Pasiones oscuras

Pasiones oscuras

Por: Andres -

cuentos eróticos
Le había visto pasearse por los pasillos de la universidad: vestía de negro, llevaba una camiseta de alguna banda de rock cuyo nombre no recuerdo, traía un gorro en la cabeza, de esos que se utilizan en cualquier día de frío infernal. Portaba unos lentes que le daban un aire de intelectual disperso en la nada. Un coñazo de pies a cabeza. Era el imbécil de la manada. Nadie se hubiera fijado en él pero a mí, en particular, me gusta probar; me intrigan y atrapan los " freaks"; además, me recordaba a Sid, de Skins,  personaje que enloquece y humedece mis variados pensamientos. No es por dármela de inteligente pero la verdad es que soy muy hábil para envolver a los hombres. En mi haber poseo experiencias variopintas con hombres de todas edades, tallas, posición social, ubicación, estilo. No discrimino por edad o raza, agarro parejo, lo mismo al cuarentón que al veinteañero. Basta que me enciendan. Yo me encargo del resto. Mi sagacidad se agudiza con el paso del tiempo. Para que te des una idea de mi "maña", he saltado del hermano menor al mayor, pasando por el primo, en un lapso casi simultáneo… dejándolos fascinados. ¡Soy todo un espectáculo! He dejado de confesar mis amoríos con las amigas. Temo que me fulminen con la peor de las miradas. Me defino como una apasionada de la acción. Así las cosas, me sumergí en facebook a investigar a fondo al imbécil deseado. El gran espía de este siglo me ofreció lo necesario. Sin que te percates de su alcance, tus datos se exhiben a la luz pública a toda hora y en todos los confines del mundo. Estamos a un clic de ser descubiertos por cualquiera.

Gracias a mi búsqueda logré saber sus gustos, capacidades, placeres, miedos. Absorbí lo necesario para desplegar mi arte.

Una vez conectados, y ya lanzado un toque a su atención, cayó redondo, dócil y sumiso a mis brazos. Intentó cortejarme con algunas charlas insípidas. Me dejé llevar por el impulso para ver qué sucedía. Poco después de haber compartido un par de citas, me aburrí y lo deseché sin remordimiento. Para quitarme el mal sabor de boca me agencié otro novel muchacho, también de la facultad. Nada especial; de hecho, intuía que me odiaba. Eso me tenía sin cuidado. Pasaron algunos días. Deje al novel por otro tipo que me produjo una nueva intriga. Entre brinco y salto provoqué en el "freak" un odio natural. Me dedicó un día sí y otro también los tuits más lindos y emotivos que te podrás imaginar. Verlo sufrir me incitó un afán extraño. Es el espectador idóneo. Es mi fan número uno. Aplaude y celebra desde un simple respiro que jalo, hasta un pedo silencioso que exhalo. No exagero, es el perro faldero más intrigante que he encontrado. A veces reflexiono y concluyo que su presencia y atención me son ya imprescindibles. No quiere cambiarme ni un centímetro. Soy, en su mundo, la viva perfección.

Así llegamos al Invierno después de una larga Primavera. Entre deseo e indiferencia agarré otro chico que pertenece a la misma camada de mi perrito sumiso. Para no variar, este espécimen también usaba lentes, sólo que tenía pinta de vividor. Me ofreció un acostón, mismo al que accedí pero que por razones ajenas a ambos no se culminó. El cachondeo siguió por el "face" sin pena, me decía que hasta por las orejas me iba a poseer. Yo le secundaba ofreciéndole propuestas nada pudorosas. Estábamos a nuestras anchas dándole rienda suelta a la imaginación. No dudo ni tantito que se la cascaba a la par que tecleaba sus fantasías.

Yo hacía lo propio, sin duda, con un par de dedos dentro de mí. Le traía ganas porque era un cabrón y a mí me gusta el dolor.

Para no descarrilar mi racha, al cabo de un mes observé que uno más de la camada me movía la cola en aras de agradarme. De nuevo me dejé llevar. Con este chico me derrumbé al filo de la muralla en caída libre. Los papeles se invirtieron. Quedaba perpleja tan sólo de verle. Le esperaba una, dos, tres horas hasta que el me dedicaba algunos momentos. Eso me enloquecía. Es la indiferencia lo que inquieta e intriga en gran medida. Al menos en mí, producía una peculiar excitación. Yo ya era la estrella de aquella camada, se encelaban todos al verme con este cabronazo. El caliente del "face" me perseguía sin tregua. Se ponía alebrestado si percibía testosterona en el aire. ¡Machos! Todos son iguales. El instinto los gobierna. A mí también me habían dominado por completo, el instinto y esta obsesión por poseer el tributo total del espécimen masculino. Con este último, el que me aventó al precipicio de la desgracia, viví todo tipo de arrebatos. Me confesaba que me amaba por la mañana, acto seguido, retiraba todo tipo de atención al caer la noche.

Prometía follarme sin respeto, pero sólo era pura llamarada de petate. No culminaba la estocada; además, no poseía automóvil o vehículo alguno que arropara mis ganas de darme con todo y sin límite, eso me desanimaba bastante. Me recetaba, en suma, la misma medicina que yo suministraba a mi perrito "freaky".

La vida es un pasaje compuesto de coincidencia, miedo, esperanza, riesgo, carencia, audacia ,valentía , osadía , cinismo y muchos caprichos. Uno elige el boleto y su respectivo destino. Llegó el Otoño sin avisar. El tedio se apoderó de las sensaciones. Seguí campante en mis convicciones. Un día amanecí con la ansia firme de arrojarme a la obsesión de mi seguidor ferviente. Analizando en perspectiva, él había sido fiel a mi esencia, a pesar de las groserías expuestas que le propiné.

Sin muchos objetivos a la vista, me dispuse a encontrarme de nuevo ante su carencia. Le propuse -como no queriendo - una serie de "beneficios" a cambio de un "outfit" de lencería. Al ver su mirada di por hecho que no se esforzaría por complacerme. Le subestimé por completo.

Allí estaba yo en el baño de su casa escuchando mi corazón al borde del colapso probándome el modelito que me había comprado "mi perrito". Me daba una tenue vergüenza presentarme así ante sus gafas. Sin sostén, con una braga diminuta que no dejaba mucho a la imaginación; me observé en el espejo, jalé aire y me le aparecí en la habitación.

Él estaba recostado con su habitual cara contemplando la escena.

-¡Nada va a pasar, ah!- Comenté entre risas.

Él asentía con su cabeza, dócil.

Le despojé de sus prendas y me maravillé de inmediato. ¡Me agradó lo que vi! Cuerpo aceptable y un gran pedazo de carne. Eso motivó y humedeció mi deseo. Me le monté sin contemplación. Él, estático y medio virgen, no atinaba a guiarme. Le metí un par de dedos entre mis labios sin dejar de rozar mi clítoris para que sintiera el fuego que ya corría desde la cabeza pasando por las entrañas. Le susurré cosas sugestivas al oído. Él seguía mecanizando la acción. Le ordené que sacara condones, ¡la cosa apremiaba! Mi sorpresa mayúscula brotó al ver que no tenía ningún plan de penetrarme.

-Creí que no pasaría nada y no compré preservativos- respondió el incrédulo muchacho.

¡Un coñazo de cabo a rabo!, pero ya me simpatizaba. Yo ardía, así que olvidé el protocolo y cabalgue a pelo sin preservar pudor alguno.

¡Me desmonte hasta que ya no pude más! Jadeamos de cansancio y placer. Me confesó que nunca le habían hecho un buen oral.

Eso erizó mi pasión y me abalance a su virilidad desnuda, pues en mi espectáculo total, el sexo oral es la especialidad de la casa, ¡soy simplemente única!

Me excité una vez más al succionarle, al saborear sus líquidos mezclados con mi saliva. Los dedos de mi mano izquierda jugueteaban con mis labios hinchados y rojizos de tanto meneo, mientras el clítoris izaba sus terminaciones nerviosas con exquisita singularidad. Fuimos maestra y alumno en un instante sublime. Al cabo de un tiempo le tomé cariño. Me acostumbré a ese perrito dócil, inocente y sincero. Me regocijo cada que veo las caras de los cachorros celosos. Temo por mis indiscreciones. He caído en cuenta que ya no me importa saltar de un macho a otro para probar, degustar, marcar el ritmo. Me impulsa la sensación de lo nuevo, el saber que soy una cazadora que calcula , mide, suelta , arrebata y calla. En mi haber conservo una colección de amores. A veces temo de mí. Otras más celebro mis actos. Pero éste, el coñazo, el perrito que me sigue, que huele mis aromas, celebra los desplantes, tolera el cinismo y demás linduras humanas que practico, ha ido ganando terreno en este corazón sombrío y enigmático que poseo. Por pertenecer a cualquier camada y satisfacer mi instinto traiciono, corrompo, deduzco y ejecuto. En nombre del deseo cometo un sinfín de fechorías. Si los monstruos son humanos, yo soy la bestia que guía las pasiones más oscuras.


La fotografías que acompaña este texto pertenece a Alan Yee

Referencias: