Un curso roto, una graduación virtual

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por junio 8, 2020
Un curso roto
Un curso roto

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El viernes “asistí” a mi primera graduación virtual.

Sí, así como lo leen: graduación virtual. La hija de una de mis amigas de toda la vida concluyó el High School, y la escuela hizo una ceremonia para despedir y reconocer a los alumnos. El cierre del curso se transmitió a través de YouTube, con mensajes de todo el cuerpo docente y presentaciones musicales de los estudiantes. Para evitar posibles contagios, el campo de futbol de la escuela fue el escenario, y solo estuvieron presentes los profesores y los chicos.

¿Será que nos tenemos que acostumbrar a esto?

La semana pasada, The New Yorker, una de las revistas más antiguas y más respetadas en el mundo, dedicó sus páginas a la Educación y a cómo la pandemia está modificando formatos y estructuras de los sistemas formativos. Hemos comentado ya que algunas universidades han decidido no regresar a la presencialidad en otoño y cómo otras trabajan en un regreso escalonado.

La historia que más llamó mi atención, y que me gustaría compartir con ustedes, tiene que ver -obviamente- con el coronavirus. Sin embargo, en esta ocasión no traeré a colación los números, las deficiencias o aciertos de nuestras autoridades educativas: esta vez quiero compartirles un poco de cómo se ha ido transformando mi visión respecto a la forma en que, de ahora en adelante, daremos clase.

El artículo de la revista se titula en inglés “The Coronavirus and the ruptured narrative of campus life”, y explica cómo un profesor puede ir mostrar sus cartas desde el inicio del curso: el temario, la forma en que el grupo y cada alumno va a trabajar, pero, remarca, que no hay manera de saber cómo se va a desarrollar la historia de la clase; es decir, quienes nos dedicamos a la docencia podemos caer en lugares comunes para enseñar, ahorcar los cursos con fórmulas gastadas o, por el contrario, ser innovadores y lograr que los alumnos crucen la delgada línea de solo asistir al salón y que se involucren en su aprendizaje. Pero resulta que esa dinámica se ha roto este año.

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Porque, con la llegada del bicho a nuestras vidas, este proceso ha tenido que ajustarse a la nueva realidad. Lo que hubiera sido una graduación/cierre “normal” (porque el periodo escolar concluye por estas fechas) se ha convertido en algo que hasta parece película mala del fin del mundo. Contaba la periodista Cynthia Rodríguez en sus crónicas de la pandemia desde Italia (la pueden seguir en Facebook), que un chiquitín de nueve años, de nombre Francesco, decidió dibujar a sus compañeros y a sus profesores para quedarse con una imagen imborrable de ellos, porque pensaba que no los volvería a ver.

El encierro ha traído consigo una necesidad de reinventarse, de pensar en cómo hacer que los alumnos logren sentir esa cercanía que existe en el aula con sus compañeros y maestros; sin embargo, y por más webinars que tomo, sigo sintiendo que aún no tengo la fórmula para que la clase funcione. Por un lado, existen herramientas didácticas que hasta promueven actividades lúdicas a distancia, pero no conectan con esa emoción que produce aprender algo nuevo (sí, soy una ñoña), y también están las aplicaciones que, emulando el sistema tradicional, nos permiten crear exámenes y dictar las condiciones en las que se deben entregar las tareas.

Como les conté en mi primera columna, yo estudié en línea. El costo, la distancia y los tiempos hicieron que eligiera esta modalidad; sin embargo, tenía opciones, y pude haber asistido a otra universidad y cursar mi maestría de manera presencial. Ahora, esa opción podría ser la única que tengamos durante los siguientes meses.

Creo que en marzo ni lo pensé, y me dediqué únicamente a cumplir con lo que la universidad nos estaba pidiendo: mantengan el barco a flote. A partir de agosto, las clases deben ajustarse a la realidad; ya no puede haber improvisaciones, ya no podremos parchar nuestros temarios… tendremos que ser terriblemente creativos para lograr que, a pesar de la distancia, los estudiantes se queden con nosotros lo que dure cada clase.

¿Por qué traje a la mesa historias de alumnos de otros países? Porque al final, no hay un solo maestro o maestra en el mundo que no esté buscando la manera de que sus estudiantes, sin importar el nivel académico, sigan aprendiendo.

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