la cual consiguió notoriedad dada la estruendosa plástica de su show y el asombro de quienes vieron su presentación. El diseñador estadounidense eligió una fuente de inspiración fuera de lo común: la cadena de comida rápida McDonald’s. Un escándalo para los grandes críticos y columnistas, pero una excelsa atención y mirada juiciosa según otros; los cuales advertimos en todas y cada una de sus piezas la conciencia absoluta de nuestro tiempo. El concepto fast y todas sus directrices, la fugacidad de lo creado, la enajenación por lo temporal y la InstaPic, los contornos de lo fútil, las seducciones del vacui. Todo revoloteaba en el aire de Milán ese día y otro rostro de la moda se inauguraba.

Polémica y risas siguieron a esta propuesta. Fashionistas le vieron como un guiño humorístico o algo divertido, detractores de la moda calificaron la colección de valla publicitaria; inclusive, empleados de McDonald’s le consideraron una falta de respeto, ya que Moschino vende prendas de gran costo inspiradas en los uniformes de quienes ganan el salario mínimo. Pero, ¿no se trata de eso justamente esa serie? ¿No es la burla al sistema desde el sistema mismo lo que más resalta en estas prendas? El que gente con gran poder adquisitivo logre convencerse de vestir como un chico de 20 años que gana 15 dólares por hora, ¿no es la crítica más ácida de todas? Ventajosa, sí, pero amarga a fin de cuentas.

Siguiendo esa misma línea, aunque inserta desde el otro lado de la balanza, Kentucky Fried Chicken en julio de 2017 lanzó una serie de prendas y accesorios que vinculan a la marca de comida rápida con el fashion desde sus propias trincheras. Bajo la lógica de un absoluto Moschino o de un Vetements, KFC cuestiona el sistema clásico y monótono de la moda, dinamita su posicionamiento sacro para hacer del vestir un acto que deje de ser repetitivo y agotador a partir de la repetición y el agotamiento mismos.

KFC, ya con las piezas casi agotadas en su totalidad, ha tomado provecho de las fijaciones en nuestra generación, de los declives que ha tenido la pasarela como herramienta clave de la moda, de los signos –a veces burlones, a veces autocríticos– que puede alcanzar su branding entre los millennial, de la falla en los modos operacionales del fashion y que la gente ya no está dispuesta a seguir.

Artículos con la personalidad del Coronel Sanders, playeras con serigrafiados, accesorios que parecen sacados de un paquete infantil y una actitud bastante normie en sus modelos son los ingredientes clave para esa “receta secreta” que hoy impera entre quienes desafían a la frenética industria y le responden con la idea más clara y distinta que puede adquirir una prenda: el sentir político que inaugura abrir tu clóset con orgullo o sin label alguno. Aquél que conspira costura a costura contra la aburrida divinización de la moda y hace de ésta un lenguaje cada vez más transparente, rebelde y próximo.

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