La política está cambiando. Los modos de hacer política, al menos, están sufriendo transformaciones que jamás hubiesen sido imaginadas. Hace casi medio siglo atrás el Mayo Francés daba una advertencia al mundo. Y ésta, hoy, está más que implantada. El siglo XXI parece imposible de detenerlo. Como si de una tostadora se empezaran a catapultar platos exóticos y novedosos, grafiteros de estilo, movimientos indignados, manifestaciones de los más diversos colores se multiplican por doquier en las redes sociales y las calles. A la par de que somos testigos de una monopolización brutal de la producción de cultura, vivenciamos también otro tipo de mecanismos, engranajes que se dispersan y van, poco a poco, generando sus propios lenguajes. Dentro de este panorama, Yegua y Groncha es un caso excepcional. Con sólo dar un vistazo a sus producciones sabemos que estamos frente a algo nuevo. No es la Cicciolina mostrando sus pieles secretas para juntar un voto. Tampoco una mandamás forrada en Versace. En un mundo en el que las mujeres se están transformando en las líderes del futuro, Yegua y Groncha marca su estilo. Único y rapaz.
¿Qué significa ser groncha en la Argentina? Es la pregunta que el equipo de la Yegua parece querer responder en cada imagen. Y es que ser groncha en esta punta de América significa vivir en una casilla improvisada, tomar mal vino, entregarse al descontrol improvisado de las bailantas. Ser groncho es, a fin de cuentas, tener bien implantado lo que algunos llaman, para economizar vocabulario, mal gusto, y lo que para otros no es otra cosa más que el reflejo de las carencias y virtudes de las clases populares. Desde que el nuevo siglo inauguró gobiernos en que lo popular no puede estar por fuera de las agendas públicas, los símbolos de la gronchitud se están convirtiendo en banderas artísticas y de militancia. Ya no hay un único modo de enfrentar la vida. Ya no hay una línea recta y educada por la cual encaminarse. Ser groncho en Argentina se está convirtiendo en una marca registrada. Una que gana terreno y derrumba ideales.

Si de novedades se trata, el equipo de Y&G hace transpirar el 2.0 con los rituales de la desnudez. Diego Maradona, Hugo Chávez o Cristina Fernández de Kirchner son algunos de los personajes que se mezclan con el absurdo y hasta lo políticamente incorrecto. Como las cientos de militantes feministas que en todo el mundo encuentran manifestación extirpando de sus cuerpos el estigma asfixiante de los corpiños, la Yegua aparece y reaparece semana a semana, día a día, como una Eva recién venida al mundo. Pero como una Eva que, más que salir de la costilla de un Adán cualquiera, parece haber salido de un costillar enorme en medio de un empantanado barrio de provincia.
Aquí, como en todo, hay un cuerpo que se construye e interpela a los mirones. Un cuerpo que genera opinión. Un cuerpo que, después de todo, no es el envase vacío que propone el mercado. Uno que debe rellenarse con los discursos de moda, con una estética de importación, con un nutricionismo propio de las matemáticas y los delirios de la costura. Aquí hay un cuerpo que se expresa. Un cuerpo que logra, en el mejor de sus momentos, volverse hermoso y fugaz. Un cuerpo que grita. Un cuerpo que habla. Un cuerpo que, sin lugar a dudas, se expresa a su manera.
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Los segundos planos, como en el cine – manifiesta el equipo de Y&G- están allí para eso. Para adueñarse de lo impronunciable en un primer plano. Y así es que la cosa está clara: en los límites de lo groncho, ya no hay paradigma posible. La gronchitud es un fenómeno que avanza en la Argentina a pasos agigantados. Un fenómeno que, al igual que el Mayo Francés, parece que no va a detenerse, y que, evidentemente, va a dejar secuelas imborrables.
