Te presentamos un cuento de Guadalupe González:
Era una tarde lluviosa de verano, las gotas caían una a una sobre el pavimento gris. Germán lo sabía y caminaba cada minuto más a prisa, todo para llegar puntual a aquel café. Cuando llegó, puso el paraguas empapado muy cerca de la entrada, dio unos cuantos pasos y se sentó en la mesa que estaba a la derecha. Se dispuso a sacar el material de la maleta y se sentó para comenzar a trabajar. Ir a ese sitio le gustaba porque amaba la música que el dueño ponía. Además después de las cuatro llegaba Martha, una mujer que dedicaba sus días a la lectura y escritura. Sabía su nombre porque la mesera así la llamaba cuando, sin pedirlo, llegaba con una taza de café caliente, su favorito.

El olor de Martha le resultaba inconfundible, era una mezcla de frutas tropicales con olor a cigarrillo y, de vez en cuando, con un poco de alcohol. Él podía saber cuando ella estaba triste, pues sus pasos eran más ligeros y lentos, también solía llorar a muy bajo volumen, cuando los ruidos de sus dedos con el teclado eran espaciados significaba que la inspiración le jugaba mal. Martha escribía para algunas revistas literarias, pero, sin duda, lo que más le apasionaba era escribir su propia novela, hacía mucho tiempo que esa idea le rondaba por la cabeza y el papel. Parecía que ahora, con tanta inspiración debido a sus amores fallidos, podía darle vida a su propia historia. Ella no estaba al pendiente de lo que Germán hacia, a veces ni siquiera se percataba de su presencia. Era ese tipo de mujer que vive de manera egoísta y antisocial, la única persona con la que hablaba en ese café era con Ana, la mesera.

Una tarde, Martha comenzó a tararear una canción de jazz que sonaba en el lugar. Germán sonreía mientras la escuchaba, y supo que estaba feliz y que quizá sería un buen momento para acercarse y entregarle el collar que meses antes había creado bajo la inspiración de su olor y sus pasos. Se armó de valor, se levantó, tomó el collar entre sus manos y unas hojas de papel que estaban en la bolsa delantera de su maleta. Conocía el lugar de memoria, sobre todo donde ella se sentaba, así que giró un poco, dio unos pasos y llegó hasta donde ella. Con un gesto un poco obligado, Martha lo invitó a sentarse. Germán le entregó las hojas y el collar. Incrédula los tomo entre sus manos y sonrió, dio las gracias y un silencio incómodo reinaba en todo el lugar, así que él decidió levantarse, dar las gracias y regresar a su mesa. Martha no tuvo ni la mínima intención de retenerlo, de modo que Germán se fue.

Cuando leyó las hojas y miró el collar una lágrima rodó por su mejilla, la limpió, tomó las hojas, el collar y su egoísmo para llevarlo hasta donde él. Le solicitó sentarse, emocionado y atento accedió. Eran las letras más hermosas que alguien le había dedicado, no podía creer que sus ojos y sus bellas manos hubieran inspirado los pensamientos que allí estaban plasmados. Tomó la taza de café con él en su mesa, riendo y contando algunas anécdotas. Germán no perdía la oportunidad que se le presentaba de tenerla justo enfrente, tomaba su mano de vez en cuando, sonreía y disfrutaba cada instante que ella le regalaba. Una vez que la confianza se había apoderado de la conversación, ella preguntó cómo había hecho él para describir cada detalle del rostro, de la piel, del cabello, de lo que hacía y de sus sentimientos. Germán era ciego de nacimiento, pero sus demás sentidos lo ayudaban a conseguir lo que se proponía, de modo que valiéndose de la amistad que tenía con Ana, la mesera, conocía el color de los ojos de Martha, sabía de lo terso de sus manos, los dos hoyuelos que se le hacían junto a la boca cada vez que sonreía, de los días en los que lloraba desconsolada y en silencio, de cuando estaba feliz, del largo de sus piernas, de sus cejas pobladas que hacían parecer grandes a sus diminutos ojos, de sus colores y sabores favoritos. Germán conocía a Martha a través de los ojos de Ana.

Martha agradecida y con una ola de sentimientos revolotéandole por la cabeza, le tomó las manos a Germán, y él, emocionado, no pudo evitar derramar algunas lágrimas y le dijo:
—Hay amores que aunque existen no pueden ser, sólo te pido que no dejes de ser la musa de mis letras, que yo no escribo y también existen, porque no puedo verte pero sé que aquí estás y con eso me basta para soñar cada noche.
Martha se despidió y caminó hacía el camino que tomaba todos los das.
Al día siguiente Germán llegó al café, pero Martha nunca más volvió.

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Hay historias de amor que son eternas, por eso estos poemas de amor te harán refugiarte en sus brazos o en su recuerdo.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Oleh Slobodeniuk.
