Carlos Fuentes, un combatiente en las fronteras del lenguaje

Carlos Fuentes, un combatiente en las fronteras del lenguaje

Por: Diego Fernandez -




Entramos a la pubertad como quien entra a la primera y más certera manifestación del absoluto. A mí el mundo se me reveló de manera precoz e intempestiva. Descubrí pasmado mi preferencia literaria, así como se descubren los milagros. Si bien es cierto, desde niño me hice de una bien ganada fama de ser un aficionado anómalo de los libros. Por aquellos tiempos fui un lector gozoso de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mark Twain, Hermann Hesse, Homero, Shakespeare, Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Sor Juana, Benedetti y Pablo Neruda. Conocí al Quijote mucho antes de conocer a Cervantes. Lloré versos de Sabines antes de saber de la existencia del mal de amores, y aunque no pasé cien años de soledad leyendo la novela, lo cierto es que tardé un año y medio en incluir a los Buendía en mi acervo literario, porque en ese entonces el realismo mágico de García Márquez me parecía incomprensible y la lectura de aquel libro era una complicada lidia entre mi persona y el árbol genealógico de esa familia ficticia. Indagué mi pertenencia a un país que ignoraba de la mano de "El laberinto de la Soledad", "El perfil del hombre y la cultura en México" y "The children of Sánchez". Pero no fue quizás hasta mi encuentro con Fuentes y su obra, que mi vocación por las palabras trazó sus primeros surcos en mi vida. 


Carlos Fuentes y Julio Cortazar

Conocí a Carlos Fuentes cuando yo tenía catorce años. Fue a finales de noviembre, en el vestíbulo del hotel Hilton de Guadalajara, Jalisco, durante el marco de la Feria Internacional del Libro. Por supuesto que ya lo conocía, o al menos había leído en mi digna y solitaria pubertad "Los días enmascarados", "Aura", "En esto creo" y "Cambio de piel". Me acerqué al escritor, intimidado por la muchedumbre y el entorno invadido por un desorden compuesto por cables enredados, reflectores, grabadoras y cámaras que buscaban el mejor perfil de aquel hombre de figura flexible y ágil como si fuera la personificación misma de una estrella de rock con su pluma como guitarra. Le hablé de lo poco que sabía de su obra, de mi pasión por las letras y de mi intención de convertirme en escritor, a lo que él respondió citando a Wilde como un consejo que aún resguardo receloso: «Recuerde, joven, que el escritor es uno por ciento inspiración y noventa y nueve por ciento transpiración». Era bien sabida la generosidad de Fuentes con otros escritores y, sobre todo, con quienes, como yo, fingimos serlo. Sigo pensando que ese encuentro fue un verdadero desastre, pues nuestra plática fue efímera, olvidé pedirle un autógrafo y, como si no fuera suficiente, no llevaba un libro suyo para la característica dedicatoria que se pide en estos casos. Me puse nervioso, tenso y me ganó el pulso, ahora lo acepto. ¿Pero qué podía decirle un escuincle inexperto al novelista cosmopolita, al mito, al seductor dandi de la literatura; al artista polémico, al Premio Cervantes, al nominado para el Nobel, al gran Carlos Fuentes? La realidad es que aquel fracaso ha sido –hasta ahora– la mayor victoria de mi vida, porque conocer a Fuentes reafirmó mi vocación, avivó mis sueños y perpetuó esta afición infantil ahora destinada a una profesión.

Carlos Fuentes


Carlos fue hombre de mundo. Novelista y artista internacional. Nunca ocultó que su proceso creativo-literario tenía cuatro sedes inamovibles: París, Nueva York, Londres y, por supuesto, la Ciudad de México. Jamás dejó de trabajar, de inventar y de viajar. Este escritor fungió como la voz de México, aún es leído en Europa y fue, durante décadas, el único escritor mexicano escuchado con atención en Estados Unidos. Desde niño, como hijo de un diplomático, llevó tatuado en la piel el nombre de México que presumió en el extranjero. Su literatura es un redescubrimiento de sí mismo, varado en el ombligo del Universo, buscando nombrar lo que no tiene nombre, tratando de encontrar la edad del tiempo y catapultando la imagen de un país oculto ante los ojos de Dios y del mundo entero. Tal vez sea por esto que "El espejo enterrado" fue la reflexión central de su vida. Esta obra ensayística busca responder quiénes somos, dónde estamos y hasta dónde podremos llegar los mexicanos y los latinoamericanos en general.  

Carlos Fuentes


La obra de Fuentes está colmada de pretensiones políticas y sus causas son tan nobles como el alcance democrático, la justicia social y la pacificación de Latinoamérica en un contexto que en los años 60 nadie se imaginaba. No en vano, Ricardo Lagos, expresidente chileno, definió al escritor como un «político del verbo».
El actuar político en la obra de Carlos Fuentes encuentra su testimonio en novelas como "La región más transparente", "La Muerte de Artemio Cruz", "Gringo Viejo" y "La cabeza de la hidra", mismas que marcaron a la generación del boom de la literatura latinoamericana para posicionar a las letras hispanoamericanas en el exterior.

Así como política, también encontramos misticismo en la obra de este autor. "Aura" es un referente del simbolismo en su obra, así como el cuento `Chac Mool´ compendiado en el primer libro publicado por Fuentes en 1954, "Los días enmascarados".

No conozco a nadie que no se le haya crispado la piel al leer las primeras líneas de Aura:

«Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato…»

Y nos impresiona porque desde que abrimos esta noveleta, parece que el libro está hablándonos. Se dirige a nosotros. Parece darnos órdenes, decirnos qué hacer, hacia dónde ir. La escritura en presente, en la segunda persona del singular, nos cautiva y atrapa en sus redes desde la primera lectura.

Carlos Fuentes


Carlos Fuentes escribía como un poseso. Fue un escritor sumamente prolífico, no cabe duda. Su vasta obra lo convierte en la energía más poderosa de las letras mexicanas, después de Octavio Paz, mismo que declaró sobre el autor de "Terra Nostra": «Es un combatiente en las fronteras del lenguaje». Yo añadiría que también fue un combatiente en las fronteras que lo limitaron a sí mismo.  

Cuestionaba una escritora durante un simposio de literatura mexicana: «¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva en nuestro país?». Probablemente la respuesta a esta pregunta está en los mismos libros de Fuentes: México y su sociedad fueron los personajes principales de este escritor. El polvo de sus historias se acomoda en los resquicios de nuestro "yo" cada vez que lo leemos.

Carlos Fuentes


Carlos Fuentes: escritor audaz, ferviente e inagotable, nos ha revelado a muchos las maravillas de la vida en las más de diez mil cuartillas que sus dedos torcidos mecanografiaron durante años.

Fuentes es la fuente de donde brotan personajes en todas sus formas: en paisajes, en habitaciones, en lechos, en rostros, en acciones, en amor, en vida; en tiempo, en sexo, en libertad, en silencios, en palabras. Las delicias ácidas del acto creador le dan consistencia a los sueños del novelista y hacen que cualquier cosa se convierta en un personaje. Quizá el personaje más grande que construyó fue él mismo: Carlos Fuentes Macías.  

En la turbulencia y en el sosiego. En la prosperidad y en la carencia. En la joda de la muerte y en la dicha de la vida. Fuentes, desde su estadía en la eternidad, sigue escribiendo, sigue hablándonos en primera persona para decirnos que aún le faltan cosas por decir. Su novela post-mortem, "Aquiles o el guerrillero y el asesino", viene a confirmarnos esto.

Carlos es un combatiente en las fronteras del lenguaje. Combate frente a esa tempestad creada por su pasión al narrar. Lucha contra grandes monstruos mitológicos a los que les ha cortado las cabezas. Fuentes ya ha roto con las fronteras de cristal para recordarnos que la literatura no está limitada, que el idioma es de quien lo trabaja y que cada quien es poseedor de su propio lenguaje, de su propio sonido, de su propio significado. Desde mi no tan lejana pubertad,  conservo a Fuentes –en la memoria– como un tesoro de la suerte y –en el librero– como un obsequio que la cultura aún no ha acabado de darnos. 




Grandes escritores nos han heredado no sólo letras sino encuentros con ellos a través de sus historias y con nosotros mismo, pues Leemos y escribimos para juntar nuestros pedazos.




Referencias: