Contigo aprendí a querer desinteresadamente, sin condiciones y con el corazón en la mano; aprendí que no importa cuántos defectos pueda tener una persona, si la quieres, la aceptas con todos ellos porque son parte de su forma de ser. Aprendí a ver la vida como si fuera un pestañeo, la razón por la que debo vivirla con amor, emoción y sin miedo, como si todos los días fueran el último. Aprendí a compartir, a querer y a tener mucha paciencia.

Aprendí que el amor no se trata de poseer, ni de enjaular a un ave cuando su naturaleza es volar; aprendí que amar también es libertad y que, aunque estuvieras conmigo, en cualquier momento tenía que dejarte ir y a pesar de que me negaba con tan sólo imaginarlo, aprendí a verte partir y, con el tiempo, sanar el dolor.

Sabía que me querías, pero que no ibas a quedarte. Sin embargo, aprendí de tus lágrimas, de tus miedos y de tu fragilidad, así, de tu arañazos y de tu invierno. Me dolía cuando te desvanecías por las noches, incluso en las mañanas; cuando no sostenías la mirada cuando te pedía que te quedaras, cuando me lastimabas con palabras y luego lo volvías hacer con abrazos fríos que buscaban compensar el mismo dolor.

Después, cuando dejaste la casa sin tu melodía, sin tus destellos y sin tus plantas, te odiaba por irte y, después de mucho tiempo, empecé a sanar. Fue entonces en ese momento cuando entendí que cuando estás enamorado no sólo aprendes sobre el “amor”, también lo haces sobre la otra cara de la moneda. Porque me di cuenta de que aprendí a ser más fuerte, aprendí a que tenía que sanar, recuperarme y soltarte. Tu libertad no sólo me enseñó a amarte, sino que también me enseñó a dejarte ir.

Porque con el amor no sólo aprendes a amar, sino lo que conlleva amar. Porque con amarte aprendí a que antes también debo amarme a mí. Porque aprendí a ser más fuerte, a coserme, a abrazarme y curarme. Aprendí que hay finales que, sin importar que duelan, terminan. Las grandes historias no se construyen manteniéndote en un sólo lugar, muchas veces también lo hacen cuando te vas de ahí y lo aceptas. Creces y entiendes que es parte de vivir.
Gracias porque más que amar, también me enseñaste a dejar ir y a ser más fuerte.
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