Para comenzar a definir la fotografía sería necesario aclarar desde el inicio que ésta, como casi cualquier otra expresión artística, es poco más que una mentira. A pesar de que los propios autores se empeñen en decir que sus trabajos no son otra cosa más que el reflejo de una realidad, lo cierto es que una imagen, no importando el formato, es una ilusión creada por el ojo humano en conjunción con las áreas más sensibles del cerebro. Por esta razón resulta imperioso dejar de lado la antigua idea de que la foto es una de las únicas formas que tenemos para retratar la historia, pues casi de manera inevitable será la misma historia quien se encargará de dotar de significado a estas imágenes, mismas que, la mayoría de las veces, no corresponden del todo al verdadero contexto en que éstas fueron tomadas.

Tomando esta reflexión como punto de partida, artistas como Achim Sachs aseguran que en el terreno de la fotografía es necesaria la separación de los conceptos fotografía y escena. Dos conceptos que están estrechamente relacionados, pero que el uno no tiene por qué definir al otro ni viceversa. Simplemente pueden entenderse como conceptos diferentes en los que, si bien hay una evidente evocación hacia lo visual, el discurso que define a cada una puede diferir en numerosos puntos; el principal de ello es el fotograma, mismo que más que de una cámara, necesita de los químicos para poder lograrse, en ese sentido, poner la mano sobre un papel fotosensible expuesto a la luz del Sol es en estricto sentido una fotografía.

Nombres como Nacho López figuran con letras doradas en la lista de artistas que se han despojado del cordón umbilical que une a los fotógrafos y las cámaras de una manera, ahora sí, poco natural. Su creatividad llevada al experimento es la posibilidad de obtener por medio de químicos, sobreposición de negativos y ejercicios de exposición que, a pesar de no haber pasado por el proceso que supone el movimiento del obturador, da origen a una nueva forma de fotografía que no retrata la realidad sino un espectro de la misma.


Gracias a la “vasedactigrafía”, esa fantasía pictórica queda plasmada en el papel con apenas una capa de vaselina. Prescindir de la cámara para la obra de López es posible debido a que ésta técnica, al igual que el ejercicio de la mano impresa con luz solar de Sachs, plasma una de las muchas posibilidades que tiene un cuerpo de ser interpretado. El resultado que, sin dejar en ningún momento la etiqueta de fotografía, puede ser visto como sombra, reflejo o espectro de una persona que se muestra como esa liberación del obturador para poder crear abstracciones de su propia figura, abstracciones que hablan de un contexto más profundo del que se puede plasmar en una escena directamente vinculada al disparo de una cámara.


Dentro del mismo concepto de la experimentación fotográfica, el collage y el retoque se presentan como esos juegos de superposición de imágenes en donde el discurso de emancipación de la cámara como un statement artístico que atiende principalmente a la idea de la innovación constante necesaria en cualquier terreno artístico. Aquí se junta de nuevo los conceptos de fotografía y escena, sólo que en este caso las imágenes suponen una situación completamente nueva, surgida de la combinación de dos escenas que, si bien son ajenas entre sí, se funden en un sólo cuadro para hablar de un contexto específico: aquél en el que la mentira del arte pasa a ser una realidad caprichosa surgida dentro de la mente de un artista.


Siguiendo la línea de la emancipación de la cámara y la innovación fotográfica, el trabajo de Nacho López se presenta ante sus espectadores como una especie de archivo-manifiesto que si bien no es el primero en explorar estos terrenos, sí es uno de los puntos de partida —o al menos debería de serlo— para que los nuevos fotógrafos consideren ir más allá de los filtros y los enfoques tradicionales, todo con el fin de nutrir aún más la fotografía como modo de expresión artística.
