Un orgasmo que dure hasta el fin de los tiempos. ¿Acaso será real? ¿Podría existir en el mundo una estimulación tan grande como para que nos sintamos desfallecer en el momento justo del clímax y no lo sabemos? La búsqueda es incansable. Prácticamente inagotable. El deseo galopa a tal velocidad por cada vena del cuerpo y la intriga es tan grande en el pensamiento, que la investigación casi científica con respecto a este santo grial del placer es necesaria. La imaginación se desata de la cama y confabula con la luz del día para que, a su retiro, logre quemar la ropa de una persona en especial y le disponga desnuda ante la caricia nocturna; para que le exponga ante el instinto feroz que algunas anatomías guardan.

“Compartir por vez primera los acontecimientos propios de la desnudez entre sábanas no es un empeño sencillo”.
Una y otra vez con tantas entrepiernas sea necesario, la pesquisa por el goce absoluto debe continuarse. Pocas veces se ha entendido de verdad a este ímpetu y mediante diagnósticos que denotan una suerte de trastorno –pensemos en la ninfomanía o en la satiriasis– la denigración del hecho siempre acompaña a quien persigue el regodeo sexual. Si ya no en la averiguación del éxtasis supremo como un evento verdadero, sí en la afición de complacerse con las formas de alguien más cuantas veces sea necesario.

Como consecuencia hay quienes se vuelven algo cercano al experto o gran maese y crean con facilidad un método que va desde el primer punto de la seducción hasta el último detalle de la fornicación. Sin embargo, en ese ejercicio liberador y próximo a lo erudito, no se hacen esperar los pequeños errores de la soberbia, egocentrismo o fantasía; haciendo del encuentro un desastre en vez de un deleite en honor a esa nueva persona con la que se coopera en la cama.
Compartir por vez primera los acontecimientos propios de la desnudez entre sábanas no es un empeño sencillo. Si no se tiene el tacto correcto –en cualquier sentido–, esa experiencia que de principio debería ser completamente deleitable es fácil de tornarse entonces en un episodio de vergüenzas, tropiezos, errores o malos recuerdos.
¿Cuáles son específicamente y por qué deberíamos evitarlos?
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Pensar que la iniciativa depende de uno solo
Es decir, esperar a que el otro dé el primer paso o que imponga sus intereses de antemano para después llegar al punto donde se desea. Incluso se puede tomar como un acto ventajoso, pues si algo resulta mal se puede culpar al acompañante. Y eso es bastante injusto, ¿no lo crees?

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Preocuparse por las apariencias
Después de tanta experiencia, llegar con alguien nuevo y volver a sentirte inseguro con respecto a tu cuerpo sería ridículo. E imperdonable si se le hace sentir mal a alguien a partir de eso. No ofusques a nadie con parámetros insulsos o devastadores.
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Asumir que todo significa algo casual para el otro
Ni todos los hombres buscan sexo vacío ni todas las mujeres se conectan emocionalmente con su amante. Eso nos dirige a pensar que así como tampoco hay personas que buscan un amor eterno, sí hay quienes no conciben un fácil one night stand. Dejemos las cosas claras antes de desnudarnos y todo saldrá bien.

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Confundir libertad con promiscuidad
No tratar a la gente como si fueran escorts o algo parecido es clave. A menos que así haya sido acordado, por supuesto. Que sepas de su afición por el sexo y por compartir noches no quiere decir que le puedas hablar con desprecio o superioridad. Una cosa es libertad sexual y otra un desorden inventado por los conservadores.
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No preguntar sobre ciertas cosas o preguntar demasiado sobre otras
Hay que dejar las cosas claras. Sobre todo en cuestión de fijaciones o preferencias sexuales; hasta el más mínimo detalle debe quedar bien distinto. Asegurarnos de que las cosas no ofendan o perturben al otro. Sólo no exageremos al respecto y seamos la voz incómoda en medio del sexo.

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No comunicarse
Las miradas, los roces y los gestos son muy importantes. No poner atención a esto la primera vez que estás en la cama con alguien es como no hacerlo después de 30 años de casados; desde el minuto cero se debe agudizar la percepción y deducir si algo no está yendo bien, incomodando, o frustrando. Todo con el fin de cambiarlo en cuanto antes.
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Asumir que se es un dios en la cama y se saben todos los movimientos
A nadie le gustan ni le caen bien los hombres que se creen un completo semental o una chica con espíritu de amazona insaciable de película porno. Siempre se tiene algo nuevo por aprender, a nadie se impresiona con estas actitudes y mientras más naturales nos comportemos en este escenario, mejores resultados.

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Mantenerlo todo estrictamente físico
Obviamente no estamos hablando de una cena o un café, sino de ese momento previo donde las palabras –tiernas o sucias– y las miradas juegan un papel excitante. Esas personas que se dirigen sin escalas al pene, la vagina o el ano incluso son aburridas. ¿En serio no hay otras cosas por hacer para elevar la temperatura?
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Esquivar la seducción y atenderlo todo como un contrato sexual
Ligado al punto anterior, un poco de seducción y atmósfera no está de más en ocasiones. A menos que haya prisa y el escape fugaz a un hotel sea inminente, no hay por qué llevar todo a términos de contractual ismo sin sentido. Si se busca un buen momento, hay que hacerlo por completo de vez en cuando.

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No es una ciencia. Ni hay exactitud ni hay fórmulas infalibles para el éxito de un primer encuentro sexual. Sin embargo, hay una opinión generalizada en cuanto a lo que se debe o no hacer para generar enérgicamente una buena impresión y un recuerdo valioso de diversión. Porque a fin de cuentas, el sexo es parte de eso. De la diversión. Sólo hay que hacerlo a conciencia y cuidar todos los aspectos que creamos importantes. Sigue leyendo al respecto con estas 18 cosas que las mujeres deberían saber sobre sexo antes de los 25 y con los 20 libros que te demuestran que el sexo es un arte.
