Soy tú.
Y yo soy tú.
–Amar (2017)
Así, respirándose entre ellos para convertirse en una sola persona, en un híbrido de dos mentes, dos corazones y dos almas, Laura y Carlos se enamoran hasta que comenzó a dolerles.
“Amar” es el filme dramático del director y guionista español Esteban Crespo. A pesar de ser una historia de amor romántico y tóxico durante la adolescencia, la cinta también es una muestra de esa complicidad que entre algunos –sin pensarlo ni planearlo– surge de manera espontánea para la eternidad.
En este intenso largometraje el amor no es un idilio perfecto ni pacífico, sino un vínculo sellado con dolor, lágrimas y mucha pasión. De hecho, para muchos ese es el verdadero rostro del amor; no se trata de una cursi relación entre dos que se apoyan y entienden, sino del compromiso implícito entre dos pieles, dos sexos y dos entes que se sienten perdidos el uno sin el otro.
El amor más verdadero, según historias como la de Crespo, es el que no necesita sellarse con tu firma sobre un contrato, sino el que permea la piel, el que penetra hasta los huesos y llega a tocar el alma… hasta lastimarla

Casi como un tatuaje permanente, el cual surge de un proceso doloroso e intenso en el que una aguja atraviesa la piel una y mil veces hasta hacerla sangrar, el amor puede llegar a agujerarnos. Un contrato asegura la permanencia de alguien, pero el amor real asevera la permanencia de un estado.

Ése estado es el que impide que dos cuerpos se despeguen, es el que logra que aún famélicos y destrozados el amor recubra las heridas para hacerlas cicatrizar.

Como un anillo que simboliza el “por siempre”, la tinta de un tatuaje en los dedos de dos amantes traza ese lazo de eternidad. El metal de dos argollas toca la piel de quienes se quieren amar por el resto de sus días, pero las agujas marcan el destino de los que no se separaran jamás.

Irreverentes, valientes y desafiantes, así son los amantes que duran para siempre, los que –al igual que la tinta sobren la piel– nunca se desvanecen a pesar del tiempo y la vida.

Sellar un amor, un sueño o una historia no implica contratos y firmas sino voluntad y ambición. La eternidad no se forma de intenciones, se trata de acciones y deseos transformados en esfuerzo.

El valor de tatuarte, de marcar tu cuerpo de manera irreversible, es similar al que se tiene cuando pronunciamos las palabras “te amo”. Esas cinco letras no sólo expresan un sentir, sino la promesa implícita de un “para siempre”.

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