Ellas no son invisibles

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Entre las muchas cosas que hago, trabajo en un proyecto que nombramos @10concreto, el cual surgió a partir de una iniciativa de alumnas y exalumnas de la universidad en la que imparto clases, y que busca la construcción un documento que permita a la sociedad y a las autoridades trabajar de manera conjunta para disminuir la violencia de género en el país, en todos los niveles y en todos sectores.

Independientemente de la crisis sanitaria que estamos viviendo, la violencia contra las mujeres no ha parado: casos como el de Diana Carolina, una estudiante de Derecho asesinada en Nayarit por un pariente, o el de Susana, una joven madre en Chihuahua, nos recuerda que, por más que López Obrador asegure que durante el confinamiento no hubo violencia intrafamiliar, y que “en una encuesta reciente se manifestó que una de las cosas que celebraba la gente es que hubo un reencuentro familiar…”, la realidad es otra.

¿Cuál es la relación de la violencia de género con el tema que tratamos en esta columna?

Normalmente, cuando hablamos de violencia de género en el ámbito escolar, pensamos que se centra únicamente en lo que le sucede a las alumnas; sin embargo, me gustaría poner sobre la mesa otra cara de la moneda: el acoso y el hostigamiento contra las docentes.

Podemos empezar con algo muy básico y que, seguramente, muchos y muchas no han hecho consciente: la mayoría de las personas que acompañan en el aprendizaje a niños y niñas en el kinder y la primaria son mujeres. Es más, no conozco a ningún hombre que sea “profe” de preescolar. No recuerdo que las escuelas en las que se forman las educadoras, también haya educadores. 

¿Por qué sucede esto?

Me di a la tarea durante la semana de buscar investigaciones relacionadas con este supuesto, porque en el momento que me vino a la cabeza, era eso: un supuesto, y hay que decir que no encontré mucho al respecto. Honestamente, no me sorprendió. Creo que la sociedad (aclaro que no voy a poner etiquetas) ha “dictado” que estudiar carreras profesionales o técnicas enfocadas a la Educación es algo que va más con la mujer. Aquí entrará el contexto (vivencias, creencias) de cada persona, así como su capacidad de entender que la responsabilidad de educar a los niños y niñas no solo le corresponde a las mujeres.

El Programa Nacional para la Igualdad de Oportunidades y no Discriminación contra las Mujeres 2013-2018 (PROIGUALDAD), inserto en el Sistema de Indicadores de Género del Plan Nacional de Desarrollo del sexenio pasado, buscaba desarrollar “una estrategia transversal de perspectiva de género en todos los programas, acciones y políticas de gobierno”. El programa cuenta con objetivos transversales que, se supone, le permitirían cumplir con los “compromisos suscritos por el Estado Mexicano en el marco de las convenciones y los tratados internacionales: particularmente, la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Belém Do Pará)”.

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Sin embargo, y según la Maestra María Cecilia Matarazzo, investigadora del Insyde de 2006 a 2010, en un artículo publicado a través de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), a partir de la década pasada, las mujeres han incursionado en profesiones que normalmente “correspondían” a los hombres; sin embargo, también se observa que “hay una significante feminización de las ocupaciones”. En español, eso significa que hay estereotipos laborales que “contribuyen a la reproducción de las desigualdades de género que se traducen también en el acceso -o no- a posiciones jerárquicas, mejores sueldos, trabajo informal y prestaciones”. Esto lo refuerza la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México realizada en 2005 por la extinta Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), que remarca que para 40% de la población, las mujeres, si quieren trabajar, deben hacerlo en tareas “propias de su sexo”.

Si se dan cuenta, estamos hablando de datos de hace más de una década, lo cual dice mucho sobre la importancia que (no) ha tenido ni tiene la mujer para nuestros gobiernos. 

Un día antes del #8M, algunas profesoras integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), invitaron a sus compañeras a unirse al paro programado el lunes 9 de marzo, pues consideraron que había que manifestarse en contra de cualquier tipo de violencia, incluyendo la de género, y que era necesario salir en defensa de las trabajadoras de México y por un país más justo y democrático. Una de ellas, Adi Minerva Cantero, pidió que se reconozca el trabajo de las docentes en el país, pues ni siquiera la CNTE les ha dado el lugar que les corresponde. A la fecha, y según las declaraciones de la profesora, solo hay cuatro dirigentes de sexo femenino en la Coordinadora, lo cual, y tomando los datos que ella dio en la conferencia de prensa que estoy citando, más del 60% de los integrantes del magisterio son mujeres.

En marzo de este año, Anel Montero, una profesora del estado de Veracruz, publicó un texto en la revista Nexos sobre la violencia que sufren las docentes y que, al parecer, resulta invisible para muchos. Montero menciona que con la desaparición del Instituto Nacional para la Evaluación Educativa (INEE), también puede desaparecer un logro que el organismo obtuvo para ellas: la igualdad para acceder y crecer dentro del Sistema Educativo Nacional.

Acusaciones de acoso y hostigamiento son silenciadas, en muchos casos, con la amenaza de despido o de confrontar los dichos de la profesora contra la palabra de directivos y autoridades educativas.

Ellas, las profesoras de este país, también son parte de la estadística. Ellas no son invisibles y sí son violentadas.

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