Cosas que no quieres escuchar cuando tienes cáncer de mama
Estilo de vida

Cosas que no quieres escuchar cuando tienes cáncer de mama

Avatar of Olympia Villagrán

Por: Olympia Villagrán

19 de octubre, 2017

Estilo de vida Cosas que no quieres escuchar cuando tienes cáncer de mama
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Por: Olympia Villagrán

19 de octubre, 2017

Ni Dios ni la suerte son responsables de esta enfermedad, dejemos de decirle eso a quienes la padecen.



Seguro estás tomando de pretexto el cáncer para hacerte una reducción de senos.


Esa estupidez fue la que una compañera de la secundaria le dijo a Laura, quien fue diagnosticada con cáncer de mama el 6 de noviembre de 2011, cuando se enteró de la noticia.


«En esa etapa de mi vida me preocupaba que mi desarrollo fuera más rápido que el de mis compañeras y el tamaño de mi pecho no me gustaba. Siempre decía que si en mis manos estuviera, me reduciría la talla. Cuando se enteró me lanzó el sablazo. Sí fue algo muy incómodo en ese momento».


Laura Corona, periodista y comunicóloga, nos dio la oportunidad de entrevistarla para que de la boca de una sobreviviente del cáncer de mama entendamos –por primera vez– qué es lo que debemos dejar de decirle a alguien que intenta no pensar en la posibilidad de morir, a alguien a quien le aterra perder una parte de su cuerpo, a quien tendrá que despedirse de su cabello y a una mujer que no sabe si tendrá un día más para aprender a quererse.


Relacionar, excusar o lamentar esta enfermedad con la religión, la suerte o la compasión es lo que ella y seguramente otras mujeres anhelaron y esperan que deje de suceder. Aseverar que una persona padece cáncer de mama o cualquier otra enfermedad debido a que Dios así lo decidió; tratar a los pacientes como criaturas inútiles o como seres incapaces no sólo los puede llegar a ofender o desanimar, también se trata de un obstáculo más para su recuperación.


«"Dios le manda las pruebas más fuertes a las personas que sabe que pueden superar esas pruebas". (...) independientemente de mis creencias, nunca me gustó que esa frase (...). El "vas a estar bien" es muy animoso, pero agregarle el "pobrecita" es señal de compasión y lo que menos queremos es que la gente nos trate con lástima. "Siéntate, debes descansar. Duerme un rato". Eso me lo decían mucho al principio, sobre todo cuando no dejé de trabajar o de hacer mis actividades normales. Si bien el tratamiento mina nuestras defensas, no nos hace inútiles»


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Así como la detección temprana es fundamental –gracias a la que Laura hoy puede contar su historia–, los tratamientos físicos y psicológicos para atender a una paciente de cáncer de mamá son tan necesarios como el apoyo emocional de familiares, amigos y seres queridos en general. Laura –quien decidió no contarle nada a sus padres debido a que su mamá sufre de Parkinson– tuvo que atravesar una parte de este proceso completamente sola, pues cuando recibió el diagnóstico que confirmaba su enfermedad su novio decidió terminar la relación.


«(...) así que acepté que, de inicio, estaba sola. Ahí comprendí el valor de la autoestima en la vida de una persona. Después de aceptar el diagnóstico siguió la etapa de tratamiento y de ver alternativas a la medicina convencional».


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Una vez que ella reconoció y entendió lo indispensable que era amarse a sí misma para poder seguir luchando contra el cáncer, tuvo que enfrentarse a otra etapa; la de contarle a su familia y amigos lo que estaba sucediendo. Todo tipo de reacciones y palabras llegaron a ella cada vez que se asumía como una mujer con cáncer de mama frente a ellos; a pesar de que ninguna de esas personas tenía la intención de hacerla sentir mal, todo lo contrario, no obstante, esa forma de actuar no ayudaba en absoluto a Laura.


«La peor forma es, creo yo, ponerse a llorar. Sé que el diagnóstico es difícil y que la enfermedad va relacionada con la palabra muerte, pero cuando vemos a la gente llorar sentimos que nos vamos a morir pronto, y la realidad, si le echamos ganas, es una completamente diferente, sobre todo a aquellas que nos diagnosticaron de forma temprana. La mejor es la de mi papá. Creo que me gustaría que así reaccionaran con todas las mujeres diagnosticadas. Cuando él se enteró me dijo: “No te voy a compadecer. No voy a decirte ‘pobrecita Laura’. Vamos a pelear la batalla juntos, sí, pero de pie, como siempre lo hemos hecho. Seguirás tu vida y cuando te canses toma un respiro y sigue. Lástima de nosotros, tu familia, no vas a tener”»


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Información sobre la autoexploración para la detección temprana del cáncer, los datos sobre las clínicas a las que las mujeres pueden acudir para obtener un diagnóstico profesional y la forma en la que serán atendidas en caso de que los resultados sean positivos se encuentran en múltiples plataformas digitales, miles de artículos y decenas de sitios en Internet. Pero ¿por qué no hablar de aquello que ellas están hartas de escuchar? ¿Por qué no, desde que somos niñas, nos enseñan a valorar nuestro cuerpo sin importar si éste tiene pechos grandes o pequeños, si nuestro cabello es abundante rizado y brillante, u opaco y lacio, si somos de espalda grande o de piernas delgadas?


«(...)Yo me levantaba en las mañanas y, después de bañarme y vestirme, me presionaba el seno para saber cómo se vería mi cuerpo. No era fácil. Mi terapeuta me decía que yo era más que mis senos o que mis piernas o que mi cabello, pero perder cualquier parte de tu cuerpo te hace sentir incompleto, como si una parte de tu vida se te hubiera ido en ello».


«No me gusta que la gente que tiene alguna relación conmigo la pase mal. Cuando llegó el cáncer me di cuenta de que toda esa atención ahora debía dármela yo misma. Que debía dejar de lacerarme, de minimizarme, de no quererme, que había llegado la hora de demostrarme a mí misma cuánto me quería. Al final de esa reflexión me di cuenta de que sí, está la gente que te apoya, pero no hay nadie mejor que una misma para ayudarse a salir adelante».


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Dejemos de pintar de rosa los muros de las calles y no nos preocupemos por portar un listón rosado durante octubre. Hablemos con nuestras hermanas, sobrinas, novias, amigas, madres, abuelas y todas las mujeres a quienes aún les da vergüenza desnudarse frente al espejo y tocarse los senos. Apoyémonos entre todas; no importa si es enero, invierno o de madrugada, pero en lugar de conversar sobre ejercicios para levantar los glúteos y dietas para quemar la grasa del abdomen, preguntémonos entre nosotras: ¿ya te autoexploraste esta semana? Ssabes cómo hacerlo? ¿Quieres que te ayude? Dejemos de buscar la aceptación y atención de otros y enseñémonos a ser mujeres sobrevivientes.


«Aprendí a decir “te quiero” todos los días, a vivir como si fuera el último, aunque sea una frase hecha. Yo veía mucho al cielo, me volví más sensible a cosas a las que antes no les ponía atención. Aprendí a ser tolerante, a ser empática, a no juzgar si no sé por lo que están pasando los demás. Ser una sobreviviente me permite estar agradecida con algo, no sé con qué ni con quién, pero me permite decir “gracias” todos los días».


¿Por qué no en lugar de dedicarle sólo 31 días a la reflexión de esta enfermedad, nos dedicamos los 365 a comprender que el cáncer de mama –detectado a tiempo– no es sinónimo de muerte? Aprendamos a aceptar nuestro cuerpo y a amarlo de pies a cabeza, sólo así seremos capaces de enfrentar una batalla tan dura como la que luchan las mujeres con este padecimiento. El amor propio, mismo que nos hace falta a muchas, es parte del tratamiento que debemos de darnos todos los días para asimilar que un seno no nos da ni nos quita nada; pero el hecho de seguir aquí lo es todo.


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Agradecemos infinitamente a Laura Corona, quien a sus 35 años es una sobreviviente del cáncer de mama, por haber compartido su historia con Cultura Colectiva para realizar este artículo.


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Todas las imágenes que ilustran este artículo fueron creadas por Paulina Ardilla, de Cultura Colectiva, exclusivamente para este texto.


Referencias: