Genie: la inocente niña que estuvo encerrada en las tinieblas y fue torturada por la ciencia

Sábado, 11 de noviembre de 2017 14:53

|Rodrigo Ayala Cárdenas

Su padre le colocó una camisa de fuerza cuando cumplió 22 meses, la amarró en una silla con un orinal debajo y la encerró en un habitación.



Clark Wiley fue un niño criado en orfanatos y familias adoptivas desde temprana edad. Todo el odio y la confusión acumulados en la niñez y la adolescencia lo llevó a enlistarse en el ejército de los Estados Unidos para pelear en la II Guerra Mundial. Los que convivieron con él lo describían como un hombre serio, hosco, violento, que odiaba los ruidos y especialmente a los niños. A pesar de ello se casó con una inmigrante pobre llamada Irene Oglesby y se establecieron en Los Ángeles, California.

El matrimonio concibió cuatro hijos sobre los cuales Wiley descargó toda su frustración, crueldad e indiferencia acumuladas a lo largo de una vida. La primera de los hijos fue abandonada en el garaje de la casa familiar donde murió de neumonía a los pocos días. ¿La razón? Su padre no aguantaba escucharla llorar. El segundo retoño falleció por complicaciones en el parto. El tercero por fin se logró sin problemas y fue nombrado John. Para su desgracia nació con una extraña enfermedad que le impedía hablar y caminar de manera correcta, así como hacer sus necesidades por su cuenta. El cuarto nacimiento, ocurrido en 1957, fue el que peor suerte corrió: era una niña a la que ni siquiera le pusieron nombre, presentaba una complicación en la cadera que requería prótesis, fisioterapia y cuidados constantes.



Casa de la familia Wiley


Con el pretexto de protegerla, Wiley decidió que no gastaría en los cuidados que su hija necesitaba, entonces le colocó una camisa de fuerza cuando cumplió 22 meses, la amarró en una silla con un orinal debajo y la encerró en un habitación. Él mismo se encargaba de alimentarla. Por las noches, su hija dormía en una jaula de alambre. No tenía contacto alguno con el mundo más que a través de una pequeña ventana desde la cual entraba un poco de luz en las mañanas. El resto del día, la criatura vivía sumida en las tinieblas de su minúscula celda. Si hacía algún ruido, su padre la golpeaba brutalmente para hacerla callar. Wiley prohibió a su esposa e hijo que se acercaran a la prisionera. Andaba por su casa con una pistola para mantenerlos amenazados y también en cautiverio. Vivían sumidos en el horror.



La niña no tenía estímulo visual o auditivo alguno. En la habitación no había ninguna clase de adorno o juguete con el que pudiera entretenerse ni persona con la que interactuara. Su padre la ignoraba cuando la iba a limpiar o a darle de comer. La pobre niña se desarrolló en medio de una precaria condición que la iba sumiendo cada vez más en un estado de absoluta pobreza intelectual y sensorial. Los únicos objetos que la niña tenía a su alcance eran los platos y cubiertos que usaba para tomar sus alimentos. Los únicos ruidos que escuchaba eran las voces apagadas de sus familiares y vecinos, pero poco más. Privada de todo, el confinamiento la convertía poco a poco en un ser muerto en vida.

 

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4 de noviembre de 1970: el día de la “salvación” de Genie



Llegó el día en que Irene Oglesby, quien se estaba quedando ciega a causa de un problema de cataratas, pudo sacar de su confinamiento a su hija. Con el pretexto de ir a una revisión médica y de visitar a sus padres, aprovechó la ausencia de su marido para sacar a su hija de la habitación. Lo hizo sola ya que desde hacía tiempo su hijo John había sido enviado a vivir con unos familiares. En lugar de acudir al hospital, Irene Oglesby dirigió sus erráticos pasos al centro de servicios sociales colindante. Algunas fuentes aseguran que entró por error a este lugar debido a su mala visión mientras que otras relatan que lo hizo con la intención de que alguien prestara ayuda a su hija al estar desesperada ante la situación sufrida a causa de su marido.



Los encargados rápidamente se dieron cuenta que la niña que acompañaba a Irene presentaba un estado de salud lamentable. Malnutrición, baja estatura, escasa visión y una total incapacidad para hablar y caminar correctamente eran algunos de los síntomas después de su largo encierro. Era incapaz de subir escaleras de manera erguida, sus movimientos se limitaban a algo similar a un defectuoso gateo.


El Estado acogió con emergencia a la pequeña y retiró la custodia a sus padres, quienes fueron llevados a juicio. Irene fue absuelta cuando el juez se dio cuenta de que había sido una víctima, aunque le prohibieron de manera terminante acercarse a sus hijos. Nunca más se ha vuelto a saber de ella. Por su parte, Clark Wiley de manera cobarde se suicidó antes de que una grave sentencia cayera sobre él. Dejó una nota en la que se justificaba diciendo «El mundo nunca lo entenderá».



Clark Wiley, interrogado por la prensa


Un grupo de médicos se abocó a estudiar a la niña, quien babeaba de manera constante, no sabía hablar ni masticar, no controlaba sus esfínteres, se mostraba confundida y asustada, se masturbaba de manera compulsiva y no respondía de manera adecuada ante los estímulos a los que era sometida tales como sonidos, palabras y señales. A sus trece años, la menor se comportaba como una criatura varios años menor. Su caso comenzó a ser del interés de psiquiatras, psicólogos, antropólogos, lingüistas y médicos. Pronto, en lugar de que la medicina y la ciencia ayudaran a la niña con las adecuadas rehabilitaciones comenzaron una serie de estudios y experimentos con el fin de conocer las repercusiones del aislamiento y el rechazo en las primeras etapas de los seres humanos.



Los médicos estudiaron en ella los patrones instintivos que llevan a una persona a adquirir conocimientos de manera innata o aprendida. Asimismo, investigaron en ella los procesos que llevan a alguien a adquirir los conocimientos necesarios de lenguaje. La privación sensorial y el aislamiento social que la niña sufrió la convirtieron en una lamentable rata de laboratorio. Susan Curtiss, lingüista, fue quien bautizó a la menor como Genie, porque «me gustaría que cuando pensemos en ella, recordemos a los genios que están encerrados, esperando a salir de sus lámparas mágicas», afirmó en su momento.


Genie sufría un retraso mental grave, agudos problemas de aprendizaje y memoria además de deficiencias psicomotrices. Con el paso de los meses aprendió a decir unas cuantas palabras aunque con evidentes dificultades. Para su desgracia, jamás pudo aprender a escribir correctamente. Con esto se demostró que hay etapas fundamentales en las que los humanos y mamíferos deben adquirir enseñanzas fundamentales de supervivencia que son difíciles de adquirir en etapas tardías. 



Genie hizo algunos progresos tales como ir por su propia cuenta al baño y vestirse. Cuando salía del hospital manifestaba una absoluta curiosidad por su entorno y era capaz de comunicarse en un adecuado lenguaje no verbal que sustituía su incapacidad de hablar de manera adecuada. El psicólogo David Rigler, que formaba parte del equipo que investigaba a Genie, dijo: «Creo que todos los que estuvieron en contacto con Genie se sentían atraídos por ella de alguna forma. Tenía la cualidad de saber conectar con la gente, algo que se desarrolló más y más, estaba presente, en realidad, lo estuvo desde el principio. Tenía una manera de tender la mano sin decir nada, o la simple manera con que miraba con sus ojos que hacía que la gente quisiera ayudarla».



Genie Wiley en una de sus últimas fotografías conocidas


Sin embargo, la investigación y los experimentos con Genie se convirtieron en una cruel manifestación de ciertos sectores de la ciencia nublados en su afán por saber más sacrificando el aspecto humano de una niña que necesitaba amor y apoyo en lugar de ser una víctima del conocimiento. A través de reiteradas denuncias de su madre, quien a pesar de no tener la tutela de Genie se mantuvo al pendiente de ella, se retiraron los fondos que financiaban la investigación y Genie fue acogida por varios hogares.

En la actualidad se desconoce el paradero exacto de Genie, quien sobrepasa los 60 años de edad; lo único que se sabe es que vive en un centro para adultos en completo anonimato para que la prensa no la inquiete en busca de información que podría remover heridas que tal vez ya hayan cicatrizado.


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El aislamiento y confinamiento al que fue sometida la pequeña Genie por parte de su padre es una de las más crueles formas de tortura que la humanidad ha conocido en su historia. Esta clase de abusos por desgracia forman parte de las mentes más enfermas que han pisado este planeta y que son un recordatorio de la oscuridad que impregna el corazón del ser humano.


Rodrigo Ayala Cárdenas

Rodrigo Ayala Cárdenas


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