Cuando un hombre decide manifestarse, lamentablemente existen cientos de maneras de frenarlo; sin embargo, cuando el cuerpo lo hace, no hay fuerza en el mundo capaz de detenerlo, incluso el tiempo que —en teoría— se encarga de eliminar todo lo que incomoda a la colectividad, refuerza dicha manifestación como si todos los elementos en el Universo conspirasen, ahora sí, en favor de la libre explotación y expresión física del ser humano.



Dicha inclinación se convierte en una especie de obviedad en cuanto a la figura humana, así como la de cualquier otra criatura en la naturaleza, es asumida como parte de un todo que depende de todas sus piezas para continuar funcionando; de modo que exigir silencio por parte de uno de estos elementos es, de cierta manera, una forma indiscutible de frenar el ciclo del mundo. Así, el homoerotismo y la sensualidad corpórea que éste exige de sus protagonistas es por muchas razones uno de esos elementos que debe estar presente en todo momento, si no dentro de cada persona, por lo menos sí a su alrededor.



Importando muy poco si éste incomoda a más de un individuo tendencioso, el homoerotismo se alza sobre las cabezas mostrándose como una expresión natural de la sensibilidad humana, la cual, en algunas personas se ha desarrollado con mayor fuerza hasta lograr que estos perciban su cuerpo como el punto de inspiración para crear arte. En cuadros como los de Cornelius McCarthy, la desnudez masculina se transfigura y se convierte en un elemento natural dentro de cualquier paisaje retratado por el pincel de su creador; su inserción no es gratuita pero tampoco forzada: los cuerpos están ahí porque es su entorno habitual y nada más.



Gracias a su formación católica, McCarthy encontró su primera inspiración en las imágenes religiosas que le rodeaban, así, el torso desnudo de Cristo fue hasta cierto punto la línea de salida para comenzar sus estudios de anatomía, mismos que con el paso del tiempo se convertirían en escenas en las que el falo dejaría ese carácter que, desde los griegos hasta el Renacimiento, era relacionado con un arma agresiva a la que, por mero fin estético, tenía que someterse a una reducción que le despojase de su infundada agresividad.



Sin duda esa fue la causa de la polémica creada alrededor de la producción de este artista, para cualquier sociedad, sobre todo para la irlandesa de mediados del siglo XX, resultaba inaceptable que una figura religiosa fuera retomada para hacer referencia a las pasiones humanas, no obstante, como una representación más del cuerpo, incluso los hitos espirituales son capaces de mostrar sensualidad en un momento oportuno, ¿o es que ya nadie se acuerda de San Sebastián?



A pesar de cualquier prejuicio que intente fungir como limitante, la interacción entre elementos del arte de Pablo Picasso y la visión liberadora del cuerpo como punto de quiebre entre la naturaleza y el arte producido por las pinceladas de Cornelius McCarthy ha sido reivindicada por la justicia que sólo el tiempo puede otorgar. Gracias a éste, cada cuadro ha generado alrededor de sí una especie de culto que parte de la idea de liberación y se extiende hasta convertirse en un poderoso grito cuyo estruendo deviene en una resignificación de la figura masculina.
