La mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales

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La mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales
La mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales

Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.

Mark Twain

Me encontraba en Turquía, el clima cambiaba rápidamente. Se acercaba el invierno.

No dejaba de pensar, de analizar opciones, de ver el mapa e imaginar cómo podía unir esos puntos…

Soñaba despierta.

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Cuando era adolescente también lo hacía. Soñaba cada vez que leía revistas de viajes. Soñaba cosas que tal vez algún día podría cumplir. Un día prometí que vería las auroras boreales, que descubriría con mis propios ojos si la foto de esa revista que alguna vez sostuve en mi mano era real.

No tenía dinero suficiente para subir hasta los países nórdicos, pagar varios días de alojamiento y esperar a que la naturaleza me recompensara. Las auroras boreales son un poco caprichosas. No se dejan ver todos los días. Hay que cruzar los dedos y esperar.

Así estaba yo. Cruzando los dedos antes de empezar la aventura. Ya estaba decidido, empezaría a subir desde Turquía por tierra. Lucharía por cumplir mi sueño.

El camino fue largo y algunas veces dudé si estaba o no haciendo lo correcto. Cuarenta horas en buses, treinta horas durmiendo en aeropuertos y más de mil kilómetros a dedo buscando ride.

Cazando auroras boreales - la mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales

Dudé, pero las ganas de cumplir mi sueño eran más grandes. Ya había lanzado los dados, no me podía arrepentir.

Semanas después llegué a Helsinki, la capital de Finlandia. El frío ya era protagonista y un poco desalentador, pero lo eran aún más los comentarios de algunos locales que me aconsejaban no subir haciendo dedo. No por el hecho de viajar sola sino porque en esa época y en esa zona septentrional, el sol cae a la una de la tarde y el frío quema.

Algunos creyeron que no lo lograría. Intentaron persuadirme pero en contra de todos los malos pronósticos, continué.

Mi objetivo era subir hasta Rovaniemi, conocida por ser la ciudad de Papá Noel, y de ahí subir hasta la región de Laponia, más arriba de la línea que demarca el inicio del Círculo Polar Ártico.

A pesar de que aún no nevaba, el frío se pronunciaba fuerte.

Mientras más subía, más rápido anochecía.

No fue fácil. La primera recompensa del camino se vio marcada en el suelo.

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En varios idiomas estaba escrito: Círculo Polar Ártico.

Lo había logrado.

Me quedé una noche en la casa de un local. Me ayudó a estudiar el mapa y a ver mis opciones.

-Estás loca, me dijo.

-Ya lo sé, le respondí.

Al día siguiente volví a salir a la ruta. Sostenía un cartel en mi mano. Los minutos pasaban y yo seguía esperando.

El frío era desalentador. El viento soplaba muy fuerte. Ningún auto pasaba. Empecé a maldecir y golpeaba el suelo con las botas.

Ya me lo habían dicho. Entre más al Norte vayas, más difícil será que pasen autos.

La carretera era desértica y el frío me calaba hasta los huesos. Pasó un auto. No se detuvo. Dio la vuelta. Regresó por mí.

Una mujer rubia de ojos azules. Me subí. Era de Estonia y estaba embarazada. Daría a luz en esta zona del planeta.

La luz se apaga. El cielo se oscurecía. No tenía dónde quedarme.

Ella me invitó a cenar y a dormir en su casa.

El mundo no deja de demostrarme que son más los buenos ahí afuera. Es sólo que ellos no obtienen tanta publicidad.

Al día siguiente me dirigí a mi último tramo antes de llegar a un hostal donde me quedaría algunos días a cambio de trabajo.

Camino a las auroras boreales - la mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales

Todo comenzó a tornarse blanco y gris. Empezó a nevar.

Sostenía otro cartel y la espera era eterna.

La temperatura era de menos cero, estaba agotada de aventurarme por esas carreteras desérticas.

Me sentía sola.

Saqué mi cámara y me hice dos o tres fotos. Los dedos de las manos ardían. Estaban agrietados y uno sangraba.

Empiezo a llorar. Maldigo. Golpeo el piso. Siento mil agujas que me golpean las piernas. Es el frío intenso.

Pasó un auto, el único que vi en casi una hora de espera. Se detuvo y me subí; me brindó una taza de té caliente mientras intentaba entender porqué viajaba sola con estas temperaturas.

Para él, un hombre que toda su vida ha vivido en esa zona, ver una aurora boreal no amerita tal aventura.

Para mí, una mujer del Caribe colombiano, lo vale todo.

Hoy me pregunto si todo ese esfuerzo valió la pena. Cada lágrima, cada kilómetro recorrido, cada recaída.

Ese acto de locura o de valentía –cada quien crea sus propias ideas-, ha sido el viaje más importante en mis años de viajera.

Para mí no sólo significó la lucha por mi sueño, también superación personal. Después de eso, siento que nada me queda grande.

Auroras boreales - la mujer que viajó miles de kilómetros sola y sin dinero para ver las auroras boreales

Dos noches después de mi llegada al hostal, el cielo (literalmente) recompensó mi gran travesía: se tornó verde y una especie de serpiente gigante comenzó a bailar sobre el lienzo negro del cielo. Pintaba con un pincel transparente y mezclaba colores verde, violeta y rojo en movimientos de espiral, de un lado a otro, bajando, subiendo, desapareciendo y volviendo a aparecer. El show duró una hora.

En el momento en que una lágrima se fusionó con una sonrisa, me di cuenta que todo, absolutamente todo, había valido la pena.

Lina M es una viajera apasionada, si quieres conocer más de sus historias, te invitamos a leer todas sus experiencias.

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Viajar es una manera en la que te encuentras contigo mismo, en las que creas un diario en tu vida tan profundo que no existe alguien que te arrebate todo lo que ganas.

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