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Casa Chía, un prehispánico contemporáneo

Diseño Casa Chía, un prehispánico contemporáneo

En un rincón de Hidalgo, a unos cuantos kilómetros del asentamiento prehispánico Tolteca, descansa un introspectivo pueblo de nombre Chapantongo, rodeado por campos de apariencia arenisca, un clima seco y no más que débiles manchones verdes que sólo pueden contener su envidia por los matices vegetales que bailan al compás de la brisa templada en las afueras de este pequeño lugar.

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El mismo azar que tiñó de ocres esta tierra, fue el responsable de conseguir un pequeño lugar para que una pareja decidiera construir su casa de retiro en el pueblo donde crecieron, dejando el encargo en las astutas manos de un joven arquitecto: Iván Ramírez.

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Al cruzar el muro que divide la calle del sitio, la paleta de colores cambia por la madurez de un verde que se resiste a ser opacado por cualquier cuerpo; la casa se desplanta en un terreno angosto donde toda la capacidad auditiva va directamente al fondo del mismo y en el que corre un riachuelo que le da vida a más de una decena de árboles que destacan por su tamaño y su presencia.
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El primer contacto visual con el proyecto se espejea con la impresión de estar parado frente alguna ruina prehispánica. Muros del color de la tierra se entretejen y surgen con la naturaleza, manifestando haber sido testigos de eventos antiguos, alimentando cada vez más la sensación de encontrarse en un lugar que no ha sido tocado por manos de este siglo o del pasado; se trata de un evento que ha existido desde siempre.

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La experiencia hace recordar las palabras de dos arquitectos, por una parte Mies van der Rohe, con su Casa Farsnworth, incita a que el lugar debe dejarse mejor de como se encontró, volviéndose éste parte del paisaje; resonando en otro eco, y Souto de Moura afirma que la respuesta está en el lugar, buscando un diálogo entre lo nuevo y lo antiguo, ser fiel a las pre-existencias.

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El recorrido por donde empieza la casa se define con el ritmo de sólidos y vacíos que juegan con la luz, siendo estos patrones los que pautan el orden y el uso de los espacios. Al vivirlo, un pasillo cruciforme bien contenido revela un esquema sencillo, siempre rodeado de encuadres que retratan el movimiento de la naturaleza, dejando claras las intenciones en la transición de los espacios exteriores a los interiores.

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El cambio entre estos espacios es casi imperceptible, se hace a través de portales figurativos que al mezclarse con ellos dejan ver el evento que conduce la casa, la luz sobre los muros, comprendiendo que un muro no conoce su propia existencia hasta el momento en que la luz incide sobre él, evocando la sensibilidad de Louis Kahn cuando se refiere a este fenómeno. La señal ocurre en la disposición de la luz, cambiando su temperatura, de una atmósfera extrovertida a una introspectiva. El espacio se convierte en el pretexto de la demora, ya no se trata de transitarlo, sino que él te transite, de detenerse y entender su proporción por la cantidad de luz que contiene, descubrir su valor oculto.

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La configuración de cada grupo de muros se define en tres quiebres, dejando siempre libre su cuarta esquina para que el vacío se convierta en la articulación entre sólidos, siempre buscando incorporar el color y el sonido del lugar. La idea de observar a los muros como los responsables de las oportunidades que pueden ocurrir dentro y fuera de la casa ayuda a asimilar la diversidad de eventos objetivos y subjetivos. La oportunidad de vivir diferentes sensaciones deja libre de cualquier sugestión la interpretación de cada persona.

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La sobriedad de la obra se encuentra en sus materiales, madera y piedra, que recuerdan las construcciones vernáculas que se mantienen a su alrededor, pequeños edificios austeros que no necesitan más que lo imprescindible. En la casa se puede sentir la armonía con ese lenguaje primitivo, conservando la esencia del lugar sin arrebatarla. Un lenguaje primitivo porque no fue víctima del capricho de una apariencia, sino por conservar un carácter que fue definido por el tiempo y el lugar, por regresar al origen.

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La falta de profundidad en la arquitectura ha llevado a subestimar la búsqueda del espíritu en los espacios. Por no ser capaces de entender y respetar el valor en el origen de una idea, muchos arquitectos se aferran a las tendencias para fundamentar sus edificios y hacer creer que la arquitectura debe ser así, artificial. Actualmente se puede encontrar este tipo de proyectos en cualquier publicación seria, convirtiéndose en promotores del consumismo, así, proyectos de gran valor arquitectónico como la Casa Chía quedan a la deriva sin la oportunidad de llegar a conocerse.

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No se trata de calificar o criticar el trabajo de un arquitecto, sino de hacer justo su camino para permanecer en la memoria de la arquitectura.

 

 

 

 


Referencias: