Nuestros cuerpos florecen con el frenesí de los besos

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Nuestros cuerpos florecen con el frenesí de los besos
Nuestros cuerpos florecen con el frenesí de los besos

El erotismo es fundamental para conocer al otro; es a través de los roces de pieles, jadeos, tacto y fluidos como podemos conectarnos con nuestra pareja de manera muy profunda, por eso el siguiente cuento te gustará:

Tantas veces lejanos, nos divagamos para atinarnos, con el sueño de mirarnos a los ojos, extraviados, buscándonos, nos imaginamos en lo impensable, con la añoranza de tocarnos para tener repuestas, pero con la espera de sentirnos. Nos deseamos, danzamos desesperados… y nos topamos en medio de tanta luminiscencia y silencio. Brillando, encantados y despiertos. Nos percibimos y las palabras estorbaron, no hacía falta nada y sobraba todo. Nada más seductor que dos cuerpos con un acuerdo, naturales, brutos; sin inclinaciones, sin máscaras, ni necedades. Sólo percepción y corazón, coexistiendo al rojo vivo, en un sólo latido. Iniciando el combate de nuestras ganas y nuestros empeños.

Mis manos encontraron las tuyas, curiosas se anidaron una a la otra como aves que se protegen, que se inspeccionan, se reconocen, dedo a dedo, extremo a extremo. Mi boca se aferró a la tuya, silenciosa, sin pedir permiso. Sin dificultad encajamos, fluimos naturales, cotidianos, extraordinarios.

Paladeamos el regocijo de poder poseernos. Todo estaba escrito, ya dicho, sobraban las palabras, todo era simple y el paso anterior hilaba al siguiente de manera pura, instintiva. No había truco, no había lugar para la magia, ahí estaba el origen de ella, el comienzo de todo sentir. Era espontáneo y real. Eran besos de vehemencia acompañados del ardor y el frenesí de dos cuerpos que florecen. Diseñados a la par, llenos de asombro. Simetría individual que nos atrapa en el delirio más venturoso.

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El instinto excitaba nuestros cuerpos que, conscientes y alertas, se embestían. En una batalla de pasión y sutileza. En un arrebato total dos bestias, dos ángeles, dos almas que se devoran en besos dejándose sin aliento, que se absorben por completo, que se abandonan en la lujuria y el amor más limpio. Sin perder la cadencia ni el ritmo. Nuestras manos nos llenaron de caricias, nos tanteamos con los dedos… con todo lo que teníamos: con ansias, afán, anhelo, porque era el momento. La cólera nos poseía. El antojo nos movía. El deseo del espíritu correcto, del cuerpo preciso.

Era una codicia penetrante, una furia sin control, una ambición infinita por conceder y tomar, por descubrirnos y vivirnos. Llenos de furor nos miramos, nos hablamos en silencio para aprendernos y adivinarnos con el único fin de complacernos. La satisfacción del otro lleva el dulce sabor de la victoria a manos limpias. Tendidos en medio del acto más crudo que existe, más delicioso que complace el hambre de dos cuerpos, que plenos se hallan, que colmados de amor y voracidad se encuentran, y se entregan.

Sentí tu boca circular, mi piel ansiosa bajaba por mi vientre, mientras me fundía en un estremecer de vértebras, de células. Sin aire, sin ideas, sin palabra alguna. Porque la mente en blanco acompañaba la mirada nublada, las piernas temblorosas. Mi humedad creció al sentirte besar mi centro. Una sensación exquisita, tan única, natural e instintiva, pero por ese momento divino, místico y a la vez tan humano.

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Nuestro olfato impetuoso se unió y recorrió nuestros aromas desconocidos y nuevos; placentero instante que la naturaleza nos regala. No hay palabras. Sólo impulsos que nacen de la esencia nuestra. Actúan al compás de las corazonadas que el calor y las ganas nos dictan. Mi piel reconoce tu lengua, tu beso, tu toque. Abriga el encuentro, intuición nata, que se ajusta con la piel que nos enciende y el espíritu que nos habita. Ya era tuya desde antes, pero ahora “más que nunca” o “más que siempre”, pero ahora no puedo pensar…

Me adhiero a tu cuerpo, cada poro mío quiere vivirte. Te abrazo y con toda la furia que contengo, te miro y quiero decirte que mi cuerpo terminará lo que tu boca ha empezado, sin poder formular palabras, sé que me entiendes y me sonríes, sutil.

Con rudeza voy sobre ti y con un fulminante movimiento te tengo dentro. Mi piel arropa tu sexo y me balanceo sobre él presurosa. Muerdo tu boca, tomo tu cuerpo con frenesí, desesperada. Sabiéndote mío desde siempre y entregándome sabiéndome tuya, desde la raíz. Avanzamos a la lucha, en momentos mis deseos se remontaban y en un santiamén los tuyos me someten; sin rendirnos los dos, en pie, perpetuábamos este palpitar.

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Ansiosa, ávida, incitada, provocándote, impaciente, resignada, tan sólo con la idea de saber que esto es perfecto. Nuestras bocas se encuentran y se besan, como si nuestros labios fueran un alimento vital, con el que combatimos para sobrevivir. Entre besos furtivos, caricias desmandadas y mis caderas sobre ti, vamos juntos y llegamos al vértice prodigioso, a la cumbre de esta danza. Nos tiramos al vacío con la complacencia de saber que flotamos en una gloriosa y celestial contienda.

En la culminación más sublime, enaltecidos, rebosados de gozo, detonamos juntos en el éxtasis máximo, más soberbio que existe. Nos hemos dado uno al otro, plenamente hasta el último aliento, hasta la última gota de nuestra naturaleza. Esto es el cielo y el infierno armonizando, es el deleite y el fervor. No hay más lucha. Victoriosos nos sonreímos y tenemos tregua hasta la próxima vez.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Maud Chalard.

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