Pensar en la inmigración es llevar a la mente un montón de personas desesperadas por una nueva vida, una que permita que tanto que ellos como sus familias tengan la suerte de no seguir sufriendo en un mundo que ha sido injusto con ellos desde el principio. Inevitablemente, también es darnos cuenta de que toda promesa de prosperidad es, la mayoría de las veces, una ilusión pasajera, creada en una realidad en la que los sueños son lo único valioso que tiene la gente mientras recorre un oscuro camino hacia lo desconocido.

Ese derrumbe de sueños e ideales está ligado siempre a un sistema opresor, guiado por un discurso de despotismo y deshumanización sin precedentes. A sus líderes no les basta sólo con aislar a los inmigrantes, humillarlos o negarles todo acceso a sus propios ideales, sino que incluso los obligan, si es que éstos logran obtener algún trabajo, a despojarse de cualquier rasgo de identidad que les identifique como seres individuales capaces de pensar por sí mismos.


De esta manera, la población latina de Estados Unidos puede ser identificada como “José” o “María”, pues cualquier otro nombre podría ser considerado una amenaza para la imagen del latino en un país que justo ahora atraviesa por una de las etapas más absurdas de su gobierno: el periodo Trump. A los estadounidenses no les bastó con la persecución de indígenas y negros que hace algunos años aún eran una amenaza vigente; ahora cualquier persona que provenga de la zona sur del continente es perseguida, acusada y encarcelada por haber cometido el horroroso crimen de soñar.


Las políticas implantadas por el desafortunado juicio del magnate amenazan no sólo con la estabilidad económica de quienes huyeron de su país para perseguir un mejor futuro, lo más alarmante es que atentaron directamente contra un modo de vida bien establecido, llenándolo de miedo e incertidumbre como hacía mucho tiempo no se sentía en las comunidades de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Ante esto sólo nos queda preguntarnos si es que el presidente no siente alguna especie de remordimiento por sus acciones o, mejor aún, cómo es que el mismo Donald Trump trataría de librarse si es que estuviera en esta situación.


A través de su serie fotográfica “A Trump”, la fotógrafa Verónica Gabriela Cardenas nos ofrece esa visión que muchos desearían invadiera la mente del mandatario justo antes de firmar cualquier enmienda que afiance más su odio hacia quienes asegura son delincuentes y drogadictos que amenazan con la seguridad de la nación más poderosa del mundo. Mediante una máscara que destaca los desagradables y toscos gestos del político, los inmigrantes pierden de nuevo su identidad, pero esta vez dejan de ser Josés o Marías para convertirse en “Donalds” que saltan muros, recogen basura, cocinan y cosechan bajo el Sol.


Trabajos como el de Cardenas se vuelven necesarios cuando el discurso que alude al pasado inmigrante de la familia Trump en Estados Unidos se vuelve un conjunto de palabras gastadas y hasta cierto punto ridículas. El amor al dólar ha hecho que este hombre se olvide incluso de su propio pasado. Su rostro, cuerpo y expresiones no son otra cosa más que la exageración del cumplimiento de ese sueño americano, por ello es necesario crear una nueva propuesta que lo sitúe a él como el único objetivo, pues si una cosa es cierta, los Trump que sufrieron la inmigración están ahora muertos y de nada serviría hacerlos escarmentar.

Las tomas al mismo tiempo representan ese mundo idílico en el que “los güeros” son ahora quienes tienen que sufrir lo que alguna vez pasaron los latinoamericanos al intentar tener una vida digna. Más que una venganza gráfica, cada fotografía es “un triunfo” de la gente latina que es ahora quien emplea a los Trump para realizar esas tareas que nadie quiere hacer y que son necesarias para asegurar la soberanía de una gran nación. Si algo nos ha enseñado la historia de la humanidad es que no se puede prosperar sin depender en cualquier momento de actividades tan básicas como la agricultura, construcción e higiene.


Cada fotografía de esta colección invita a un empoderamiento latino que muestra a los espectadores cómo es que países tan grandes como Estados Unidos dependen de los inmigrantes para seguir alcanzando sus metas capitalistas. Cardenas a la vez lanza un fuerte grito que contrarresta las palabras del presidente diciendo, sus imágenes mediante, “¡No estamos enviando a nuestras mejores personas, ustedes nos las están quitando!”.
