Cuando dos cuerpos se unen atraídos por el deseo, no hay nada que los separe:
Texto escrito por María Fernanda Rodríguez
Tomó mi mano y me llevó. El vestido rojo que traía puesto iluminaba el pasillo por donde caminamos. Su silueta bailaba al compás del eco de sus tacones. Se detuvo y me miró por dos segundos. Sonrió. Quiso decirme algo pero no lo dijo, sabía que estaba nerviosa, y yo también; sin saberlo, mis manos estaban sudando. La habitación era negra. Escuchaba la lluvia golpear la ventana, sonaba suave y me murmuraba que me quitara esa corbata que llevaba puesta. Diana estaba quieta pero me miraba desde el espejo, yo me hacía como que la ignoraba mientras seguía el consejo de la lluvia. Sus ojos me examinaban detenidamente, sus dos pupilas brillaban mientras me miraban.
Me di la vuelta y ella delicadamente quitó su mirada, se miró para sí y empezó a soltarse el cabello de forma lenta, ese castaño largo que le llegaba hasta la cintura. Sonrió y me miró a través del espejo, esta vez me mordía con la mirada, podía sentir cada pellizco en mi cuerpo. El pantalón me apretaba y sentía calor. La lluvia empezó a golpear más fuerte la ventana. Dio cuatro pasos hacia mí y se quedó de pie observándome, podía verme en sus pupilas, un hombre sediento de esa mujer. Tocó mi pecho y empezó a desabotonarme la camisa sin quitar su mirada de la mía. Mi piel temblaba al sentir sus dedos quitar cada uno de los botones. Se acercó más y sus labios despacio mordieron los míos… podía sentir cómo cada espacio de mi cuerpo se despertaba.

Tomé sus dos brazos y la detuve. La besé. La volví a besar. Con fuerza. Me senté en la cama y tomé su pierna, la acaricié suave mientras subía a sus muslos y la miraba directamente a los ojos. Ella volvió a sonreír pero esta vez sentía que quería morir. Me quedé acariciando su muslo y luego lo agarré fuerte; con la mano izquierda cogí su nalga y la empujé fuerte contra mí. Gimió. Gimió suave y con la mano derecha empecé a jugar con su entrepierna. Era delicioso ver a Diana en silencio mirándome mientras yo la tocaba aún con ese vestido rojo puesto. Levantó su pierna derecha y la puso sobre la cama; pude jugar más: la sentía mojada. Tomé el borde del vestido y se lo quité lentamente. Dejé al descubierto sus pechos y sus pezones me miraban, me gritaban que los lamiera.
Me levanté y la agarré toda, la puse sobre la cama y la miré. Me acerqué a su boca y respiré suave; le pasé mi lengua por sus labios mientras le susurraba que hoy iba a hacerla gritar. Ella se arqueó un poco cuando sintió que mis dedos se revolcaban suave en su entre pierna. Gimió otra vez. Me levanté, y mientras nos seguíamos mirando me desnudé. Ella se revolcó en la cama y me miró con lujuria. Vi su mano acariciarse mientras se mordía el labio rojo intenso. Volví a la cama y tomé sus piernas con fuerza, las separé y me acerqué de nuevo a su rostro; cuando mi frente quedó pegada a la de ella mi miembro entró sin compasión. Escuché cómo gemía en voz baja pegadita a mi oreja. Me tembló el mundo. Salí y volví a entrar. La lluvia empezó a volverse una con nosotros. Entré más y ella gimió más fuerte. Me tomó el cuello y apretó para que no me detuviera. Gimió. Empecé a jugar con el ritmo de la lluvia mientras la penetraba y le susurraba que quería sentirla así: mojada. Tomó mis nalgas con sus manos y me empezó a guiar dentro de su cuerpo.

Me movía despacio y luego aumentaba el ritmo. Gimió de nuevo. Agarró mi cintura con sus piernas y me dejó debajo de ella. Su cara estaba colorada y sus pezones seguían mirándome. Le tomé los senos fuerte y apreté sus pezones. Ella empezó a moverse rápido, se tomaba el pelo que le tapaba el rostro. Me senté y empecé a besar sus pezones despacio mientras ella aumentaba el ritmo. Gemía en mi oído, gemía fuerte, gritaba. Sus nalgas temblaban con mis manos. Mi cuerpo se estremecía de sólo escuchar cómo me pedía más.
Las ventanas sonaban cada vez más fuerte. La lluvia quería sonar fuerte y los truenos querían sonar igual de intensos a los gemidos de Diana. Me volvía loco mirarla, escucharla, morder y besar esos pezones. La agarré más duro y le impedí seguir gritando y le tapé la boca. Gimió. Gemí. Sus pezones seguían mirándome y mi boca seguía ahí, preparada para devorarlos.
El vestido rojo permaneció en el suelo y la lluvia siguió devorándonos a los dos.

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