Obras de arte para olvidar un asesinato

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Obras de arte para olvidar un asesinato
Obras de arte para olvidar un asesinato

La figura del genio en el arte siempre ha estado plagada de mitos y suposiciones que hacen de su portador, de su sujeto habitable, un ente que busca subrayar, transformar y catapultar al arte; la mayor de las veces sin siquiera notarlo. La modernidad ha definido, a partir de Kant, como genio al artista; aunque la historia nos ha dado atisbos de este personaje desde antes, ninguno con tan surtido efecto en el habla total. Así, la genialidad es el atributo principal a partir de entonces en el creador a voluntad, mismo que ha atravesado otras fantasías como la bondad, la sensibilidad, el buen juicio y el sosiego.

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No obstante, ese imaginario puede fácilmente derrumbarse. La violencia y el desastre no escapan de dichos seres, al igual que de otros; la presencia del crimen, el odio y lo delictivo no está exonerada de su condición humana. Para muestra, el caso de Siqueiros, de quien ha sido y es considerado usualmente como criatura divina, incorruptible y llena de virtud por el sólo hecho de haber gestado al muralismo mexicano. Una vaca sagrada de que pocos recuerdan su lado más oscuro.

En la madrugada del 24 de mayo de 1940, veinte hombres alcoholizados irrumpieron violentamente en una casa de la calle Viena, en Coyoacán, México; vestían uniformes de policía y del Ejército Mexicano, sin ser precisamente agentes. Su misión, asesinar a León Trotsky, fundador del Ejército Rojo y opositor ideológico de José Stalin; el escándalo llegaría con la revelación de los supuestos agresores. Entre aquellos potenciales homicidas estuvo el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, mejor conocido como “Kon” o “Caballo de ajedrez” en el espionaje soviético, quien falló en su propósito de ser asesino gracias a los imprevistos del atentado.

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En sus memorias el pintor asegura que su participación se limitó a «inmovilizar a la defensa exterior de la casa de Trotsky, constituida por 35 policías mexicanos armados de máuseres y que cumplí adecuadamente con ese objetivo». Asimismo, afirma, en un son de exculpación, que el grupo buscaba apoderarse de toda la documentación posible, con el fin de revocar el asilo de Trotsky en México, pero «evitando hasta lo máximo cualquier derramamiento de sangre», renunciando a cualquier posibilidad de matar o herir a nadie.

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¿Cómo podía ser Siqueiros, el gran maestro muralista de la Nación, un asesino cegado por sus interés partidistas? ¿Era uno de los agentes del arte mexicano también un actor de la violencia política?

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Situándonos en contexto histórico, tanto Siqueiros como Diego Rivera fueron fundadores y activos dirigentes del Partido Comunista; visitaron recurrentemente Moscú y participaron en reuniones de la Tercera Internacional. La disyuntiva vino después, cuando tras la victoria de Stalin, Siqueiros se alineó firmemente con éste y Rivera, por el contrario, se vinculó a sus opositores. Siqueiros conocía personalmente a Stalin y su adhesión al movimiento y el ambiente de persecución calumniosa contra Trotsky lo llevaron a encabezar un grupo de asalto, coordinado entre el Partido Comunista Mexicano y la policía secreta de Moscú para matar al refugiado por Rivera y Cárdenas.

Fallando en su propósito, después de Siqueiros vino Ramón Mercader; autor consumado y absoluto del asesinato. Al final de sus días, Mercader le confesó a su hermano Luis que «si antes de ir a México hubiese leído los libros de Trotsky que leí en la cárcel, creo que no lo hubiese matado […]». David Alfaro Siqueiros, en cambio, jamás se arrepintió de su actuar, mismo que calificó como «uno de los mayores honores» en su vida.

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Arte, ideología, creación, compromiso social, acción política e intereses personales; todo eso se conjuga en el quehacer estético, en la producción artística. Queramos o no. La figura sacralizada que se perfila junto a la del genio en el artista es el tótem a destruir por medio de este ejemplo; construcción y destrucción son dos rostros de un mismo impulso que bien podemos rastrear en los casos de Caravaggio, Tommassoni, Althusser o Norman Mailer. El muralismo de Siqueiros, su relevancia en la cultura mexicana, su participación en aquello que bien puede ser la única vanguardia nacional en el escenario artístico de los 20; la importancia que tiene su trabajo en el esquema mundial, toda su firma en concreto, ha borrado sus equivocaciones humanas. Y no está mal, sólo no hay que escandalizarnos cuando sepamos que ellos no fueron tan divinos como los creíamos.

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