Cuando el Cielo se mudó a mi cuarto

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por noviembre 3, 2014
Cuando el cielo se mudó a mi cuarto
Cuando el Cielo se mudó a mi cuarto

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 Danzando acuarelas sobre el tercer muro que bajo mi techo se erguía, conseguí eliminar las ansias y la melancolía. Sin embargo no logré suprimir el lamento solitario que de mis canciones se oía. Así fue como ese inocente día el golpeteo de su mano en la puerta latía. –Adelante- balbuceé con un pincel entre los dientes que de verde mis mejillas teñía. Sin dejar de darle la espalda al pórtico, escuché la voz de quien yo menos quería, pues su dios lo había expulsado de allá arriba y ningún otro amigo tenía. Que se quedase, mala idea no sería y después de pensarlo un rato, yo tampoco lo creía. Pues el cielo se mudó a mi cuarto, donde sólo yo y mis cuatro paredes lo veían.

Poco a poco se nos fue fugando el mediodía, con majestuosos vientos y soles de alegría, con nubes de papeles y fotografías, con sueños de esperanza y policromía. Porque el cielo se mudó a mi cuarto aunque yo no lo pedía; y pudimos volar sobre el colchón de mi anterior poesía. Él me hizo compañía mientras le cantaba aquella gélida melodía y es que el cielo se mudó a mi cuarto y en su amor me consumía.

Entre juegos y caricias la plenitud de la tarde se sentía, sólo por el simple hecho de que al cielo en mi cuarto tenía y entre esas cuatro paredes ningún mal existía, porque el cielo en mi cuarto esa tarde vivía. En la claraboya todo estaba a oscuras, pero en mi habitación el cielo apenas atardecía. No imaginé que un espectáculo de naranjas y magentas me regalaría, pero ahí estaba ese brillo que refulgía y aunque tal vez ciego quedaría, dejar de mirarlo no lo haría.

Se abrió paso al anochecer y un plenilunio estrellado mis ojos derretía. Ni tan hermoso, ni tan perfecto, pero ya amor hacia el cielo sentía. Con una taza de chocolate que hervía y unos cuantos cigarrillos conseguía que el cielo con su cabello a mi desnudo pecho tocara, se unían. Le agradó la idea mientras una copa de vino le servía y sin preguntarme por qué lo hacía, el cielo a golpes bebía. Tazas de chocolate, colillas y copas de vino vacías sobre la alfombra se esparcían, mientras la mirada del cielo se entristecía.

Con consuelo en mi cama lo tendía y llorando en silencio, se dormía. Yo sentado a su lado lo veía, porque el cielo se mudó a mi cuarto y me quedé dormido mientras llovía. Así fue como a las horas percibía el aleteo de mis peces alrededor de mi camisa. Pues el cielo se mudó a mi cuarto y no imaginaría verlo en un rincón temblando, ni que lloraría tanto por la soledad que sentía. Y aunque mil veces le repetí que estaba consigo, no me creía; le prometí que por siempre le amaría y fue cuando lloró con más energía, pues el cielo se mudó a mi cuarto y el agua subía y subía. Me desesperé viendo cómo las paredes se acabarían y aferrándome a las luces del techo creí que sobreviviría, mientras en su llanto un milímetro más me hundiría.

El cielo se mudó a mi cuarto y su sol ya amanecía. Mas no pude verlo, pues mi frío cuerpo sobre la mojada alfombra yacía. Y a mis muros se le cayó la acuarela que tenía, anoche, cuando el cielo se mudó a mi cuarto y yo entre su llanto, moría…

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