—¿Pero qué pasa, Lucy? —preguntó —¿Cómo es que sucedió?
—¡Qué absurdo que todos ustedes se molesten por algo tan absurdo! —dijo Lady Audley riendo. —He estado bastante distraída en estos días, y me divertí hace poco atando un pedazo de cinta alrededor de mi brazo con tanta fuerza que me dejó un moretón cuando lo quité.
“¡Tararear!”, pensó Robert. “Mi Señora dice pequeñas e infantiles mentiras…”
Estas palabras le pertenecen a Lucy Audley, la protagonista de la novela escrita por Mary Elizabeth Brandon y publicada en 1862, Lady Audley´s Secret (El secretro de Lady Audley). En la novela se cuenta la historia de una mujer que durante el auge de la época victoriana utilizó su audacia y su locura para poder, entre otras cosas, conseguir una mejor posición social. En esta parte del relato, quien fuese el sobrino de su acomodado marido, Robert Audley, descubrirá una marca singular en la muñeca de Lucy. La misma marca se convertirá en una pista esencial para esclarecer el crimen que Lady Audley cometió.

La marca, como podemos imaginar, es sólo un círculo en la muñeca de Lucy hecha por un pedazo de cinta —o eso es lo que Brandon nos hace pensar. No obstante, ¿qué pasaría si Robert hubiera descubierto que Lady Audley portaba un tatuaje en lugar de una simple marca? Si juzgáramos el pasado con los prejuicios que en el presente hemos construido sobre el siglo XIX, la respuesta es clara: “bajo el yugo del puritanismo de la época, cualquier marca postiza sobre el cuerpo sería leída como un atentado contra éste último; y a su vez, era la forma en la que la persona de aquel entonces se ganaba una inscripción automática al mundo de los delincuentes, prostitutas o peor al de la gente ‘salvaje-incivilizada’ que vivía en tierras y tiempos lejanos”. Y es que aunque pudiéramos tener un poco de razón en nuestra respuesta, la verdad es que si a Lady Audley le hubieran descubierto un tatuaje no hubiera pasado absolutamente nada porque, durante buena parte de la época victoriana, hacerse un tatuaje estaba de moda entre la aristocracia europea.

Ahora bien, la antropóloga uruguaya Valentina Brena Torres ha comentado algunas generalidades sobre la historia del tatuaje. De acuerdo con ella, un tatuaje es una práctica que probablemente surgió de la mano del arte en las paredes durante el Paleolítico Superior. Fue precisamente el Homo Sapiens el primer homínido en realizar dichas marcas corporales. No obstante, apenas es posible hablar del “origen” del tatuaje, pues estamos ante una práctica ancestral que se desarrolló de forma independiente en muchos grupos humanos alrededor del mundo; y por lo tanto fue realizada con diferentes técnicas, diversos objetivos y cargada de diferentes significados.
¿Pero cómo fue que el tattoo atravesó la Historia hasta incorporarse a la Época Victoriana? Se sabe por ejemplo que los fenicios estaban tatuados en la frente, y que tiempo después los griegos marcaron con serpientes, toros y motivos religiosos su cuerpo. Por su parte, fueron los romanos quienes utilizaron la técnica del tatuaje para marcar a sus prisioneros; pero una vez que Constantino asumió el imperio —y el cristianismo se convirtió en la religión del Estado—, se decretó como desaprobatoria dicha actividad porque al creer que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, el tatuaje no hacía otra cosa que alterar “lo sagrado de lo corpóreo”.

Tiempo después la Inquisición asoció los tatuajes con signos del demonio, de la brujería y de la herejía. Sin embargo, hay evidencia de que los guerreros de la Cruzada —durante la Edad Media— solían tener tatuados crucifijos para asegurarse con ellos un funeral cristiano o, una vez en tierras europeas, recordar su viaje como prueba constante de su fe. Ejemplo de esto último fueron el Rey George V de Inglaterra, quien se realizó un tatuaje en 1892; y sus hijos, el duque de York y Clarence, quienes plasmaron en su piel una cruz tras su regreso de Jerusalén y Japón respectivamente.
Estos británicos no fueron los únicos monarcas aficionados a la tinta. Eduardo VII se tatuó poco después (1898), e impuso una moda que imitaron rápidamente casi todas las cabezas coronadas en Europa: el rey de Dinamarca, Frederick IX (1899-1947); el rey de Rumania, Kaiser Wilhelm II (1859-1941); el rey Alejandro de Yugoslavia (1888-1934); y el zar Nicolás II de Rusia (1868-1918). Sin embargo, la moda del tatuaje artístico también surgió entre las mujeres elegantes de la aristocracia europea. Las damas del séquito de la emperatriz Eugenia de Montijo (1826- 1920) —esposa de Napoleón III— tatuaron entre sus pechos unas gotas de agua o lágrimas en color azul. Estas marcas —según testimonios de la época expresados a través de cartas— adornaban la zona erótica conocida como “el canal mórbido”. Además se rumora que la famosa emperatriz austriaca “Sissi” usó tatuajes alusivos a su alto rango: Duquesa en Baviera V, esposa de Francisco José I de la casa de los Habsburgo.

Es importante señalar que el arte del tatuaje fue redescubierto por los exploradores de la última parte del siglo XVIII. Dos de los más importantes fueron los naturistas y navegantes británicos Joseph Banks y James Cook, quienes en sus travesías por Oceanía (1769) descubrieron Nueva Zelanda, y junto con ella el proceso del tatuaje polinesio. Pero a decir verdad fueron los marineros del capitán James Cook quienes comenzaron la tradición del tatuaje, y rápidamente esta moda se extendió entre los habitantes de altamar que practicaban a bordo dicho arte.
El desarrollo de la fotografía hecha por la cámara portátil a principios del siglo XX trajo consigo la estigmatización del tatuaje. Comenzó a tener auge la tendencia de fotografiar y exhibir a través de la prensa a mujeres de circo, prostitutas, criminales y “gentuza de calle”; quienes al igual que las personas de la aristocracia, desde hacía mucho tiempo decidían si marcar o no en sus cuerpos los rastros de su propia historia.

**
Si eres un aficionado de los tatuajes, será recomendable que conozcas la riqueza histórica de los tatuajes a través del tiempo. Además, conoce las tribus alrededor del mundo que utilizan los tatuajes más emblemáticos.
