“Reaprender”, esa era la palabra que escuchó de la boca de su madre durante tres años seguidos sin encontrarle ningún objetivo. ¿Qué significaba reaprender? ¿Abandonar todas tus convicciones e ideales para sembrar unos nuevos? Y de ser así, ¿qué finalidad tiene si somos seres de costumbres? Todas estas preguntas la perseguían una y otra vez. En un país sumido en una profunda crisis, en donde la moralidad y los valores eran sustituidos por la supervivencia, ella se preguntaba si tenía sentido mantenerse apegada a unas ideas absurdas para un sistema que elevaba los deseos más básicos del hombre. Maya tenía 19 años, edad en la que se abandona por completo los pensamientos infantiles y se comienza a descubrir el mundo bajo una perspectiva realista. Alta y con una nariz peculiar pero extrañamente hermosa, de ojos grises y de tez canela, alguien sin importancia para la mayoría, su belleza no era evidente en un lugar donde lo distinto resulta condenable. Había terminado la secundaria y soñaba con cambiar el mundo. Estaba decidida a no caer bajo el sistema en el que había crecido, el que sólo se valoraban los sentimientos más oscuros del hombre: la maldad, la injusticia, el rencor, la mentira, la exigencia por lo fácil.

A pesar de contar con pocos años sabía bien acerca de quienes dominaban las fuerzas del mundo en el que vivía. Aunque creció en una familia honrada, conoció los principales valores. —Maya es hora de ir a comprar el pan, nuestro turno termina a las seis de la tarde. Le decía su madre ya acostumbrada al sistema en el que vivían. Giovanna era considerada por muchos como una bruja, pero la gente le teme a lo que no conoce. Lo cierto es que la madre de Maya era una mujer de 45 años, atractiva y que practicaba las artes de la luz. Se dedicaba a estudiar el poder que tenía la mente para decidir acciones premeditadas, las fuerzas universales que rigen el carácter de las personas, los seres de luz que protegen a cada individuo; en fin, un conjunto de artes que pocas personas conocían y por tanto muchos condenaban.
—No entiendo porqué no podemos comprar después, ya tenemos pan de sobra, ciertamente no nos va a hacer falta —Maya cuestionaba a su madre con un tono de desagrado—, preferiría algo de carne.
—Bien sabes que ahora no es época de carne, la recesión sólo nos permite comer lo que se consigue. Yo también estoy cansada del pan pero no podemos morirnos de hambre.
—Pero, ¿cómo es que los Gliver comen carne una vez por semana? Refutaba Maya intranquila ante las evidentes diferencias de oportunidades entre sus vecinos y ella.

Su mamá la miraba con cierto desacuerdo pero optó por callar, ante ese tipo de preguntas Giovanna prefería responder con silencio. No era aceptable cuestionar los privilegios que reciben aquellos que sirven al Estado, después de todo, gracias a ellos todos los ciudadanos tenían lo que se necesitaba para sobrevivir.
En tiempos de crisis se agradece a quien contribuye a poner el pan sobre la mesa, pero tenían tanto tiempo sumidos en ella que la gente olvidaba cómo habían llegado allí en primer lugar… Nadie recordaba lo anterior.
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Las siguientes frases harán que te replantees tu filosofía de vida cuando creas que todo está perdido… Recuerda, siempre quedará la fe.
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Algunas fotografías que acompañan el texto pertenecen a Claudia de Lima.
