“El erotismo de los cuerpos tiene de todas maneras algo pesado, algo siniestro. Preserva la discontinuidad individual y siempre actúa en el sentido de un egoísmo cínico”. George Bataille, L ‘Érotisme, 1957
Si la sensualidad tuviera un lado siniestro, el artista quien más exploró los límites de su propia satisfacción a través del erotismo fue Pierre Molinier. Un alquimista del autorretrato, Molinier logró transmitir el espíritu del surrealismo a través de la fotografía y el fetichismo. Nacido en Agen, Francia, en el año de 1900, Pierre Molinier incursionó en el mundo del arte desde una edad muy temprana. En 1927 tuvo su primera exhibición de pintura, y en 1928 formaría parte de la Asociación de Artistas Independientes de Burdeos. A pesar de siempre haber tenido una inquietud por transmitir sus ideas, no fue hasta el año de 1948 que reveló lo que sería su sello indiscutible a través de una pintura titulada Les amants à la fleur. Pero fue esta nueva perspectiva la que lo excomulgó de su propia asociación por ser demasiado licencioso.

Este distanciamiento lo llevaría a intercambiar correspondencia con el fundador del movimiento surrealista, André Breton, quien daría a conocer a Molinier como “el maestro del vértigo”. En 1956 presentó su primera exhibición en París, con ayuda de Bretón y el apoyo del movimiento surrealista. A pesar de que muchos de sus ideales no coincidían, Molinier se veía impulsado por los surrealistas para ser tan extrovertido como pudiera, llevando así su práctica del fotomontaje y el autorretrato a niveles mucho más perversos. Siempre rodeado por controversia, se especula que durante esa época Molinier recolectaba su propio semen para después barnizar sus pinturas y utilizarlo en el proceso de revelado de sus fotografías. Molinier satisfacía sus perversiones al adoptar diferentes papeles en su obra: el de director, voyeur y muchas veces actor, llevando el acto del performance a los límites impuestos por la moral de los años 60. Molinier adoptaba el papel de su alter ego, un ser andrógino y fetichista que es sometido ante la cámara para así explorar los límites de su propia sexualidad.

El fotomontaje juega un papel crucial en la obra de Molinier, utilizado en la mayoría de sus composiciones para crear distorsiones e ilusiones ópticas. Las composiciones y escenarios en la obra de Molinier permiten un íntimo acercamiento a su espacio personal, donde ninguna fantasía era demasiada procaz para ser realizada.
Siempre inmerso en la polémica, Molinier fue un personaje que se hizo cada vez más popular por su devoción a la decadencia y al hedonismo. En 1960 fue encarcelado por golpear a su esposa y disparar sobre la cabeza de un familiar, actos irreverentes que alimentaron el ego que después sería inmortalizado por el director Raymond Borde en la película Molinier, lanzada en 1964 y subsecuentemente vetada por su fuerte contenido. Fue esta actitud cínica e impertinente la que lo llevaría a separarse del movimiento fundado por Breton en 1965 a causa de un desacuerdo por una pieza titulada Oh!… Marie, Mère de Dieu (¡Oh!… María, Madre de Dios).
Confinado en las paredes indiscretas de su estudio, Molinier pasó sus últimos años haciendo una serie de retratos de jóvenes travestis, para después planear su obra maestra; la pieza que lo llevaría a la inmortalidad. El 3 de marzo de 1976, acostado en la cama frente a un gran espejo, vestido y maquillado como la mujer que siempre quiso ser, Molinier sonrió por última vez mientras jalaba el gatillo de la pistola que siempre guardaba bajo su almohada, dejando atrás una nota dirigida a sus amigos: “Me llevo mi vida. La llave la tiene el conserje”.
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“Toda la operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento”. George Bataille, L ‘Érotisme, 1957
