Lejos han quedado los años en que la monarquía europea y sus cortesanos usaban chopines –zapatos con plataforma de gran tamaño– para demostrar superioridad ante los demás, ¿cierto? ¿Acaso no pensamos que actualmente se vive en una era de democratización fashionista y que la ropa sólo transmite belleza o protección desde el cuerpo que la viste? Más allá de pensar a las prendas como una herramienta política que puede partir del odio, la separación o el segregacionismo, hemos llegado a tal punto de consumismo o de hiperestetización enajenada, que la mayor de las veces advertimos al ropaje sólo como una decoración; no obstante, es en muchas ocasiones una postura contraria lo que da origen a su uso o su imposición. Tomemos por ejemplo las declaraciones en 2006 de Mike Jeffries, CEO de Abercrombie & Fitch, cuando alegaba que la marca “no hacía ropa para gordas ni para chicos que no fueran cool”; un statement complicado pero que él trató de defender diciendo que “algunas empresas están en problemas porque intentan alcanzar a todo el mundo: los jóvenes, los gordos, los delgados. Pero entonces te vuelves totalmente flojo. No enfadas a nadie, pero tampoco estimulas a nadie”.

Una posición escandalosa, sí, pero que trajo el resurgimiento de su firma en una época que auguraba su muerte; ¿recuerdas tu adolescencia y lo mucho que querías utilizar una de estas playeras o alguna que se le asemejara? Bueno, todo fue resultado de esta controversia y el blanco fácil que fuimos para que la supuesta semilla del coolness se germinara en nuestro interior. Para que no quisiéramos “pasar desapercibidos” o ser confundidos con los perdedores del colegio. Ahora, este ejemplo de ofensas veladas es muy sencillo; vayamos a un código de vestimenta un poco más complejo para desenvolver lo que en verdad pretendemos en estas líneas.
Durante el siglo XV el color negro de pies a cabeza era asociado con la santidad. Las comunidades cuáqueras (religiosos disidentes originados en Inglaterra) asociaban este color a la pureza del cuerpo y el alma; la ausencia de luz era señal de una vida de enclaustramiento tanto físico como ideológico cuyo propósito principal es alejar a las personas de los placeres mundanos y así llevar una vida de infinita pureza. Sin demasiado ruido alrededor, pero esta sociedad mística impuso su ideología de desprecio hacia lo carnal o lo festivo, lo que es completamente humano, a partir de la ropa que usaban; quizá se escuche un tanto extremista, pues podría considerarse a este acto como una posición pacífica, sin embargo no lo es del todo si consideramos que su rechazo o menosprecio fue acompañado de palabras, actos o juicios que hoy también serían considerados despreciables.

Ahora, para ahondar en un caso de separación entre clases sociales con una prenda o accesorio de por medio, tomemos la sombrilla. Su invención es poco clara, hay referencia a ellas en la mitología y se sabe que en China ya se usaba desde 2000 años antes de nuestra era, que en Grecia también se documenta su aparición mucho antes de lo que podemos imaginar; sin embargo, este ornamento de gran utilidad se marca en muchas ocasiones dentro de la vida privada y fastuosa de las grandes damas atenienses, las chicas de buena familia en Oriente y el rechazo de ellas a que su piel fuera dañada por el Sol y, por ende, confundida con la de una mujer con menos clase o proveniente del grupo laboral.
Este mismo espíritu se puede advertir en los peinados femeninos, o incluso masculinos, de la tradición china y la cultura europea del XVIII. En un fuerte y estricto sentido simbólico, la forma de usar o cortarse el pelo marcó siempre el estatus social o civil, la religión o las profesiones de quienes pertenecían a dichas sociedades. No cuidar el arreglo capilar era para ellos signo de enfermedad, depresión o bajo rango. Por mencionar algún caso, en China las mujeres de mejor cuna y sobre todo las aristócratas llevaban el cabello muy alto, haciendo verdaderas obras de arte que asemejaban pérgolas en la cabeza, contrario a las plebeyas que sólo podían costear en tiempo y arreglo una coleta en la nuca.

En el siglo XX ha ocurrido exactamente lo mismo. El uso inicial del denim o las playeras de algodón planchado eran característicos de los chicos más pobres o asalariados de la comunidad; el look a lo James Dean no siempre fue lo que percibimos hoy. Los estampados étnicos ahora son tomados con ligereza e incluso cierto exotismo, pero hace más de cincuenta años portar estas prendas y esos patrones –aunque había orgullo en sus usuarios al portarles– era signo de “lo otro”, de lo que estaba “afuera”. Lo mismo ocurría con los chicanos, los cholos o los punks, que se movían en el terreno de la moda con la firme convicción de convertir la segregación o el rechazo hacia ellos en la misma arma de representación para su visibilidad.
Dichos actos y estrategias de diferencia, de una discriminación entre sectores o recursos que parece inofensiva pero acarrea más conflictos de los que creemos, sigue presente en nuestros juicios o exigencias. Por ejemplo, en la disposición de colores como propios de algún género se continúa con una absurda distinción de qué tan masculino o femenino puedes ser al vestir; asimismo, en todo eso que conforma a la imagen de una mujer, los tacones se han vuelto imprescindibles en la “buena silueta femenina” y comentarios veladamente ofensivos como “¡Hoy sí te arreglaste!” o “¡Qué guapa te ves!” sugieren un sometimiento a la incomodidad en pos del gusto ajeno.

En los últimos años, el uso de una prominente barba se ha convertido también en un requerimiento sin opción a réplica para la masculinidad de los hombres; igual sucede con la vestimenta formal al salir de trabajo, si no se lleva uno, ¿cómo llamar caballero o darle seriedad a un cuerpo que en realidad no lo es? Las fanfarrias con que ahora se presentan diseñadores o tiendas de fast fashion al incluir “tallas especiales” o “extras” en sus colecciones son muestra de otro tipo de violencia sistematizada que, intentando halagar a la multiplicidad de clientes posibles, sólo marcan aún más esas diferencias que alguna vez la industria creyó absolutas. Los vituperios que hoy recibe la apropiación cultural en firmas de alta costura o en tiendas de ready-to-wear funcionan igual, son signo de una supuesta inclusión que toma a las tradiciones como estética banal y recae en el folclorismo de quien sólo ve de lejos.

En buena parte son nuestras erradas concepciones o separatistas ideas las que dan génesis y continuidad a lo que pensamos se debe vestir. La configuración del armario se abre paso aún en nuestros días con base en la diferenciación de lo que concebimos como correcto, oficial, permitido o incluso bueno –si le añadimos esa innecesaria carga moral que amamos insertar en todo– y cuya finalidad popularizada no toma en cuenta sus directrices artísticas, sino que se enfoca en quién es mejor para ciertos estilos de vida o cómo debe aparecer la belleza o la valía de una persona; aunque nunca sepamos a qué se refieran.
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