Salí de mi relación más larga —y también la más tormentosa— hace poco más de un año. Fueron tres años intensos, con sus risas, su complicidad y sus promesas de futuro, pero también con mucho desgaste emocional. De esos amores que no sabes bien en qué momento se rompieron, pero cuando lo ves en retrospectiva, dices: claro, esto no daba para más.
Y aún así, nos aferramos. Nos aferramos como si soltar significara fallar. Como si todo lo vivido solo tuviera valor si duraba para siempre. Yo también me aferré. Aguanté cosas que no van con mi versión de hoy.
Salí de ahí y me prometí hacerlo distinto. Optamos por el contacto cero, y aunque al principio dolía, después se sintió necesario y correcto. Silencio. Espacio. Sanación.
Pero pues, una hace lo suyo, va a terapia, se distrae, retoma pasatiempos, vuelve a mirar a los ojos. Y cree que está bien. Que ya está.
Así fue hasta que el algoritmo, la gente en común, los chismes pequeños o grandes que nadie pidió, te sueltan una noticia: Tu ex ya está con alguien más.
Y tú juras solemnemente que te da lo mismo, pero entonces ves una foto. Y te da algo que no sabes nombrar porque la nueva novia… se parece a ti. Y no poquito.

Somos dos personas distintas, claro. Pero tenemos una estética casi idéntica: el mismo tipo de lentes de pasta gruesa (que antes ella no usaba), maquillaje similar, ropa parecida, y lo que me dejó en estado de shock: el cabello. Negro, larguísimo, peinado de la misma forma.
Y aquí estoy. Sintiendo cosas que no quiero sentir. Sintiéndome ridícula por notar todo esto. Sintiéndome peor porque no soy la única que lo ha notado.
Me da ansiedad imaginar las comparaciones. Me da pánico que él también lo haya notado. Me incomoda profundamente la posibilidad de que ella sepa de mí, de que me haya buscado. Me incomoda aún más la posibilidad de que no, y esté adoptando ciertos gestos, estéticas, detalles… sin saber que hay un eco de mí en ellos.

Me siento atrapada en una película rara donde no sé si soy la protagonista o la ex loca en los créditos.
Y no, no soy la única a la que le ha pasado. Leí un artículo de Psychology Today donde explicaban que muchas veces las personas repiten patrones inconscientes al elegir pareja. No solo en cuanto a personalidad, sino también físicamente. Se llama phenotype matching, y es una forma (según estudios evolutivos) de repetir lo que nos es familiar, lo que alguna vez nos gustó, o lo que nos confirma ciertas ideas de pareja ideal. ¿Tiene sentido? Supongo. ¿Me tranquiliza? No lo suficiente.
Porque no deja de parecerme inquietante. Y patético. Y a la vez, me siento patética yo por dedicarle tanto pensamiento.
He considerado cambiar mi imagen. Cortarme el cabello. Pintármelo. Salirme del molde. No porque quiera, sino por alejarme. Por no sentirme copiada. Por recuperar algo de control. Pero se siente como una batalla tonta que no quiero pelear.
Quizá sea momento de renovarme… pero que sea por mí. Por mi deseo de verme distinta en el espejo, no por la necesidad de diferenciarme de alguien más.
Quizá ahí está el verdadero cierre: no en lo que el otro hace con su vida, sino en lo que yo decido hacer con la mía.
Por ahora, me quedo con esta incomodidad. Pero también con la certeza de que, aunque me esté removiendo todo esto, no volvería atrás.
