
Eran muy jóvenes
y el mundo no entendía lo que hacían.
Les gustaba hablar en las madrugadas,
justo cuando el silencio se mezclaba con la oscuridad de la noche.
Los días se les escurrían de las manos.
La gente, el tiempo y la vida pesaban a su alrededor
mientras ellos llenaban la ciudad con huellas y frases lanzadas al aire.
Corrían y bailaban;
eran como el encuentro fugaz de dos sombras que se juntan sin tocarse.
Sí, tuvieron momentos grises
en los que la tormenta arrasaba con ellos,
aunque, al final, tomaban los restos,
se reconstruían y volvían a intentarlo.
Nunca buscaron algo que sólo fuera dulce y tierno,
quizá por eso su despedida se volvió tan utópica.
Los sueños se les amontonaban en las esquinas,
sus palabras se esfumaban en el viento
y las caricias existían en el cuerpo del otro.
Llegó el día en que retaron al tiempo;
lo miraron de frente y lo desconocieron.
Hubo consecuencias
y las noches se fueron haciendo más densas;
al final, sucedió lo inevitable:
volvieron posible lo imposible.
Fue así como un segundo bastó para alojar la eternidad;
una mirada se volvió suficiente para imaginar la vida entera
y un beso desnudo marcó el inicio de aquella historia sin final.
Eran muy jóvenes, sí,
pero negaron entregarse al miedo y a la incertidumbre.
El tiempo se quedó sin tiempo
y la vida se sintió impotente,
observándolos desde la lejanía.
Hacían que el futuro se escondiera en alguna otra parte,
convirtiendo los segundos en años.
Siempre descubrían maneras para romper el silencio,
dejando a su paso un eco que seducía al vacío.
Después de muchos soles
se volvieron coleccionistas de lágrimas y de canciones olvidadas.
Aprendieron a habitar la soledad
y escribieron cartas y poemas que reinventaron la existencia.
El mundo les quedó pequeño,
así que debieron crear nuevos planetas.
Sí, eran muy jóvenes,
quizá por eso vivieron lo que vivieron.
