Ideas absurdas sobre sexo y el origen de los bebés que se creían en el pasado
Tecnología

Ideas absurdas sobre sexo y el origen de los bebés que se creían en el pasado

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Por: Alejandro I. López

26 de agosto, 2017

Tecnología Ideas absurdas sobre sexo y el origen de los bebés que se creían en el pasado
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26 de agosto, 2017


En el pasado, el nacimiento y la formación de un nuevo integrante de cualquier especie se trataba de una cuestión tan esquiva como misteriosa, incluso para las mentes más brillantes de la Antigüedad, el Renacimiento y principios de la Edad Moderna. A pesar de los conocimientos anatómicos que se desarrollaron en el Renacimiento a través de la práctica y los intentos siguientes que poco a poco dieron forma a la medicina, el conocimiento de los gametos femeninos y masculinos y la ovulación se mantuvieron ocultos por cientos de años.


En pleno siglo XVIII, el origen exacto de los bebés seguía siendo una incógnita. Estaba claro que existía una relación entre el sexo y el embarazo, pero el mecanismo preciso, el sitio anatómico donde se desarrollaba un feto y cómo podía brotar vida de las entrañas de una mujer, aún eran grandes enigmas.


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Tal es el tema que aborda el libro The Seeds of Life (2017) de Edward Dolnick, un recorrido histórico y científico sobre las distintas creencias alrededor del evento cumbre a nivel biológico de cada especie viva: su reproducción.


El machismo imperante en la mayoría de sociedades alrededor del mundo contribuyó notablemente a acrecentar esta incógnita. Especialmente cuando las personas encargadas de transmitir los saberes sobre el cuerpo humano (más adelante médicos, filósofos o científicos) eran en su mayoría hombres. Esto también recaía directamente en los estudios anatómicos: los órganos sexuales masculinos eran bien conocidos desde la Antigüedad, tanto como su funcionamiento; mientras que su contraparte femenina –además de la mayor dificultad que entrañaba dada su constitución anatómica interna– también resultaba de mal gusto y de nulo interés para los pensadores masculinos.


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El semen era visto en distintas sociedades como un líquido sagrado y vital. Para los antiguos egipcios, se trataba de un principio creador representado por el dios Atum, cuyos fluidos crearon el mundo y proveían de vida al Nilo. Sin embargo, y a pesar de las sospechas de la existencia de un fluido similar femenino capaz de unirse y crear vida (tal como lo expresó Aristóteles cuando asumió al semen y la menstruación como esenciales para la reproducción), los seres humanos aún tardarían casi un milenio en encontrar la respuesta a esta cuestión.


A mediados del siglo XVII, la noción de que los mamíferos también poseían un tipo de huevos que se desarrollaban en su interior permeó el pensamiento reproductivo de la época. A diferencia de los estudios previos, un anatomista holandés llamado Reigner de Graaf estudió a los conejos hembra detenidamente, con especial atención en sus órganos reproductivos. Descubrió que el "huevo" femenino provenía de los ovarios, pero que requería unirse de alguna forma con el semen para dar paso a la creación de vida.


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La respuesta definitiva no llegó hasta 1876, cuando Oscar Hertwig descubrió a través del microscopio que los espermatozoides tenían la capacidad de fertilizar un óvulo y abrir paso a la vida, después de observar cómo lo hacían las células reproductoras de un erizo de mar. La cuestión quedó finalmente resuelta y en cierto modo, la antigua creencia egipcia tenía razón, sólo hacía falta dejar a un lado el machismo imperante y prestar atención a la anatomía femenina para descubrir uno de los misterios más grandes de la humanidad: la creación de vida.