En ocasiones no basta expresarse con un lenguaje gramatical sujeto a ciertas normas que determinen un significado objetivo a aquellas cuestiones que nos rodean. Se ha creado un idioma solemne, misterioso y transgresor de los parámetros convencionales. Este tipo de expresión emerge desde lo más profundo del ser, enuncia de manera sensible y mágica la representación de la realidad, forma una metamorfosis para dar cabida a la plena subjetividad.
Para algunos, hacer poesía es significado de banalidad y pérdida de tiempo en este mundo amorfo y precario. “De nada sirve la poesía”, se dicen incontables veces. En tono de queja, Peralta señala: “La poesía —la palabra del poeta— ha sido menospreciada en este siglo. Pero no ha muerto. Dicen que cada 50 años nace un poeta —poeta mayor, con ideas— en cualquier país. Poetas que defienden la poesía, porque los versos son inseparables de la defensa de la libertad. Sí: la poesía no se lee en los estadios. Pero no agoniza. En medio de la turbulencia del fin de siglo, algo queda: un puñado de hombres que describen el mundo con versos y prosa poética”. La poesía ha subsistido en un mundo cada vez más vacío y con una tecnología dominante, su única función es la purificación, sin cadenas ni normas que la aten a ciertos estereotipos, es libre desde el momento en que se piensa, se escribe y sale a la luz.

Escribir poesía es la necesidad de un desahogue emocional, de rebeldía, de reflexión, despertar de un letargo ensordecedor; la experiencia reflejada en un conjunto de letras entrelazadas, alivio que renace desde las entrañas para revitalizar el espíritu. Por otro lado, el periodista Braulio Peralta, en el prólogo de una larga y última entrevista a Octavio Paz, sentencia lo siguiente: “Heraldos de sí mismos, los poetas viven un mundo aparte: mensajeros del destino, en los tiempos modernos, pocos, muy pocos los escuchan, los leen y atienden. Vivimos con los ojos abiertos pero ciegos ante las premoniciones que nos anuncian. ¿De qué sirve pensar y sentir si todo ello no ayuda a vivir más y mejor? El ser y la nada nos arrojan al vértigo de la ignorancia. ¿Tendrá el poeta que gritar sus versos por teléfono, enviarlos por fax, a través de Internet, o leerlos por televisión? Hasta eso, en los tiempos actuales, le está vedado; nadie quiere oír verdades a fin de siglo”. A pesar de todo esto, hacer poesía seguirá siendo un recurso inacabable, ya que la palabra se inmortaliza, deja huella en cada goce y desvarío; quema la garganta para exponerse desnuda cuerpo y alma, aletea en las entrañas como ave proclamando su alimento, es un fantasma que traspasa las paredes sensoriales dejando al poeta en un estado de sopor y liberación, pues su hogar es la poesía, donde se escuchan los ecos secretos que convergen a través de las letras, susurros que sólo él conoce, donde logra que los verbos se den la mano con los adjetivos, que las palabras enemigas se unan, la libertad florece y la arbitrariedad se vuelve seductora e imponente.

La poesía es principio y fin, en ella se mecen toda especie de emociones incomprensibles compuestas por palabras insolentes, taciturnas, vagas, profanas que no pueden expresarse en la realidad. La poesía se emplea para apaciguar las tormentas del alma, llenar cestos de amor, voltear el cielo de cabeza, cambiar espacio y tiempo, alimentar el espíritu y hace de la soledad una compañera soportable. Es un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio, nos muestra la belleza cotidiana y nos aleja de la melancolía.
En ella se observan los senderos de la soledad y la comunión, en esta dualidad el poeta ejerce un diálogo hacia el exterior, la experiencia de su creador sale a flote y es un arma de rebeldía para los inocentes, los corrompidos, los ausentes. Es el testimonio de la vivacidad, porque si bien, la poesía no es eternidad ni reconciliación con el mundo, pero puede canalizar la ferocidad de las blasfemias que se nos presentan. Nietzsche afirmaba: “No la vida eterna, sino la eterna vivacidad: eso es lo que importa”. Y es precisamente esta vivacidad que ejerce el poeta en cada palabra, no pretende embellecer la vida por medio del ritmo, la metáfora y todas aquellas figuras retóricas de las que se hace valer. No desea hacerla más justa como piensan los moralistas, busca una catarsis, una relación con el mundo que sólo él comprende, pues nada hay más subjetivo que la proyección del sentir. La poesía une, confabula, suplica, armoniza; no es buena ni mala, justa o injusta, dominante o desinteresada, sólo procura consagrar el alma.

Octavio Paz estableció que “la poesía no es una actividad mágica ni religiosa”; sin embargo, el último aspecto está de cierto modo implicado en la poesía, por tanto, toda religiosidad está llena de misticismo, oralidad e invocación hacia lo sagrado de todo lo que sale desde el interior; ahora bien, toda palabra es magia, los recursos empleados y el regocijo que surgen de ella son mágicos; se entretejen todos los elementos intrínsecos de una vida asfixiante y paradójicamente bella. La poesía nos traslada de forma metafórica de la muerte a la vida y viceversa. El poeta contempla lo existente y lo inexistente desde la cima de sus sentimientos, en el que descubre lo misterioso a través de los ojos que escriben y de manos que contemplan un fuego inextinguible.

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La belleza del poema en su tautología: este es un poema sobre poemas. Cuando emprendemos un viaje tenemos la oportunidad de llevar consigo las cosas imprescindibles para nosotros, como una libreta para escribir todo lo que sentimos, observamos, olemos o callamos, pero la siguiente serie de libros son perfectos si eres de las mujeres que viajan solas.
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Los collages que acompañan al texto pertenecen a la talentosa Giovanna Tommasi.
